Según la psicología, las personas que piensan mientras caminan no es porque sean muy inquietas: en realidad están mejorando su creatividad

Basta con observar una oficina o una casa durante una llamada importante para encontrarlas: son las personas que piensan mientras caminan, las que recorren una y otra vez el mismo trayecto con la mirada perdida. Su comportamiento suele despertar comentarios del tipo «no puede estarse quieto», como si ese ir y venir fuera un defecto que conviene corregir.
La psicología, sin embargo, ofrece otra lectura. Desde hace años, varios equipos de investigación estudian la relación entre el movimiento y los procesos mentales, y algunos de sus hallazgos apuntan en una dirección muy distinta a la de la inquietud. Lo que parece un simple hábito nervioso podría esconder una estrategia que el cerebro utiliza.
¿Por qué afirman que las personas que piensan mientras caminan tienen más ideas creativas?
En 2014, Marily Oppezzo y Daniel Schwartz, de la Universidad de Stanford, publicaron en el Journal of Experimental Psychology: Learning, Memory, and Cognition un trabajo de título elocuente: Give your ideas some legs (algo así como «Ponle piernas a tus ideas»). Su conclusión fue que caminar aumenta la creatividad, tanto en el momento como durante un rato después.
Para comprobarlo, realizaron cuatro experimentos con 176 participantes, en su mayoría estudiantes universitarios. La prueba principal fue el test de usos alternativos de Guilford, que consiste en proponer el mayor número posible de usos originales para un objeto cotidiano, como un botón o un neumático.
Cuantas más ideas válidas y novedosas, mayor es la puntuación en pensamiento divergente, una de las bases de la creatividad.
Y sin dudas, los resultados fueron claros. En el primer experimento, el 81% de los participantes mejoró su puntuación al caminar respecto a cuando estaba sentado. En los demás ensayos, la proporción de caminantes con respuestas más creativas llegó al 88%, al 95% e incluso al 100%.
«Mucha gente asegura que piensa mejor cuando camina», explicó Oppezzo al presentar el estudio.
Cuatro experimentos para separar el paseo del paisaje
La clave del diseño de la investigación estaba en descartar otras explicaciones. En el primer experimento, los voluntarios hacían el test sentados y después caminando sobre una cinta, frente a una pared blanca.
En otro, el orden cambiaba: primero caminaban y luego se sentaban. Ese segundo grupo mantuvo un rendimiento superior al de quienes habían estado sentados todo el tiempo, lo que los autores describen como un efecto residual.
Finalmente, el último ensayo comparó cuatro situaciones: sentarse dentro, caminar en una cinta, pasear al aire libre y recorrer el exterior empujado en una silla de ruedas. Esta última condición servía para separar el estímulo del paisaje del movimiento físico.
El resultado confirmó que el efecto se debía al acto de caminar, no a lo que los participantes veían a su alrededor, aunque pasear fuera produjo las analogías más originales.
Cabe remarcar, entre tanto, que el estudio también marcó un límite. Caminar no ayudó en la misma medida al pensamiento convergente, el que busca una única respuesta correcta: en una prueba de asociación de palabras, solo el 23% de los participantes mejoró al ponerse en marcha.
Es decir, el paseo favorece la generación de ideas, pero no tanto la tarea de elegir la buena entre todas ellas.
Nietzsche, Darwin y otras personas que pensaban mientras caminaban
Oppezzo y Schwartz recogen en su trabajo una idea de Friedrich Nietzsche. En Crepúsculo de los ídolos (1889), el filósofo alemán respondió a Gustave Flaubert, que sostenía que solo se puede pensar y escribir sentado. Para Nietzsche, pasar horas en la silla era «el pecado contra el espíritu santo», y lo dejó claro con una frase: «Solo tienen valor los pensamientos caminados».
Y ojo, que no fue el único. Según la tradición, Aristóteles enseñaba mientras paseaba por el Liceo de Atenas; de ahí el nombre de escuela peripatética.
Por su parte, Charles Darwin recorría a diario un sendero de grava en su casa de Kent, al que llamaba su «camino para pensar», y Steve Jobs convirtió los paseos en su formato preferido para las reuniones importantes. Incluso, Immanuel Kant salía a caminar a la misma hora cada tarde en Königsberg.
Para concluir, lo que la investigación de Stanford añade a esa tradición es que no hace falta un gran esfuerzo. Schwartz lo resumió así: «Pedir a alguien que salga a correr 30 minutos para mejorar su creatividad en el trabajo sería una receta impopular para mucha gente».