Se está muriendo
Esta terrible frase se la oí a la querida Fati, responsable del mantenimiento de mi casa desde hace muchísimos años, en la tarde del pasado martes, cuando viéndome físicamente alterado, me tomó una mano, la otra la mantenía apretada mi querida «vecinita de enfrente» Arancha Velasco, y con los ojos llenos de lágrimas musitó con voz temblorosa: «Se está muriendo».
Yo, que a lo largo de más de setenta años de profesión, he visto y oído de todo, nunca, jamás había escuchado algo tan dramático, que me afectara personalmente. Cierto es que sentí que me estaba muriendo. La sensación de muerte inminente es un síntoma psicológico y físico muy intenso aunque en la mayoría de los casos, como el mío, no indica un peligro real. Simplemente, el cerebro estaba interpretando de forma errónea alteraciones tal que taquicardia, falta de aire, cansancio o cierta desorientación como señales de que la vida parecía que se estaba marchando. ¿Debido a un agotamiento físico, a un agotamiento mental? Sucede, o al menos a mí me pasa, cuando se siente una situación de agobio o cuando dedica horas y horas escribiendo o pensando que vas a escribir. Aunque era un síntoma pasajero y preocupante afortunadamente no fue letal y mis pensamientos seguía controlándolos. Lo siento por aquellos que, a lo peor, les gustaría lo contrario.
Fuera la corbata
Y la sensación de que me estaba muriendo se acrecentó cuando oí a Carmen, mi mujer, llamar con voz angustiosamente temblorosa al 112 por un lado y a Sanitas, por otro, solicitando una ambulancia para que vinieran urgentemente a recogerme porque «me estaba muriendo». Y de repente, el salón de mi casa, donde me encontraba totalmente consciente, se llenaba de facultativos y de vecinos amigos que me observaban con evidente preocupación. Uno de ellos decidió aflojarme la corbata que siempre llevo como seña de identidad, hasta el extremo de pedir que me entierren con ella puesta, para las consiguientes pruebas médicas. ¡Horror, terror!, pensé: ya estoy muerto. ¡La corbata no, por favor!
Una prueba de que creí me estaba muriendo sucedió cuando vi llegar a mi cuñado. ¿Saben esa frase de que cuñado viene de cuña? Pues eso. También se utiliza con bastante frecuencia el término «cuñadísimo», ese familiar al que siempre se percibe popularmente como intruso, que da consejos no solicitados y que sienta cátedra y pontifica de todo. Aunque ese no era el caso. Eso si, viéndole pensé si venía porque me estaba muriendo o para verme antes de morir.
Dos ambulancias, dos
Pero la más desagradable de las sorpresas de esa «dramática» tarde fue cuando al bajarme los facultativos en una silla clínica y envuelto en una sábana, vi, tan sorprendido como Iván, el simpático y eficaz portero, que a la puerta de mi casa se encontraban… dos ambulancias, ¡¡¡dos!!!, la del 112 y la de Sanitas, a las que Carmen, en su desesperación, había telefoneado solicitando ayuda cuando una de ellas se retrasaba en exceso o, quizá, los minutos se le hicieron horas. Viendo aquel espectáculo, con grupos de gente observando, pensé preocupadamente divertido si se pelearían los camilleros por ver cuál de las dos ambulancias se llevaba al «muerto» que era yo. Lógicamente se hizo conmigo la del Hospital La Luz por la proximidad. Y allí que me llevaron mientras yo oía desde el interior de la ambulancia el inquietante sonido de la sirena.
Afortunadamente, a las pocas horas de esa extraña, dramática y apasionante jornada en la que, con excesiva imaginación, pensé, porque lo oía, que «me estaba muriendo», ya enfilaba el regreso a casa en el coche de… mi «cuñadísimo», of course, satisfecho, sobre todo, porque pensé que ya tenía resuelta la preocupación del día: un tema para la columna de esta semana: mi «muerte y resurrección».
Chssssss…
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