La oportunidad de nuestra vida

Inés Arrimadas
Inés Arrimadas en un acto de Ciudadanos. (Foto: Efe)
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Ha habido tres elecciones que transformaron nuestra democracia y que cambiaron nuestra historia a mejor. En algún caso, a mucho mejor. Las primeras, las generales de julio de 1977, porque supusieron la primera experiencia democrática en 40 años. Mejor dicho, la primera experiencia democrática pura de la historia de España. En la República el pucherazo estaba a la orden del día, con lo cual cabe colegir que fue la primera vez que no había trampa ni cartón, que no se prostituían los resultados, que no se metía mano a las urnas. Las segundas, las de octubre de 1982, fueron trascendentales para consolidar la Transición ad aeternum porque ganaron quienes habían perdido la guerra: los socialistas. Las terceras en importancia cualitativa se celebraron el 3 de marzo de 1996, permitieron finiquitar un Gobierno que había degenerado en régimen corrupto y condujeron al centroderecha de nuevo al poder de la mano de un José María Aznar que fue el mejor gobernante en términos de prosperidad a la par que un remedo del felipismo desde el punto de vista ético.

Los del jueves no son, obviamente, unos comicios cualquiera. Seguramente estamos ante las elecciones más importantes no sólo de la historia catalana en particular, que también, sino de la española en general. No olvidemos que el gran problema de nuestra nación es la región de mis dos abuelas. La comunidad de los tan tolerantes como mundanos Servet, Peñafort, Monturiol, Gaudí, Dalí, Cambó, Pla, Verdaguer, Miró, Barraquer y Tarradellas. Pero también la de la Semana Trágica, la de Pujol, Mas, Junqueras, Puigdemont, la gentuza de la CUP, los jordis y también la de la financiadora del asesino Lanza, Ada Colau. Sin el problema artificialmente creado tras 37 años de dictadura democrática nacionalista, Cataluña no sería el tumor de una España que va económicamente como un tiro y que ha sido y es ejemplo de cómo hacer las cosas bien democráticamente hablando. Lo repetiré con orgullo hasta la saciedad: los países que asoman a la libertad siempre se fijan en nuestra Transición a la hora de establecer la hoja de ruta.

Un catalán que tenga uno, 10, 20 ó 37 años no ha conocido otra cosa que el pujolismo y sus sucedáneos. El tripartito fue el mismo perro con distinto collar. Un sistema totalitario simbolizado por dos repugnantes características. La primera es que para hacer algo o ser alguien hay que someterse al nacionalismo; de lo contrario, estás civilmente muerto en vida y terminas ejerciendo involuntariamente de paria. La segunda es tanto más perogrullesca: si no hablas catalán y no dices amén a la verdad oficial, mejor poner tierra de por medio emigrando. Los jóvenes y no tan jóvenes que han nacido entre el 29 de marzo de 1980, fecha de las primeras autonómicas que se anotó Pujol, y el día de hoy, 17 de diciembre, han sido educados, más bien reeducados al modo maoísta, en el odio consciente o inconsciente a España, en una historia vergonzosamente reescrita y en una sola verdad, el nacionalismo más fascista de Europa Occidental. No han conocido otra cosa. Las tareas de desprogramación de los padres responsables, que actuaban cada vez que el niño regresaba de clase, han evitado males mayores.

Pujol es tan chorizo como astuto. Fíjense, pues, si es astuto. El eterno delincuente sabía mejor que nadie, porque su alma y su cerebro son sólidamente fascistas, que el que controlaba la educación controlaba el futuro. Y a su antojo. Sobra añadir que esta barra libre le permitió robar 3.000 millones como el que hace churros. Nadie osó nunca tocarle el pelo: en los albores de su latrocinio por el miedo cerval felipista a un levantamiento en Cataluña que no se ha producido ni siquiera ahora con el 155 y en los estertores, porque sus escaños en la Carrera de San Jerónimo eran claves para la gobernabilidad de España. Una coyuntura que transformó la antaño pionera y mundial Cataluña en una suerte de república bananera con Jordi ejerciendo de Perón mediterráneo en feo y Marta Ferrusola jugando el rol de Evita en versión pueblerina.

Josep Tarradellas, un gigante en lo moral, que pasó de fundador de ERC en la Segunda República a estadista de postín tras su célebre “¡Ja sóc aquí!”, lo pudo decir más alto pero no más claro. Y desde luego no pudo diseccionar mejor el ADN del gran ladrón: “La gente se olvida de que en Cataluña gobierna la derecha. Hay una dictadura blanca muy peligrosa, que no fusila, que no mata, pero que dejará un lastre muy fuerte”. Lo más relevante de todo es que tal afirmación salió de la boca del primer president de la Generalitat tras la dictadura cuando el pájaro llevaba tan sólo un lustro en el Palau de Sant Jaume: en 1985. Treinta y dos años después contemplamos cuánta razón tenía el hombre que se pasó cuatro décadas sufriendo un exilio errante que le llevó a vivir en medio mundo: desde Francia a México, pasando por Reino Unido y Suiza, entre otros países.

No se trata tanto de conquistar el poder como de democratizar Cataluña. De inyectar libertad donde nunca la ha habido de verdad. De insuflar tolerancia donde está proscrita. De practicar la democracia donde sólo la hay formalmente. De primar la libertad individual donde manda el diktat colectivo. De perseguir la corrupción donde se ha mangado más que nadie y nunca y donde muchos (Los Pujolini son sólo la epítome) se fueron de rositas. De imponer la mayoría silenciosa a la minoría gritona. De permitir a los padres elegir la lengua vehicular de sus hijos donde ahora se les priva de ese tan sacrosanto como elemental derecho. De reescribir la historia para que vuelva a mandar LA HISTORIA y no la historia falsificada por un grupo de paletos embusteros que llegan al delirio de suscribir que Colón, Leonardo y ¡¡¡hasta Jesucristo!!! eran catalanes. De recordar a los alumnos que hay vida allende el Delta del Ebro y más allá de Almacellas y que la de 1700 no fue una guerra de secesión sino de sucesión monárquica. En resumidas cuentas, de resucitar la verdad, la ley y la libertad. Que manda narices que a estas alturas, 2017, y estando como estamos en la Unión Europea, continuemos con este debate.

La esperanza de meter Cataluña en la normalidad democrática tiene nombre de origen griego, Inés, y apellido salmantino, Arrimadas. La lideresa de Ciudadanos en Cataluña es el mascarón de proa del constitucionalismo. Se vote a Ciudadanos, se introduzca la papeleta de un Iceta que coquetea con los malos o se apueste por ese Albiol que siendo alcalde demostró el gran gestor que es, la única con posibilidades reales de presidir Cataluña para cambiar la historia es ella. Algo que la mayoría natural y hasta ahora silenciosa ha de tener en cuenta a la hora de depositar su voto un jueves que puede quedar inscrito con letras de oro en los libros de historia. Sólo el hecho de ganar, aunque luego no pueda gobernar, marcará un antes y un después, será en resumidas cuentas el final del principio del final de esa dictadura blanca de la que hablaba Tarradellas.

Ese 60% de catalanes que no quiere la independencia, que defiende el imperio de la ley y el Estado de Derecho, que anhela el regreso de la paz, la libertad, la modernidad y la prosperidad, tiene dentro de 96 horas la oportunidad de su vida. Si todos los ciudadanos de bien acuden en masa a las urnas, Cataluña estrenará un Gobierno constitucionalista cuatro décadas después de la vuelta de la libertad tras otras cuatro de oscuridad franquista.  Es matemática pura: los catalanes buenos no sólo son mejores moralmente sino que son más, bastantes más numéricamente. Si por el contrario, optan por su proverbial conformismo, planteándose “para qué votar si todo seguirá igual”, los golpistas volverán a arrimar el ascua a su sardina. Y la venganza será terrible. Catalanes y catalanas constitucionalistas deben grabarse en la cabeza una sencilla máxima, parafraseada de la que condujo a la victoria a Bill Clinton: “Son las matemáticas y la estadística, estúpid@”. Si van todos, ganan. Pues eso: a dar a esta banda de fascistas la lección de su vida. Luego no se quejen.

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