España, ese país que aún sangra en los pasos

España, ese país que aún sangra en los pasos
Diego Buenosvinos

España se declara aconfesional en sus leyes, pero no en su memoria. El Estado —frío, administrativo, lleno de formularios y boletines oficiales— se proclama neutral ante la fe; la nación, en cambio, sigue oliendo a incienso. Y esa diferencia, que algunos consideran una reliquia incómoda, es en realidad una de las claves para entender lo que somos. No se puede comprender España sin comprender su catolicismo, aunque uno no rece, aunque no pise una iglesia por motivos posmodernos.

Porque el catolicismo aquí no ha sido sólo un credo: ha sido calendario, arte, refranero, nombre de calles y hasta forma de maldecir. Ha sido la lengua con la que durante siglos el pueblo habló del dolor y de la esperanza. No hay románico, no hay barroco, no hay Zurbarán ni Velázquez sin esa raíz. No hay tampoco Semana Santa, que es quizá la foto más antigua y más honesta sin saber muy bien por qué, como si en el fondo supiéramos que en esos pasos de madera se nos va la historia entera.

A algunos les incomoda esta evidencia. Prefieren una España aséptica, recién salida de una imprenta europea, sin olor a cera ni a potaje de vigilia. Pero la identidad no se legisla. Uno puede cambiar de camisa, pero no de cicatrices marcadas por el tiempo. Y las cicatrices de España son, en buena parte, cicatrices de una nación que rezó, que procesionó y que enterró a sus muertos mirando al cielo.

Hubo un momento, sin embargo, en que todo eso estuvo a punto de romperse. La Transición fue un campo minado, y la Iglesia caminó por él con más miedo del que luego ha querido reconocer. En aquel tiempo áspero apareció la figura de Vicente Enrique y Tarancón, un cardenal al que muchos odiaron desde la derecha y desde la izquierda, lo que suele ser síntoma de que estaba intentando hacer lo correcto. Tarancón comprendió que la Iglesia no podía seguir siendo el brazo espiritual de ningún régimen y que debía aprender a respirar en libertad. Aquello le costó insultos, pintadas y hasta amenazas. Pero también evitó que España, al salir de la dictadura, se desgarrara en otra guerra de sotanas y fusiles.

No fue una época cómoda. La Iglesia perdió privilegios y ganó desconfianza. Muchos católicos se sintieron traicionados; muchos laicistas, en cambio, la siguieron viendo como un enemigo. Y sin embargo, aquella renuncia al poder político permitió que hoy podamos hablar de fe sin que detrás asome la sombra de un cuartel. Tarancón, con su voz pausada y su sotana gris, hizo más por la convivencia que muchos discursos inflamados en los parlamentos.

Mientras tanto, la vida seguía. España se modernizaba, levantaba autopistas, cambiaba el Seat 600 por el utilitario extranjero y comenzaba a mirar a Europa con ojos de alumno aplicado. Pero cada primavera, cuando llegaba la Semana Santa, todo ese progreso quedaba en suspenso. Las ciudades se detenían. Volvían los capirotes, las saetas, los tambores.

La Semana Santa es, para el extranjero, un espectáculo; para el español, una contradicción. Es fe y folclore, penitencia y turismo, silencio y negocio. Pero sobre todo es memoria. Es la forma en que un país recuerda que un día creyó —y quizá aún cree, según las estadísticas y a pesar de la izquierda— en un Dios que fue condenado como un delincuente y ejecutado en una cruz por todos nosotros. No es poca cosa que una sociedad entera salga a la calle para acompañar a un ajusticiado de hace dos mil años.

He visto –como buen leonés– costaleros salir de debajo de un paso con la cara amoratada y los hombros en carne viva, y volver a meterse debajo al minuto siguiente sin que nadie se lo ordene. He visto a hombres que no pisan una iglesia en todo el año llorar al paso de una Virgen porque les recuerda el dolor de toda madre. He visto a niños aprender antes a guardar silencio ante un Cristo que ante un profesor. Eso no es catecismo: es cultura profunda, la que se mete en la sangre y ya no se va.

Figuras mediáticas, como Tamara Falcó, hablan de su fe con naturalidad en un plató donde minutos antes se discutía de banalidades. Algunos se ríen de ello; otros encuentran en esas rosalías católicas una extraña continuidad entre lo antiguo y lo moderno, entre el rosario de la abuela y la influencer que lo reza ante millones de espectadores porque le da la gana.

España, con todas sus miserias y sus grandezas, ha sido durante siglos una nación que enseñó a sus hijos a persignarse antes de dormir. Esa enseñanza no ha impedido guerras civiles ni corrupciones, pero sí ha dejado una huella moral que todavía asoma en el lenguaje.

La Semana Santa, en ese sentido, es un examen colectivo. Durante unos días, las ciudades se llenan de símbolos que nos interpelan aunque no queramos. El Cristo crucificado nos recuerda la injusticia; la Virgen dolorosa, el sufrimiento de las madres; los nazarenos, la fragilidad humana bajo la tela que oculta el rostro. Es una catequesis sin sermón, una teología de madera y de música de cornetas.

Puede que el Estado sea aconfesional y que las leyes no mencionen a Dios. Pero cuando las campanas doblan y la ciudad se queda en silencio al paso de un Cristo, se hace evidente que España sigue teniendo algo de nación católica. No en el sentido doctrinal, ni mucho menos en el político, sino en ese otro, más profundo y más difícil de borrar, que tiene que ver con la memoria, el arte y la forma en que un pueblo ha aprendido a mirar el dolor y a buscar consuelo.

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