De Unamuno y Valle-Inclán al portavoz de Zapatero: el declive histórico de los presidentes del Ateneo de Madrid
El actual presidente, Luis Arroyo, es el portavoz oficial de Zapatero tras su imputación
El sillón de la presidencia ha estado ocupado por los intelectuales más brillantes de los últimos 200 años
El Ateneo de Madrid nació en 1835 como templo del pensamiento libre y durante casi dos siglos su presidencia fue sinónimo de grandeza intelectual. En sus años de mayor esplendor, el sillón recayó sobre figuras como Gregorio Marañón, Ramón del Valle-Inclán o Miguel de Unamuno. Hoy lo ocupa Luis Arroyo, consultor de comunicación y portavoz público de un ex presidente imputado por corrupción. El contraste no podría ser más significativo.
Por el Ateneo han pasado seis presidentes de Gobierno y casi todos los premios Nobel españoles. Ocupar ese sillón era el reconocimiento de una trayectoria intelectual excepcional: un honor al que sólo se accedía con el bagaje suficiente para garantizar que quien lo ostentara supiera proteger la cultura de la capital.
Unamuno llegó a la presidencia con a sus espaldas obras como Niebla o En torno al casticismo, textos que redefinieron la filosofía y la literatura española del siglo XX. Valle-Inclán, por su parte, había alumbrado las Sonatas y Luces de Bohemia, obras capitales del modernismo y el esperpento. Marañón, médico, historiador y ensayista, aportó títulos como El conde-duque de Olivares o Tiberio: historia de un resentimiento, trabajos que aúnan rigor científico y brillantez literaria.
Tres presidentes, tres obras mayores de la cultura española. El denominador común es que cada uno de ellos transformó el pensamiento de su época antes de sentarse en ese sillón.
Arroyo, en cambio, fue director de gabinete de los secretarios de Estado de Comunicación durante los gobiernos de Zapatero; después dirigió el gabinete de Carme Chacón en el Ministerio de Vivienda, y más tarde fue subdirector en el gabinete de la vicepresidenta primera María Teresa Fernández de la Vega.
Su obra publicada se limita a manuales de comunicación política como El político nace o se hace, un compendio de técnicas de imagen y relato institucional que difícilmente figura en ningún canon literario ni filosófico. Un currículum de militante socialista y asesor de imagen que difícilmente habría merecido un retrato en la galería de ilustres de la institución en cualquier otra época.
Y lejos de desvincularse de ese pasado desde la presidencia del Ateneo, lo ha profundizado. Arroyo se ha convertido en la voz pública de José Luis Rodríguez Zapatero en medio del aluvión de información sobre sus presuntas actividades delictivas, tras la imputación del expresidente en el caso Plus Ultra. El presidente de la institución que acogió a Unamuno y a Valle-Inclán sale ahora a los platós a defender a un expresidente investigado por corrupción.
La paradoja resulta difícil de ignorar: socios de la institución no ven con buenos ojos que Arroyo ejerza de portavoz público de un ex presidente imputado, y temen que esa exposición mediática pueda manchar la institución.
Una preocupación legítima para una casa que lleva casi dos siglos siendo el escaparate del pensamiento más brillante de España y que hoy ve cómo su presidente ocupa más titulares por sus defensas de un político imputado que por cualquier iniciativa cultural. La distancia entre el Ateneo de Unamuno y el Ateneo de Arroyo no se mide solo en décadas, sino en la diferencia entre crear cultura y gestionarla políticamente.