Ada Colau, lo peor de la izquierda

Ada Colau, lo peor de la izquierda

Ada Colau tiene un ego infinito y sigue pensando que puede ser la solución a los problemas de la izquierda española, cuando es uno de sus principales problemas. Por su culpa, y por la de gente como ella, el progresismo español se ha convertido en un movimiento político aún más fanático, oportunista y, sobre todo, desagradable. Y es desagradable porque no hacen más que dar órdenes a los españoles sobre cómo han de vivir sus vidas: qué han de comer, cómo han de viajar, cómo han de querer, cómo han de relacionarse con sus congéneres y cómo han de escribir y hablar. Mientras ellos hacían justo lo contrario: los que presumían de vivienda modesta en barrio obrero acabaron en un chalet; los que decían que eran «juventud sin futuro» conseguían pisos de protección oficial por ser hijos de papá; y los que presumían de sueldos modestos durante su paso por la política al final conseguían unas poltronas públicas con honorarios estratosféricos.

Si Sumar está en el lodo y Podemos en el fango, es porque sus antiguos votantes les han cogido el número. Y la persona que mejor representa todo el engaño de la presunta nueva izquierda surgida tras el 15-M es una Ada Colau que convirtió el Ayuntamiento de Barcelona en un chiringuito gigantesco al servicio de la tupida red de asociaciones y activistas que rodean a los Comunes. Todo muy legal desde el punto de vista jurídico, por supuesto, y todo muy inmoral, también. Ocho años de la izquierda alternativa en el Gobierno de España y, en el caso de Colau, otros ocho al frente del segundo consistorio de España, dedicados a desilusionar, día tras día, a los millones de españoles que creyeron que estos oportunistas iban a cambiar las cosas. Y sí que cambiaron, pero sus situaciones personales. Los problemas que presuntamente iban a arreglar se agravaron, desde la violencia sexual hasta la vivienda.

Era encantador ver al entonces ministro de Consumo, Alberto Garzón, en una cruzada contra el consumo masivo de carne mientras en el menú de su boda no faltaron los chuletones. Y era ejemplar ver cómo bramaba contra las puertas giratorias y los negocietes de los políticos para acabar fichando por Acento, uno de los lobbies políticos más activos en España. Dimitió a las 24 horas, pero muchos de sus votantes tomaron nota. De las andanzas empresariales del infatigable luchador por los derechos de los trabajadores Pablo Iglesias ya se han encargado algunos de sus antiguos empleados. Y no precisamente para elogiar sus condiciones laborales. De Yolanda Díaz y su condición de ministra que pide movilizaciones contra el Gobierno del que forma parte y del que no dimite ya se han hecho centenares de memes.

Por mucho que el sindicato de inquilinas —la versión madrileña del sindicat de llogateres— monte numeritos propagandísticos en la Puerta del Sol para tapar lo que su Gobierno —los Comunes forman parte del Ejecutivo de Sánchez y dicho sindicato es el brazo callejero del partido de Colau— ha hecho en Ceuta, no le va a servir de nada. En ocho años con ministros progresistas de Sumar y Podemos, el problema de la vivienda se ha agravado. El Gobierno del que forman parte no ha facilitado la construcción de viviendas, la legislación que ha aprobado ha empeorado el problema y no ha sido capaz de aprobar ningún programa social que haya servido para ofrecer alternativas a los que buscan un techo. De hecho, Sánchez y sus aliados han agravado la crisis habitacional al construirse menos viviendas que el incremento de la población que ha sufrido nuestro país gracias a la política de fomento de la inmigración ilegal. Así tenemos las calles, plazas, parques y garajes de las grandes ciudades llenos de asentamientos. En el Ensanche barcelonés se cuelan en los portales para dormir en las escaleras y en las zonas comunes. Esta es la herencia de la gestión de Colau como alcaldesa. Esta es la herencia de los jefes de los acampados en el centro de Madrid.

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