El fatal error europeo con Trump
La situación difícilmente podría ser más insólita. Europa le ha dicho “no” a Estados Unidos, su socio desde el fin de la Guerra Fría. Pero no ha sido para echarse en brazos de Rusia, a la que nuestros líderes han jurado odio eterno, ni de China, con quien mantiene una relación, en el mejor de los casos, comercialmente ambigua. ¿Entonces?
No, no es que los europeos hayan enloquecido (no del todo, al menos) y vayan a cortar el lazo transatlántico definitivamente. Es que están haciendo una distinción muy concreta: Estados Unidos, sí; Trump, no. Y ese “no” apenas ha podido llegar en un momento más inoportuno, cuando Washington está empeñado en una guerra casi existencial contra el régimen teocrático iraní.
Química no ha habido nunca, y se ha disimulado muy poco, por ambas partes. Durante la campaña de las pasadas presidenciales, los líderes europeos no se cortaron en sus invectivas contra Trump y su preferencia por la candidata demócrata, Kamala Harris. El poco diplomático ministro de Exteriores británico, David Lammy, llegó a calificar a Trump de «tirano» y «sociópata misógino y simpatizante neonazi». Y ahora tienen que tragárselo. A medias, por lo menos.
Por su parte, Trump ha llamado a los europeos, sus socios en la OTAN, de todo menos “bonitos”. Lo último (al cierre de este artículo) ha sido “cobardes”, al tiempo que insinuaba la conveniencia de acabar con la alianza atlántica.
Y ahora Europa se la está devolviendo, con la esperanza de que Trump pase pronto, algo que, esperan, esta guerra podría acelerar si se alarga y se convierte en un nuevo e impopular Vietnam.
Porque la negativa europea no esconde una estrategia alternativa, ni un repentino arrebato de independencia geopolítica. Es algo mucho más prosaico: un rechazo visceral a Trump y, sobre todo, al tipo de política que encarna, lo que representa.
Trump es la encarnación de un soberanismo que en Europa se percibe como una amenaza directa para el propio modelo globalista europeo. No es casualidad que, durante años, buena parte de las élites europeas hayan dedicado más energía a combatir el “trumpismo” —real o imaginado— dentro de sus propias fronteras que a definir una política exterior coherente.
De ahí la esquizofrenia: seguir dependiendo de Estados Unidos en lo esencial —seguridad, inteligencia, proyección militar— mientras se boicotea, en la medida de lo posible, a la administración que ocupa la Casa Blanca si esta no responde al canon ideológico dominante en Bruselas, lo que lleva a la forma bastante peligrosa de improvisación.
El resto del mundo hace sus cálculos al margen de simpatías personales o políticas, mirando solo a sus intereses geopolíticos. Por contraste, los titubeos de Europa resultan, en el mejor de los casos, poco serios. Porque lo que para consumo interno se quiere hacer pasar como un gesto de dignidad o de independencia, desde Washington se interpreta con bastante menos romanticismo. Allí no se distingue tanto entre administraciones y aliados. Se mide algo más simple: quién está y quién no está cuando las cosas se complican.
Y la premisa central de esa política europea -cuando se vaya Trump, volverán los días de vino y rosas a la alianza transatlántica- es poco plausible, no es así como funcionan las relaciones internacionales. No se va a volver a ninguna “normalidad” soñada, ni Estados Unidos va a mirar hacia otro lado como si nada hubiera pasado.
Las alianzas, como casi todo en política internacional, tienen memoria. Y la deserción apenas disimulada de Europa no va a ser pelillos a la mar. Gane quien gane en las próximas elecciones norteamericanas.