invasión de ceuta

Así es la Ceuta «normalizada» de la guerra híbrida: pisos patera, agresiones sexuales, residentes encerrados y «medicina de guerra»

Barrios enteros han cambiado de fisonomía en cuestión de semanas

La presencia conflictiva de miles de invasores crispa a los ceutíes, que exigen soluciones

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María Ruiz
  • María Ruiz
  • Portadista. Especialista en 'breaking news' y noticias de nacional e internacional. Nací al periodismo en Abc, ayudé a fundar La Razón y viví en Las Provincias.

Ochenta mil inmigrantes ilegales, en su inmensa mayoría marroquíes, invadieron la frontera de Ceuta por el espigón del Tarajal y a nado el 30 y 31 de julio. Ha sido la mayor entrada masiva registrada en la historia de la ciudad. Aunque la gran mayoría regresó a Marruecos en las horas y días siguientes (el Gobierno habla de más del 90 %), unas 20.000 personas permanecen y deambulan por la ciudad a principios de este septiembre. Estos individuos, casi todos de origen marroquí, están transformando de forma visible y acelerada el paisaje social, urbano y de seguridad de Ceuta. Consecuencias de la guerra híbrida en una Ceuta «normalizada», según el sanchismo que elude señalar a Marruecos pese a los informes policiales.

Entre los que se han quedado, muy pocos están en centros oficiales. La gran mayoría se oculta en viviendas particulares, garajes, trasteros, portales, descansillos e incluso coches. Además, ha surgido un auténtico negocio de pisos patera en el que se cobran 35 euros diarios por habitación, hasta 900 euros mensuales por un garaje compartido y precios de 2.400 a 3.000 euros por casas enteras, según denuncia El Faro de Ceuta. Hay casos de cobros de 50 o incluso 100 euros por noche, añade el medio ceutí.

La Policía Nacional ha empezado a desmantelar algunos de estos locales dentro de la llamada operación Senen y se ha producido ya la primera condena, por alojar a inmigrantes en un garaje.

Agresiones sexuales

Las agresiones sexuales son una de las dramáticas consecuencias de la invasión. Además, se denuncia explotación laboral en obras ilegales a cambio del alojamiento, robos y una absoluta falta de control. Los vecinos de barrios como el Príncipe, el Recinto, Loma Colmenar o Canalejas denuncian que, de la noche a la mañana, sus comunidades se han llenado de gente desconocida, con puertas abiertas, gritos, suciedad e insalubridad. Autoridades de la ciudad autónoma han amenazado con rescindir contratos de vivienda pública a quienes alquilen ilegalmente a estos inmigrantes, indica El Faro de Ceuta.

Miles de personas deambulan por las calles, duermen en zonas verdes, montes o azoteas, de donde sólo bajan a comer o escapan para evitar ser identificados. Se distribuyen miles de raciones diarias de comida. El sistema de menores está colapsado (se habla de varios miles de menas marroquíes). Han aumentado de forma drástica las denuncias por agresiones sexuales (muchas de ellas entre los propios inmigrantes), robos, hurtos y altercados. Algunos comercios se han blindado o cerrado temporalmente. Propietarios están vendiendo sus casas o retirando pisos del mercado de alquiler por la inseguridad.

Caos sanitario

Uno de los efectos más graves y persistentes de la invasión ha sido el colapso o, como mínimo, la tensión extrema del sistema sanitario ceutí, ya de por sí frágil y con la ratio de médicos por habitante más baja de España. Solo en el primer mes (del 31 de julio al 31 de agosto) se realizaron 10.725 asistencias a personas migrantes: el 60% en Atención Primaria y el 40% en las Urgencias del Hospital Universitario de Ceuta.

Médicos y enfermeras describen la situación como «medicina de guerra» o «barco que se hunde» por la sensación permanente de desbordamiento. Se han atendido heridos de reyertas (navajazos, fracturas), embarazos no controlados y problemas derivados del hacinamiento: gastroenteritis, sarna, impétigo y varios casos de tuberculosis.

Los profesionales denuncian escasez crónica de especialistas y refuerzos insuficientes. Mientras el Ministerio de Sanidad insiste en que «no hay colapso» y que se mantiene la atención a los ceutíes, los sindicatos médicos y el Colegio de Médicos hablan de «catástrofe asistencial» y piden un hospital de campaña.

Barrios enteros han cambiado de fisonomía

El resultado es una sensación generalizada entre muchos ceutíes de que «la ciudad ya no es la misma». Lo que antes era un espacio de convivencia histórica entre cristianos y musulmanes españoles se ve ahora alterado por una presencia masiva y descontrolada de jóvenes marroquíes llegados en la avalancha. Barrios enteros han cambiado de fisonomía en cuestión de semanas: más gente hablando dariya, más actividad informal y una presión constante sobre los servicios públicos y la convivencia vecinal. Otra consecuencia de la guerra híbrida.

Aunque la mayoría volvió a Marruecos, el núcleo que permanece está intentando enquistarse y alimenta una economía sumergida de alojamiento y trabajo ilegal reforzada por las redes de origen marroquí ya existentes en la ciudad.

En poco más de un mes, la invasión de finales de julio ha originado de forma brutal una nueva imagen de zonas de Ceuta: la mayor presencia cotidiana, visible y conflictiva, de población marroquí recién llegada. Ceuta, con apenas 84.000 habitantes, denuncia a gritos que ha perdido una parte significativa de su espacio. Y pide ayuda a un gobierno inoperante que sólo justifica la ayuda humanitaria a los inmigrantes, para quienes levanta campamentos y retrasa las filiaciones que permitirían devolver a los invasores en poco tiempo a Marruecos.

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