Massin Hartit: «Los imanes de las mezquitas de España dicen cada viernes que votar al PP o a VOX es pecado»
"Marruecos quiere invadir hasta Andalucía"
"Ceuta y Melilla le interesan a Marruecos porque poseen un valor geoestratégico mundial"
"Las mezquitas también se utilizan para impedir que los marroquíes residentes en Europa se occidentalicen o se integren plenamente"
Hubo un tiempo, mucho antes de que el islam cruzara el Estrecho, en que el norte de África rezaba en latín. De aquella tierra —recuerda Massin Hartit, presidente de la Organización Unidad de los Rifeños— salieron papas y emperadores romanos de raíz bereber, y en ella nació San Agustín, padre de la Iglesia occidental. Aquel pasado cristiano, y hasta matriarcal —Hartit habla de reinas amaziges que gobernaron antes de que nadie viniera a imponerles otra fe—, fue barrido, sostiene, por una invasión que llegó a arabizar por la fuerza. «Usan el islam para arabizar. La islamización que tenemos en el norte de África es obligatoria: tienes que convertirte en musulmán o serás asesinado», afirma. Hoy, sostiene, la presión ya no se ejerce con la espada, sino con el dinero: mezquitas financiadas desde Arabia Saudí, Catar y el propio régimen alauita. «En el Rif encontramos más mezquitas que hospitales, que universidades… no encuentras hospitales, no encuentras colegio, no encuentras institutos», denuncia. Su organización resume: «Trabaja para defender la españolidad de Ceuta y Melilla, para que el Rif vuelva a ser español y para luchar también contra la arabización, contra ese usar el islam como objeto para arabizar y contra la falta de libertad de elegir religión».
Esa asfixia, denuncia Hartit, traza una frontera invisible entre dos Marruecos. Está el rifeño, el bereber, que —afirma— se integra en España, jura por Dios sin saber que hereda un gesto cristiano de sus abuelas. Defiende que «un rifeño que vive en Melilla o en Ceuta defiende la españolidad de Melilla y Ceuta, y está contra el régimen marroquí». Frente a él sitúa al marroquí no rifeño, al que el régimen, según su relato, mantiene deliberadamente alejado de Occidente: «Tú ves a un rifeño que ya está adaptado a la cultura española, se siente más español, pero el marroquí nunca se adapta». Es una distinción que Hartit atribuye no a la sangre, sino a un proyecto político de control ejercido, dice, desde el púlpito.
El dinero, insiste, delata la estrategia: «Un imán en Melilla o Ceuta gana de 600 hasta 800 euros por sueldo del régimen marroquí y aquí un imán en Marruecos gana 150 euros. La diferencia es muy grande», sostiene, un plus que —afirma— compra fidelidad y también voto. Cada viernes, según su testimonio, en las mezquitas de España, los imanes repiten que votar al PP o a Vox es pecado. Mientras, en Ceuta y Melilla, se pide el sufragio para «el hermano musulmán». Este escenario deja pensando, al menos a servidora. No sería sólo doctrina religiosa; podría ser ingeniería electoral pensada para los cientos de miles de marroquíes que cada año se incorporan al censo con DNI español.
Detrás de esa maquinaria, Hartit sitúa un proyecto mayor: el del Gran Marruecos, que no se conformaría con el Rif ni con Ceuta y Melilla. «Quiere llegar a Andalucía» en nombre de la herencia almohade —»ellos quieren recuperar el reino almohade», asegura—, financiando asociaciones y hasta, denuncia, un incipiente partido islamista. Y va más lejos: sostiene que Marruecos «tiene alguna herramienta en la mano que se puede amenazar con ella al Gobierno español», cita el espionaje de Pegasus, aunque matiza el alcance real de esa presión —»se asusta y amenaza nada más»—, y afirma sobre la crisis migratoria: «Lo que ha pasado en Ceuta estaba preparado, el régimen marroquí lo tenía preparado». Todo ello, sostiene, con el cronómetro de las elecciones generales españolas ya en marcha: Rabat estaría acelerando sus movimientos precisamente ahora porque teme que un futuro Gobierno de PP y Vox estreche lazos con la Casa Blanca de Trump y Marruecos pierda con ello a su principal aliado. «Ya no va a haber la relación que estamos viendo actualmente entre Marruecos y Estados Unidos, o entre Marruecos e Israel», advierte. Conviene no olvidarlo: quienes hoy saltan la valla como irregulares son, en la lógica migratoria y electoral española, los votantes legales de mañana.
Todo esto descansa en el testimonio de un hombre y un pueblo, parte interesada y beligerante con el régimen que combate, y así debe leerse: como denuncia, no como sentencia. Sus palabras apuntan con claridad a algo que ningún mapa discute, y que el propio Hartit resume sin rodeos: «Ceuta y Melilla tienen un valor geoestratégico mundial», la llave española del Estrecho, el punto exacto donde el Atlántico entrega el testigo al Mediterráneo. Por eso, se crea usted o no cada detalle de Hartit, conviene escuchar con atención cuando alguien asegura que la partida por España ya no se juega únicamente en la frontera, sino en el censo electoral y en el sermón del viernes.
La realidad es que Madrid gobierna España, pero Ceuta custodia una de sus bisagras geográficas. Frente a ella se estrechan el Atlántico y el Mediterráneo, Europa y África, el comercio y la guerra. Más del 80 % del tráfico mundial de mercancías se transporta por mar y cualquier alteración de sus grandes corredores repercute inmediatamente en precios, suministros y equilibrios de poder.
Ceuta no controla por sí sola el Estrecho de Gibraltar, pero proporciona a España una posición privilegiada en su orilla africana. Melilla, situada más al este, cumple una función diferente en el mar de Alborán. Perder cualquiera de las dos no entregaría automáticamente a Marruecos las llaves de la navegación mundial, protegida además por el derecho de paso internacional; sí modificaría profundamente el equilibrio territorial, militar y político del Mediterráneo occidental.
Esta es la perspectiva desde la que Massin Hartit, periodista y presidente de la Organización Unidad de los Rifeños, contempla las reclamaciones de Rabat. Hartit, que sitúa en 2007 su intervención ante Naciones Unidas en la etapa en que ejercía como vicepresidente del Congreso Mundial Amazigh, no interpreta la reivindicación de Ceuta y Melilla como una querella aislada, sino como parte de una ambición mucho mayor.
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