La oposición israelí, atrapada entre dos promesas: apartar a Netanyahu o vetar a los partidos árabes
Con el 90,4% de los votos escrutados, el bloque de Benjamin Netanyahu gana con 53 escaños
La oposición suma 67, de los que 48 corresponden al bloque del centrista Eisenkot y 19 a los partidos de mayoría árabe

Israel vuelve a quedarse sin una mayoría clara. Con el 90,4% de los votos escrutados, el bloque de Benjamin Netanyahu se mantiene en 53 escaños y la oposición suma 67, de los cuales 48 corresponden al bloque del centrista Gadi Eisenkot y 19 a los partidos de mayoría árabe. Ninguno de los dos campos llega por sí solo a los 61 escaños que exige la Knéset (Parlamento), y la llave del próximo Gobierno queda en manos de quienes ambos han evitado hasta ahora.
El dato más llamativo del resultado electoral no es el pulso entre Netanyahu y el ex jefe del Ejército, sino el salto de las formaciones árabes. Pasan de 10 escaños en la anterior legislatura a 19 en la nueva. La lista izquierdista Lista Conjunta ronda los 12 escaños y el islamista Raam los 7. El resultado se apoya en una movilización inusual: la participación final alcanzó el 77,7 %, casi ocho puntos por encima de la de 2022 y la más alta desde 1999.
Los resultados no dejan lugar a dudas: el bloque de Eisenkot, con 48 escaños, está a 13 de la mayoría. Sumados los 19 de los partidos árabes, reunirían 67 asientos, por encima de los 61 necesarios para gobernar. Para el bloque de Netanyahu, en cambio, no hay suma posible: con 53 escaños, ni siquiera el apoyo de todos los diputados árabes le serviría; además que ese pacto es políticamente impensable para su coalición.
Netanyahu lo ha dejado claro desde el primer momento. Su partido acusó a las formaciones árabes de «robar las elecciones», en referencia al aumento de la participación en esas localidades, y pidió investigar sus votos, tal y como informaron los medios israelíes.
El dilema de la oposición
La encrucijada de la oposición es que se presentó con dos promesas que chocan entre sí, tal y como recuerda Haaretz. La primera, acabar con el reinado político de Netanyahu, que acumula casi dos décadas al frente del Gobierno de forma discontinua. La segunda, no depender de los partidos árabes, una línea que los partidos sionistas de la oposición han mantenido tradicionalmente. Los resultados demuestran que ambas no pueden cumplirse a la vez.
Los partidos árabes son, además, los únicos excluidos de los bloques, incluso por las formaciones de la oposición. Eisenkot, por ahora, no se ha negado de forma explícita a ese apoyo, sino que se ha mostrado abierto, con condiciones, a un acuerdo. Desde la izquierda, Yair Golán ha pedido directamente a la oposición que se alíe con ellos, y desde el lado árabe se reclama una «verdadera alianza judeoárabe». Pero la posibilidad de un acuerdo sigue siendo incierta. Las salidas son pocas y todas incómodas:
La primera es un gobierno de Eisenkot con apoyo de los partidos árabes, ya sea desde dentro de la coalición o desde fuera, con un acuerdo parlamentario que garantice su investidura. Sería la vía más rápida para desalojar a Netanyahu, pero obligaría a la oposición a renunciar a su veto y a enfrentarse a un electorado y a socios de derecha que no lo han digerido bien.
La segunda es el bloqueo y un regreso a las urnas. Es el escenario que más preocupa en la oposición, porque, como advierten algunos analistas, unas nuevas elecciones beneficiarían sobre todo a Netanyahu. Cada repetición electoral le ha permitido resistir, presentarse como garante de estabilidad y erosionar la credibilidad de sus rivales.
acento
La tercera, y menos probable, sería una gran coalición entre bloques que dejara fuera a los partidos árabes, pero exigiría a Eisenkot gobernar con el hombre al que prometió desbancar.
Lo que las urnas han dejado claro es que la oposición no puede presentarse ante sus votantes con las dos promesas intactas. Una de ellas se romperá, y de cuál sea dependerá no sólo la caída de Netanyahu, sino también el lugar que ocupará, por primera vez con este peso, la ciudadanía árabe en el sistema político israelí, analiza The Jerusalem Post.