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Según la psicología, las mujeres que se dejan las canas no son conformistas, en realidad tienen menos necesidad de aprobación

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Blanca Espada

Encontrarse una primera cana puede ocurrir mucho antes de lo esperado. Aunque siempre se asocia con la madurez, lo cierto es que no hay una edad exacta para que el pelo empiece a perder su color y, mientras algunas mujeres encanecen relativamente jóvenes, otras apenas tienen cabellos blancos años después y todo gracias a la genética. Pero además está la manera en la que reaccionas cuando ves una cana y si bien lo normal para muchas mujeres es teñirlas, otras las aceptan sin darle más importancia, algo en lo que la psicología ha querido poner el foco.

Una de las explicaciones apunta hacia la importancia que concedemos a la mirada ajena. Quien se siente cómoda mostrando sus canas puede tener menos necesidad de modificar su aspecto para conseguir la aprobación de otras personas. Eso no convierte a las canas en una especie de prueba de autoestima, dado que una mujer que se tiñe puede sentirse tan segura de sí misma como otra que ha decidido abandonar el tinte, pero sí es cierto que no pensar en las canas o aceptar que ahí están dice mucho de la personalidad de esas persona.

Según la psicología, las mujeres que se dejan las canas no son conformistas

Antes de entrar en la parte psicológica conviene recordar por qué aparecen las cana. El color del pelo depende de la melanina y, con los años, las células encargadas de producir este pigmento van reduciendo su actividad. El resultado acaba siendo ese cabello gris o blanco que todos conocemos. Aunque solemos identificarlo con hacerse mayor, el calendario no funciona igual para todo el mundo. Hay personas que encuentran sus primeras canas siendo muy jóvenes y otras que tardan bastante más. La herencia genética influye especialmente en el momento en el que empiezan a hacerse visibles.

Después viene la cuestión de qué hacer con ellas. Hay quien pide cita en la peluquería en cuanto aparecen y quien, después de años utilizando tintes, decide dejar de hacerlo. Otras mujeres ni siquiera llegan a cubrirlas. Es precisamente esta última elección la que resulta interesante desde el punto de vista psicológico. No porque permita saber cómo es una persona por el color de su pelo, sino por los motivos que pueden llevarla a no ocultar un cambio físico que durante décadas se ha intentado disimular. Y una de las posibles explicaciones está en la necesidad de aprobación externa. Algunas personas construyen en menor medida la valoración que tienen de sí mismas a partir de lo que otros piensan de su apariencia. En ese caso, una cana deja de ser algo que necesariamente haya que esconder.

Una menor necesidad de buscar la aprobación de los demás

Durante décadas, las canas han tenido un significado diferente para hombres y mujeres. En ellos podían asociarse con experiencia o madurez. En ellas se convertían con frecuencia en algo que había que tapar. Una mujer que decide mantenerlas puede ser perfectamente consciente de que su cabello hace más visible el paso de los años. Simplemente, no considera necesario modificarlo para ajustarse a lo que se espera de ella. Esto tampoco supone despreocuparse de la apariencia ya que puede cuidar su cabello, utilizar productos específicos, y lucir el pelo más bonito. Lo que cambia es la importancia concedida a la opinión externa. En lugar de valorar su imagen únicamente a través de cómo la perciben los demás, puede dar más peso a cómo se siente ella misma.

La psicólogía habla de los cambios en la apariencia

La psicóloga estadounidense Vivian Diller ha estudiado la relación de las mujeres con su apariencia a medida que envejecen. Es además autora de Face It: What Women Really Feel as Their Looks Change, donde aborda los sentimientos que pueden aparecer cuando la imagen que devuelve el espejo empieza a cambiar. Desde este punto de vista, dejar las canas a la vista puede estar relacionado con una mayor tolerancia a la crítica social y con la búsqueda de una imagen que la persona percibe como más auténtica.

No querer esconderlas supone, en algunos casos, apartarse de una idea muy arraigada: que parecer más joven siempre tiene que ser el objetivo. Y aquí está precisamente una de las paradojas. Podría interpretarse que dejarse las canas es conformismo, cuando en determinadas mujeres ocurre justo lo contrario. Están tomando una decisión que se aleja de lo que durante años se consideró la norma estética.

Nada de esto permite afirmar sin embargo que una mujer con canas tenga más seguridad en sí misma que otra que utiliza tinte. El color del pelo, por sí solo, no sirve para medir la autoestima de nadie. Muchas mujeres se tiñen porque les gusta cómo les queda determinado tono, porque disfrutan cambiando de imagen o simplemente porque se sienten más cómodas así. Cuidar la apariencia también puede ser una fuente de bienestar y confianza. Por eso, la diferencia no está realmente entre teñirse o no hacerlo, sino en el motivo por el que se elige una opción.

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