Ceuta: la (no) normalidad del Gobierno
Les aseguro que querría estar escribiendo este mes de agosto de cualquier otro tema. Que sería más relajante conocer el cultivo de los viñedos de uva malvasía en la arena volcánica de la isla; más interesante conocer cómo se obtiene la certificación PADI de buceo y cómo son los fondos de La Graciosa o del archipiélago Chinijo; o más entretenido comentar las visitas que desfilan por la palaciega residencia de vacaciones en Costa Teguise. Pero es que a cualquiera que se asoma al inicio de los noticiarios o a la portada de los periódicos y ve el dramático veranito que están pasando nuestros compatriotas en Ceuta y la tragedia que está viviendo la carne de cañón marroquí en sus calles y en sus playas, se le quitan las ganas de frivolizar y se le acaba inmediatamente el ánimo vacacional. Bueno… ¡A cualquiera, no!
Frente a esos dramas y a esas tragedias, las ministras del ramo están tomando unas medidas de la señorita Pepis que, si la cosa no fuera tan triste y tan grave, serían para partirse de risa. Se nota que se trata de disimular, de hacer que hacen, pero que la verdadera medida, el verdadero plan, la verdadera estrategia es no hacer nada más que construir relato y aprovechar en beneficio propio la oportunidad, por muy sucia y rastrera que sea, que a los desalmados siempre ofrecen las desgracias.
Está claro, entonces, cuál es la verdadera preocupación por el problema que tienen en el Gobierno; pero Ceuta sigue abriendo los telediarios y ocupando las primeras páginas de los periódicos, y algo tienen que hacer. Y aún más si Vivas insiste en la situación de emergencia y si Feijóo se presenta allí y apunta las únicas medidas razonables y valientes, que, además, son las que los ceutíes y el resto de españoles quieren oír.
Así que, arrastrando los pies, se ponen a hacer el paripé: ahora montamos unas carpas que se lleva el viento, ahora vaciamos la playa del Trampolín, ahora paseamos a algunos subsaharianos como a los hinchas del equipo rival… ¡Y todo con el mismo resultado que el que produce recoger el agua en un cesto!
Lo del traslado de las niñas a la Península, en régimen de comodato o de precario como si fueran cualquier bien no fungible, les sirve únicamente para apurar su relato y explotar la ventaja que creen tener con la negativa a recibir menores por parte de los gobiernos autonómicos de PP y Vox. Pero ahí también ha estado oportuno Feijóo, preguntándoles que por qué es necesario el traslado si la situación está controlada y normalizada; e instándoles a que, si no es así y corren verdadero y grave peligro, trasladen a todas las jóvenes españolas que viven en la ciudad. La realidad es que la situación no está normalizada, y lo peor es que ni quieren ni pueden controlarla. Si por el contrario se estableciera el mando único y se declarara la emergencia que reclama el presidente Vivas y se otorgara a ese mando la oportunidad de restringir algunos derechos, se estarían dando los pasos en la dirección adecuada y se estarían enfrentando los problemas con la verdadera vocación de resolverlos.
Habría que preguntarles dónde queda aquel campanudo compromiso de Albares y Marlaska de devolver a todos los asaltantes. Se supone que ya sabían que habría menores y que iba a ser complicado… ¿O es que simplemente era lo que tocaba decir? Por supuesto que a los menores también hay que devolverlos; porque la mayoría de ellos son marroquíes; porque no son emigrantes pacíficos y llegaron en un asalto territorial que su país consintió; y, además, porque el propio Marruecos los está reclamando y poco menos que acusa a España de retenerlos.
Es verdad que es fácil opinar y que no se puede caer en soluciones simplistas, pero hay solución para todo menos para la muerte, y eso es lo que hay que evitar que ocurra en Ceuta, y no solo de manera figurada. Y da igual si hay que resolver esta crisis no con Marruecos, lo que resultaría preferible, sino contra Marruecos. Porque en esta ocasión la crisis humanitaria, siendo un gran drama, lo es para los miles de pobres desgraciados que han sido víctimas de su propio régimen; para España se trata fundamentalmente de una crisis territorial, y esa difícilmente se puede arreglar a satisfacción de Marruecos, que es quien la ha provocado.
Hay quien comenta que estos y otros miles de jóvenes marroquíes en nuestro país serían una quinta columna en un futuro e indeseable conflicto; pero, de momento, parece que es nuestro propio Gobierno, y especialmente su presidente, quien por veces hace ese papel. ¡Sería una suerte si también pudiéramos expulsarlo!