La Manada son 5 animales, no 22 millones de hombres

La Manada son 5 animales, no 22 millones de hombres
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No es no, pero tras lo sucedido en aquel portal de Pamplona, lo más importante, mientras esperamos la verdad judicial sobre aquella madrugada, es socorrer a la gente decente víctima del actual abuso: el aprovechamiento táctico de la violación de una chica de 18 años por parte de un sector feminista para convertir a 22.835. 674 hombres en La Manada. La inoculación de una paranoia fabricada por parte de éste que asegura que el machismo o la violencia son intrínsecos al gameto masculino y a una sociedad a la que las feministas insultan al presuponerla enferma, imaginamos que, exceptuando a sus propios hijos, claro. Sin embargo, no son prescriptoras ni virtuosas sobre este asunto porque siempre han callado sobre los matrimonios forzosos en la comunidad islámica y sobre la ablación de clítoris practicada a más de 30 millones de niñas y mujeres en 30 países de África, Oriente Medio y Asia.

No lo son porque hace un año decidieron esconder en la clandestinidad a las mujeres violadas, robadas y asaltadas en Colonia por “hombres árabes o del norte de África” durante la noche de año nuevo de 2016. Aquellas mujeres eran un marrón para lograr la virtuosa armonía multicultural que ha levantado bulevares no aptos para las mujeres en pleno corazón de Europa y asentado el complejo más devastador en el argumentario socialdemócrata. En un perfecto símil del infantilismo político-feminista imperante, aquellas mujeres fueron desaparecidas de los debates, y por tanto un poco menos violadas que la víctima de Pamplona porque lo de Colonia sucedió entre la étnica de tambores, música de trompetas, palmas y coros de refugiados en vez de entre los cinco falos coordinados de La Manada que hoy espera sentencia de los tribunales.

El otro cetro mágico que hoy sostiene el feminismo en la lucha contra el machismo estructural, y que según la ideología de género persigue el trasero de las mujeres con afán depredador entre los viandantes, es el de la educación usada como una terapia de grupo de nuestros hijos. De los varones, claro está. ¿Pero quién o qué trata a las cuatro niñas de un centro de acogida en Melilla que en septiembre de este año formaron un grupo de acoso para robar, agredir y amenazar al resto de las niñas que vivían con ellas? ¿Quién o qué trata a las niñas que, en mayo de 2017, apalearon a otra en un instituto de La Laguna mientras eran jaleadas por otras compañeras al grito de “¡Mátala, reviéntala!”?

Estas agresiones son borradas con clara intencionalidad por los partidos de las izquierdas que, con la excusa del bien común, diseñan la violación del derecho de los padres a educar a sus hijos en valores y en libertad amparado en el artículo 27.3 de la Carta Magna: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Circunscribir al machismo lo ocurrido en Pamplona con aquella chica supone banalizar una violación. Aquello ocurrió porque los que legitiman la violencia en la calle para reivindicar los privilegios políticos en los parlamentos son los que actualmente están impartiendo a nuestros hijos los principios morales. Porque hoy, como nunca antes, se está sustituyendo a los profesores por aquellos correligionarios afines a la ideología más violenta de la historia en colegios y universidades. Otros, además de eso, hablan a las niñas de violencia machista mientras algunos de ellos, usan sus regazos y sus pupitres como urnas improvisadas para la ilegalidad en Cataluña. Porque hoy legislan los que ayer llamaban a los escraches y a acciones violentas contra los que, según ellos, lo merecían. También dentro de sus portales.

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