Psicología

Según la psicología, las personas que se deprimen cuando llegan las lluvias no es porque sean pesimistas: en realidad es que la falta de luz natural afecta a sus neurotransmisores

personas que se deprimen cuando llegan las lluvias
Mujer deprimida mientras llueve. Foto: Pexels.
Alejo Lucarás
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Cada otoño, con la llegada de las primeras borrascas, familias, amigos y parejas redundan en la misma conversación. Las personas que se deprimen cuando llueve son, para muchos, gente pesimista que ve el vaso medio vacío y que encuentra en el mal tiempo una excusa más para quejarse. Vamos, que esta es una visión bastante prejuiciosa.

Y es que, a priori, los psicólogos llevan años matizando esa idea. Según una experta del Hospital Quirónsalud Córdoba, el bajón asociado a la lluvia prolongada afecta al estado de ánimo de un 60% de la población, una proporción demasiado alta para atribuirla solo a la forma de ser de cada uno.

¿Por qué las personas que se deprimen con la lluvia no son pesimistas, según la psicología?

La explicación radica en la luz. Clara Anaya, psicóloga de Quirónsalud Córdoba, recuerda que en los días nublados disminuye la exposición a la luz natural, y que esa luz está ligada a la producción de serotonina, uno de los neurotransmisores que más influyen en la regulación del ánimo. Según la especialista, su nivel puede caer hasta un 20% en estas jornadas.

Cuando la serotonina sube, aparece la sensación de calma y bienestar. Cuando baja, ocurre lo contrario: «Nos sentimos tristes, percibimos cambios en el apetito y en la capacidad para concentrarnos», explica Anaya.

Y a esto se suma otro efecto. La falta de luz puede aumentar la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño, lo que se traduce en más somnolencia, menos energía, irritabilidad y apatía. Es decir, no se trata de una actitud ante la vida, sino de una respuesta química del organismo.

A su vez, la relación entre sol y serotonina tiene respaldo científico desde hace más de dos décadas. En 2002, un equipo del Instituto Baker de Melbourne (Australia) dirigido por Gavin Lambert publicó en la revista The Lancet un trabajo con 101 hombres sanos a los que se extrajeron muestras de sangre directamente de las venas yugulares internas, las que drenan el cerebro.

¿El resultado? Pues fue bastante claro: la producción cerebral de serotonina era más baja en invierno y se relacionaba de forma directa con las horas de luz solar intensa disponibles.

«Nuestras observaciones sugieren que la cantidad de luz solar predominante afecta a la actividad serotoninérgica del cerebro», concluyeron los autores.

Qué le ocurre al cerebro cuando faltan horas de sol

Unos años después, en 2008, los investigadores Nicole Praschak-Rieder y Matthaeus Willeit, del Centre for Addiction and Mental Health de la Universidad de Toronto, dieron un paso más. Analizaron con tomografía por emisión de positrones (PET) el cerebro de 88 personas sanas entre 1999 y 2003, y publicaron sus resultados en Archives of General Psychiatry.

Se centraron en el transportador de serotonina, una proteína que retira este neurotransmisor del espacio entre neuronas. En otoño e invierno, su actividad era significativamente mayor en todas las regiones cerebrales estudiadas, y los valores más altos coincidían con los periodos con menos horas de sol.

Y cuanto más activo está ese transportador, menos serotonina queda disponible. Según los autores, ese mecanismo ayudaría a explicar síntomas muy reconocibles en los meses oscuros:

  • Falta de energía y fatiga.
  • Más apetito de lo habitual.
  • Necesidad de dormir más horas.

Eso sí, conviene separar dos cosas. Una es el bajón pasajero que muchas personas notan tras varios días de lluvia. Otra es el trastorno afectivo estacional (TAE), un cuadro clínico en el que los episodios depresivos se repiten cada año en la misma época y desaparecen al cambiar la estación.

Las revisiones publicadas por psiquiatras españoles sitúan su prevalencia entre el 1% y el 10% de la población, y estiman que entre el 10% y el 20% de las depresiones recurrentes siguen un patrón estacional.

No todas las personas que se deprimen con el mal tiempo reaccionan igual

Si la falta de luz afecta a todo el mundo, cabe preguntarse por qué hay quien disfruta de una tarde de tormenta. Un equipo de varias universidades de Países Bajos, encabezado por Theo Klimstra, publicó en 2011 en la revista Emotion un trabajo que intentó responder a esa pregunta.

Los investigadores cruzaron durante 30 días el estado de ánimo de 497 adolescentes y de sus madres con los datos meteorológicos reales. Encontraron cuatro perfiles distintos:

  • Sin afectación (48%): el clima apenas influye en su humor.
  • Amantes del verano (17%): se sienten mejor con calor y sol.
  • Contrarios al verano (27%): el tiempo soleado y caluroso les empeora el ánimo.
  • Contrarios a la lluvia (9%): su humor cae de forma especial los días de lluvia.

El trabajo detectó además coincidencias entre madres e hijos en algunos de estos perfiles, lo que sugiere que la sensibilidad al clima podría tener un componente familiar. Para los autores, esa enorme variabilidad individual explica por qué algunos estudios anteriores no encontraban relación entre tiempo y ánimo: los efectos de unos grupos anulaban los de otros.

¿Qué recomiendan los psicólogos para los días de lluvia?

Desde el grupo hospitalario privado Quirónsalud proponen algunas pautas sencillas para que el cielo gris pese menos:

  • Salir al exterior en cuanto escampe, aunque sea un rato.
  • Hacer ejercicio, también en casa o en el gimnasio.
  • Reservar tiempo para actividades placenteras que aporten estímulos positivos.
  • Mantener la alimentación y las rutinas de sueño e higiene.

Como dato de color, para concluir, cabe señalar que la primera recomendación tiene una base física. Un día cubierto puede ofrecer en la calle más de 1.000 lux, mientras que una oficina bien iluminada ronda los 300 o 500. Las lámparas que se usan como tratamiento del TAE llegan a los 10.000 lux, unas 20 veces más que la luz del escritorio.

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