Psicología

La psicología explica por qué hay personas que ven una y otra vez los capítulos de su serie favorita: no es por afición, sino porque buscan un «sustituto social»

personas que ven una y otra vez los capítulos de su serie favorita
Pareja apunto de ver una serie. Foto: Pexels.
Alejo Lucarás
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Ocurre en miles de hogares españoles: llega la noche, en la TV se abre la plataforma de streaming favorita y, en lugar de probar un estreno, hay quien elige otra vez los capítulos de su serie favorita. Sabe cómo termina cada trama, anticipa los chistes y hasta repite los diálogos en voz baja. Aun así, la experiencia le resulta tan placentera como la primera vez.

La explicación más extendida es que se trata de pura afición o de falta de tiempo para engancharse a algo nuevo. Sin embargo, la psicología social lleva años estudiando este hábito y ha encontrado un motivo menos evidente. Varios experimentos realizados en universidades de Estados Unidos sugieren que detrás de esa costumbre hay una función emocional.

¿Por qué hay personas que ven una y otra vez los capítulos de su serie favorita?

Todos conocemos a alguien que se sabe de memoria los diálogos de Los Simpsons, Friends o Stranger Things, por solo nombrar a las más conocidas. Si uno le pregunta a estas personas a qué se debe su fanatismo y sus ganas de repetir las mismas obras, probablemente obtenga como respuesta que son sus «series confort». Pero la ciencia tiene otra cosa que decir.

En este marco, la respuesta a la pregunta de este subtítulo tiene nombre técnico: hipótesis del sustituto social (social surrogacy, en inglés). La formularon Shira Gabriel y Jaye L. Derrick, de la Universidad de Búfalo, junto a Kurt Hugenberg, de la Universidad de Miami (Ohio), en un trabajo publicado en Journal of Experimental Social Psychology.

Su idea central es que la televisión puede proporcionar la sensación de pertenecer a un grupo, aunque ese grupo sea de ficción.

Para comprobarlo, el equipo diseñó cuatro estudios. En el primero participaron 701 universitarios, que respondieron cuestionarios sobre sus hábitos y su sensación de soledad. Cuando se sentían solos, tendían a refugiarse en sus programas favoritos y, mientras los veían, la soledad disminuía.

En el segundo, con 102 alumnos, bastó con activar la necesidad de pertenencia para que dedicaran más tiempo a describir sus series preferidas que cualquier otra.

Y posteriormente, los dos experimentos restantes fueron un paso más allá. Con 116 voluntarios, comprobaron que pensar en esas series amortiguaba la caída de la autoestima y el mal humor tras una amenaza a sus relaciones cercanas.

En el último, con 222 personas, quienes escribieron sobre su programa preferido se sintieron menos solos y excluidos que quienes lo hicieron sobre lo que ven «cuando no hay nada más» o sobre un logro académico.

Según se explica en un comunicado de la Universidad de Búfalo, los resultados indican que «los humanos pueden usar tecnologías, como la televisión, para obtener la experiencia de pertenencia».

Así, los personajes conocidos actúan como amigos con los que se mantiene una relación parasocial: un vínculo unilateral, en el que el espectador siente cercanía con alguien que no sabe que existe.

Volver a ver los capítulos de su serie favorita también recarga la energía

Años después, Derrick (ya en el Instituto de Investigación sobre Adicciones de la misma universidad) amplió el foco.

En un estudio publicado en Social Psychological and Personality Science, se analizó si volver a mundos de ficción conocidos ayudaba a recuperar el autocontrol, un recurso que, según una teoría muy extendida en psicología, se agota con el esfuerzo como si fuera un depósito.

Aquí, los participantes hicieron primero una tarea exigente o una sencilla y, después, escribieron sobre su serie preferida o enumeraron los objetos de su habitación.

Quienes venían cansados escribieron más sobre su programa y, además, recuperaron energía y rindieron mejor en un rompecabezas difícil. Un diario de dos semanas confirmó el patrón en la vida cotidiana: tras un día duro, crecían las ganas de ver una reposición o releer un libro.

Y desde luego, el matiz más llamativo está en lo que no funcionó. «El efecto restaurador que encontré es específico de volver a ver series de televisión favoritas», señaló la investigadora.

En este sentido, poner lo que echen en la tele no producía el mismo beneficio y, en contra de lo que cabría esperar, tampoco un episodio nuevo de esa misma serie. Al saber qué dirán y harán los personajes, el cerebro no gasta esfuerzo en descifrar la trama.

La previsibilidad, otro gran atractivo que tiene repetir una serie

Otra línea de investigación llega a conclusiones parecidas. Cristel Antonia Russell (American University) y Sidney J. Levy (Universidad de Arizona) entrevistaron a 23 personas que habían vuelto a leer un libro, ver una película o visitar un lugar.

Su trabajo, publicado en Journal of Consumer Research, llamó a este hábito reconsumo voluntario y señaló como gran atractivo la recompensa garantizada: saber si toca reír, emocionarse o relajarse.

Además, el estudio dejó un hallazgo inesperado. Russell admitió estar «muy sorprendida», porque esperaba encontrar nostalgia y descubrió algo más orientado al presente: repetir una obra conocida permite medir cuánto ha cambiado uno.

Una de las entrevistadas vio varias veces «Mensaje en una botella» tras romper su compromiso, y sus propias reacciones le confirmaban que estaba pasando página.

¿Cuándo podría considerarse que el refugio en la ficción deja de ser positivo?

Los autores del primer trabajo también advirtieron de los límites. Derrick recordó que «dar la espalda a la familia y a los amigos para buscar consuelo en la televisión puede ser desadaptativo», ya que las relaciones parasociales no sustituyen del todo el contacto humano. Tampoco está claro si la ficción llega a satisfacer la necesidad de pertenencia o solo la adormece durante un rato.

En cambio, la investigadora sí vio un uso valioso en personas con barreras para relacionarse, como quienes viven aisladas o tienen problemas de movilidad. Para ellas, esa «pertenencia inducida tecnológicamente puede ofrecer consuelo».

Como conclusión, podemos remarcar que el dato cobra otra dimensión en España, donde más de dos millones de personas de 65 años o más viven solas, según la Encuesta Continua de Hogares del INE.

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