Pole para Bottas, sobresaliente Sainz e insuficiente para Fernando Alonso y McLaren-Honda
La anestesia provocada por la ineptitud de Honda se hace peligrosa, un sopor perenne, un visionado eterno de Flash Gordon: te hipnotiza y hace creer como ‘bueno’ cualquier cosa. No hay verdadera desesperación sin cierta esperanza, y eso debe sentir Fernando Alonso cada vez que vuelve a subirse en su ambiguo MCL32. Porque los tres factores deberían dar un producto ganador, y alguno, de rasgos japoneses, parece que no sabe ni sumar.
Las malas noticias se convierten en alivio, aunque no dejan de ser una confirmación de algo ya conocido. Problemas en el MGU-H de su spec 3 de Honda: a la clasificación con la versión anterior. El viernes todo parecía apuntar a Q3; la realidad el sábado se quedó en la Q2, y dando gracias. Insuficiente siempre, pero reivindicativo, al superar Fernando Alonso a Vandoorne, que sí portaba el motor evolucionado. La demostración de que el talento es sólo un extra en un deporte de mecánicos.
Ese plus del que goza Mercedes en manos de Lewis Hamilton; o Ferrari con Vettel. Dos chasis, dos motores y dos pilotos que se mueven entre milésimas, resucitando una rivalidad necesaria para la Fórmula 1. Se les coló en su duopolio Valtteri Bottas, ayudado por una tardía bandera amarilla, cuando quedaban segundos, y todos buscaban la pole. Saldrá primero, acompañado por el monje Vettel, al que confesar su crimen en Bakú no le salió como a Ned Stark en Juego de Tronos. Hamilton, tercero, saldrá octavo, por su penalización al suplir la caja de cambios.
Carlos Sainz, protagonista de jueves a sábado, no quiso perder los flashes en el rincón donde mejor sabe gritar: la pista. Salió enfurecido por una lluvia de ataques innecesarios, deshonrados, por parte la cúpula de Red Bull. Reivindicó su trabajo: en esta sinergia, nadie se debe nada. En la Q1: cuarto. Y llegó a estar tercero. En un circuito de detalles, demostró que su talento no es de Toro Rosso, es de escudería activa en el Mundial.
Se coló en Q3, metiéndole 3 décimas al bueno Daniil Kvyat: compararlos debería estar tipificado en el código penal. No es que el ruso sea malo, es que el español es de otra categoría. Es la Col du Télégraphe y el Galibier: uno es de primera, otra está fuera de concurso. Una especie de blasfemia venida a más en los últimos días: Helmut Marko, atento al televisor. Saldrá décimo, esperando una salida que le alce más allá, a pelear por unos puntos que, para él, son una bendición… y una reivindicación.
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