¡Adelante torquemadas!
De una actuación fea y nada edificante, que es sin ninguna excusa reprochable, pasamos a una reacción exagerada en los motivos, sobreactuada en los aspavientos y sectaria en su discriminación. Como nos pasa tantas veces, parece que estamos deseando encontrar un motivo para condenar y cancelar a los de enfrente; declaraciones llenas de rotundidad e histrionismo exigiendo una ejemplaridad en la respuesta que no se reclama para otras conductas que, como mínimo, son tan graves como las que se vieron el pasado martes en Cornellá.
La realidad es que, siendo, como decimos, muy feo, de muy mala educación y de pésima hospitalidad, no hubo violencia física contra nadie, no hubo disturbios, no hubo insultos específicos. Sí que hubo estigmatización y racismo en el grupo que lo originó, pero los cánticos y la gestualidad terminaron por contagiarse de manera jocosa e irreflexiva a varias gradas del estadio.
Por eso la sobreactuación posterior puede resultar improcedente y quizá habría convenido no convertir el tema en un trending topic, porque si le das una segunda vuelta con un análisis un poco más profundo, se puede encontrar alguna justificación para los que parecían merecer solo reproches y, al contrario, merecen algunos reproches quienes optaron por la reprensión inmisericorde.
Respecto a lo primero, y asumiendo que la libertad religiosa es un derecho inalienable de la persona que está reconocido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y por los cuerpos legales de los países democráticos, incluida la Constitución española, no se puede ignorar que el islam es una religión intrínsecamente antidemocrática y que su observancia supone la transgresión de unos cuantos de esos derechos, incluida la discriminación por razón de religión, de sexo y de opinión. Siendo conscientes de esas premisas, esas desconsideraciones no violentas e inocuas hacia los musulmanes parecerían una incorrección política y un vergonzante y antiestético comportamiento social más que una grave transgresión moral.
Pueden alegar que el islam no es solo eso (fanatismo, discriminación de la mujer, castigo físico o liberticidio), pero lo cierto es que, en algunos países musulmanes y en numerosas circunstancias, el islamismo es sobre todo eso; cuando, además, en esos países y en esas sociedades no es que hagan mucho esfuerzo por modernizarse, por adaptarse, por avanzar en el reconocimiento de derechos, es que incluso retroceden.
Viéndolo así, y desprendidos ya de buenismos y de cínicas equidistancias, hay que valorar el camino recorrido por otras religiones, y en especial por el catolicismo. Claro, que éste tiene la ventaja de partir del principio de que todos los hombres son iguales a los ojos de Dios, y desde ahí es más fácil asumir que también lo son ante la ley y ante los demás. Con más o menos dificultad el cristianismo se desprendió del poder civil y se adaptó a vivir en las sociedades laicas y democráticas que contribuyó a crear. Y entre estos avances en su adaptación y modernización se incluye, además del ecumenismo cristiano, el respeto a la libertad de culto y la aceptación plena y pacífica de otros credos y de otras religiones.
Después venimos los observadores y opinadores; y en especial los que, como los políticos aprovechados y los hiperventilados comentaristas deportivos, se han recreado en el reproche, con desmedida virulencia verbal y haciendo esos ademanes y figuras de los que se burlaba Francisco de Quevedo. Algunos en su desahogo llegan a gritar que «España es racista», sin caer en que hablan del país que impuso las Leyes de Indias en el siglo XVI, protagonizó el mayor episodio de mestizaje de la humanidad y que, hoy en día, tiene su población emigrante (más de 10 millones) perfectamente acogida e integrada.
No se trata de señalar puntualmente a nadie, porque todos los hemos visto y oído, y porque cada uno se indigna o se ridiculiza como quiere; pero sí que se les pide que manifiesten siempre el mismo celo en denunciar y reprochar la simbología y los excesos verbales y gestuales de los organizadores, espectadores o participantes de muchos eventos deportivos, culturales o políticos. Ya podemos poner en la agenda el día 18 de abril, para indignarnos y darles con todo a los que van a vejar e insultar a todos los españoles en los cuerpos llagados del Rey, del himno y de la bandera. Y si no queremos esperar tanto, basta con que este domingo nos pasemos por Bilbao o por Pamplona y echemos un vistazo al Aberri Eguna; porque hay cosas que, revestidas de exaltación y patriotismo, ya nacieron desde el odio visceral y la repudia. ¡Vamos valientes, un paso al frente los torquemadas!