Bajar impuestos: ¿a quién le duele?
Lo verdaderamente populista es prometer que todo se arregla subiendo impuestos
«El salteador de caminos no pretende tener derecho alguno sobre tu dinero, ni que vaya a usarlo en tu beneficio». Lysander Spooner, Sin traición, 1870
Spooner lo escribió para explicar en qué se diferencia un ladrón de un Gobierno. Siglo y medio después, el Gobierno sigue jurando que lo hace por tu bien… Cada vez que alguien propone bajar impuestos, la respuesta llega en menos de una hora: «es un regalo a los ricos» y «habrá menos dinero para la sanidad». Lo hemos vuelto a oír con la propuesta fiscal de Vox: IRPF al 0% hasta 22.000 euros, al 15% hasta 70.000 y al 25% por encima, IVA general al 18% y alimentos básicos al 0%. Las dos frases suenan bien. Las dos son falsas.
No escribo esto como votante de nadie. Soy anarcocapitalista: creo que el impuesto es una apropiación del fruto del trabajo ajeno, se vote o no, y que ningún partido va a desmontar el Estado que le da de comer. Vox tampoco. Pero la libertad no se juzga por siglas, sino por resultados. Entre que el Estado se quede con la mitad de tu sueldo o con un tercio, la diferencia es el tiempo de tu vida. Si alguien propone devolverte parte de lo tuyo, lo apoyo como mal menor. Lo proponga quien lo proponga.
Hagamos números con una cuenta sencilla. Con esa escala, quien declara 22.000 euros deja de pagar los 3.711 euros de IRPF que paga hoy. Quien declara 40.000 pasa de 9.447 a 2.700 euros, un tipo medio del 6,8%. Quien declara 200.000 pasa de 79.847 a 39.700, un tipo medio del 19,9%.
¿Pagan lo mismo los ricos? No. Quien gana 200.000 euros seguiría soportando un tipo medio casi tres veces mayor que quien gana 40.000; hoy es 1,7 veces. La distancia se agranda. ¿Ahorra más en euros? Claro: no se le pueden devolver 40.000 euros a quien paga 3.700. Pero el de 22.000 se libra del 100% de su IRPF y el de 200.000, de la mitad.
Además, una familia que gasta todo lo que gana paga IVA sobre todo su sueldo. Bajar el IVA y dejar a cero el pan, la leche o el aceite es la rebaja más directa posible para la clase trabajadora. Y perdonar la cuota de autónomos, más de 200 euros al mes, a quien factura menos del salario mínimo es dejar respirar al que empieza.
El argumento de la sanidad descansa en una idea que casi nadie discute: que cada euro que pagas vuelve en forma de servicio. Los datos dicen otra cosa.
En 2025 Hacienda recaudó 325.356 millones de euros, un 10,4% más que el año anterior y la mayor cifra de su historia. Ese mismo año cerró con 853.509 personas esperando una operación, otro récord. Madrid, de las comunidades que menos gastan en sanidad por habitante, tiene la espera quirúrgica más corta: 50 días. Cataluña gasta más por habitante y sus pacientes esperan 142, casi el triple. El dinero no explica la diferencia. La gestión, sí.
En enero murieron 46 personas en Adamuz, y la principal hipótesis de los investigadores es una soldadura rota en una vía del Estado que Adif había inspeccionado once días antes. En educación llevamos ocho leyes en democracia, una por cada mayoría. No es falta de recursos: es que en lo público nadie arriesga lo suyo cuando las cosas salen mal.
Mientras tanto, el presupuesto alimenta subvenciones a partidos, sindicatos y patronales, observatorios y ministerios cuya principal producción son campañas. El Instituto de Estudios Económicos calcula que el sector público podría gastar 60.000 millones menos sólo con mejor gestión. La rebaja del IRPF se ha cifrado en 46.000. El margen existe; lo que falta es voluntad de tocar los chiringuitos antes que los quirófanos.
Lo verdaderamente populista es prometer que todo se arregla subiendo impuestos. Es la promesa perfecta, porque nunca se puede refutar: si la cola sigue, la culpa es de que no se recaudó bastante.
Hay una razón de fondo, y no es que los políticos sean peores personas que el resto. Es un problema de conocimiento. Hayek lo explicó en 1945: la información que mueve una sociedad está repartida entre millones de personas que saben qué necesita su familia, su barrio o su negocio. Ningún comité puede reunir ese saber. Mises añadió que sin precios libres no hay forma de calcular qué uso de un recurso vale más. El burócrata no tiene precio, ni competidor, ni cliente que se marche. Sólo un presupuesto que premia gastarlo entero.
El mercado es otra cosa: la cooperación voluntaria de millones de desconocidos. Nadie sabe fabricar un lápiz de principio a fin, recordaba Leonard Read, y aun así hay lápices, porque miles de personas cooperan sin que nadie lo ordene. Es el orden espontáneo de Hayek y la función empresarial de Huerta de Soto: cada persona viendo oportunidades que nadie había visto y actuando sobre ellas. Adam Smith ya advertía contra el «hombre de sistema», el que cree que puede mover a las personas como piezas de ajedrez. Un puñado de burócratas no acertará nunca más que millones de personas decidiendo con su propio dinero.
No pido a nadie que vote a Vox. Pido que se juzgue la medida por lo que hace: deja sin IRPF a quien gana menos de 22.000 euros, abarata la compra, alivia al autónomo y obliga al Estado a elegir entre sus chiringuitos y sus hospitales. Si la izquierda cree que eso perjudica a los pobres, que explique por qué un trabajador está mejor entregando 3.700 euros a un ministerio que quedándoselos.
Spooner tenía razón: el salteador, al menos, no finge que te roba por tu bien. El Estado sí. Te quita el sueldo prometiendo devolvértelo en servicios y después te manda a la cola. Bajar impuestos no es dejar a nadie sin médico. Es dejar de pagarle al único atracador que encima exige que le des las gracias.
Gisela Turazzini, autora de «¡Soy Anarcocapitalista!» editorial Planeta.