‘Efecto Curly’: cuando la pobreza es un arma electoral
Como todo el mundo sabe, la izquierda ama a los pobres, y por eso los multiplica. El caso del alcalde Mamdani en Nueva York, arruinando una de las ciudades más ricas del mundo en tiempo récord, es solo el más extremo de una tendencia ya muy conocida: los progresistas son un desastre gobernando ciudades. Chicago, Detroit, Los Ángeles… Allí donde un izquierdista llega a la alcaldía, el dinero se acaba en seguida, los empresarios huyen y los servicios públicos se tercermundializan.
¿Por qué, entonces, siguen votándoles? Esta es la parte divertida, porque no se trata simplemente de que los alcaldes en cuestión no sepan gestionar; es que, en muchos casos, el empobrecimiento es una estrategia deliberada para mantenerse en el poder. Les presento al Efecto Curly, tan válido para ciudades como para países.
En 1937, James Michael Curley volvió a ganar la alcaldía de Boston. Lo increíble es que su gestión había sido desastrosa. Subió los impuestos de tal manera que los emprendedores y sus negocios huyeron de la ciudad, deprimiendo la base fiscal y, con ella, los servicios.
¿Dónde está el truco? En que precisamente los que huían eran los que no le votaban, y los que quedaban eran los suyos, confirmando que un gobernante puede reforzarse empeorando la economía si consigue alterar la composición del electorado. No necesita que todos estén mejor; le basta con que los que sostienen su poder pesen más.
Desde 2020, Nueva York ha perdido más de 500.000 residentes netos, según la Oficina del Censo. Pero los que se van son sobre todo los contribuyentes con mayor capacidad económica. El propio Departamento de Hacienda del Estado reconoce que el 1% de los declarantes aporta en torno al 40% del impuesto sobre la renta estatal. Entre 2020 y 2023, estados con menor presión fiscal como Florida registraron ganancias netas de ingresos de decenas de miles de millones de dólares por migración interna, mientras Nueva York y California perdían base imponible en la misma dinámica.
Lo acabamos de ver en Nueva York, donde el presupuesto municipal supera los 120.000 millones de dólares, pero Chicago ofrece un patrón parecido. La ciudad ha perdido más de 200.000 habitantes desde el año 2000, mientras el estado de Illinois encadena saldos migratorios negativos. La deuda de los sistemas de pensiones municipales supera los 30.000 millones de dólares, y la presión fiscal sobre propiedad y renta no ha dejado de aumentar. San Francisco, por su parte, ha visto caer su población en torno a un 7% desde 2020, en uno de los descensos más rápidos de su historia reciente, al tiempo que mantiene algunos de los impuestos más altos del país y un gasto social per cápita entre los mayores de Estados Unidos.
Pero se sigue votando demócrata, hasta el infinito y más allá. Porque precisamente los que se quedan son votantes demócratas. Es un sistema diabólico, pero efectivo. En ciudades como Nueva York, una ciudad con una enorme proporción de habitantes nacidos en países del Tercer Mundo (es decir, acostumbrados a niveles de vida inimaginablemente peores que los de un arrabal neoyorquino), buena parte de los votantes se mueven por lo que la ciudad les da “gratis total” y no por unos impuestos que apenas pagan. Como señalaba Edward Glaeser, “las políticas pueden beneficiar a un grupo a costa de otro, incluso si reducen el bienestar total de la ciudad”. El bienestar total no vota. Votan los individuos, con sus incentivos concretos.
Luego está otro mecanismo perverso: la creación de dependencias. Los que dependen de la paguita pública para vivir, matarán por mantenerla, así se hunda todo lo demás en la ciudad. Eso crea estabilidad política derivada de la ruina económica. Y no se trata de una conspiración o de un plan consciente; simplemente, en que funcione la estructura de incentivos en la que el deterioro económico, en vez de penalizar al gobernante, lo refuerza.
Europa no es extraña a este efecto, aunque con rasgos peculiares. Aquí no se trata tanto de expulsar a los emprendedores -aunque también- como de sustituir gradualmente a la población. La combinación de inmigración sostenida, regularizaciones periódicas y movilidad interna dentro de la UE altera progresivamente la composición de las ciudades. Al mismo tiempo, contribuyentes con mayor capacidad económica buscan entornos fiscales más favorables, dentro o fuera del continente.
La conclusión es deprimente. Sí, Boston pasó bajo el mandato de Curley de ser una de las ciudades más prósperas de la Unión a quedar relegada durante décadas. Pero Curley salía siempre reelegido.