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La reflexión de Jane Eyre: «La belleza es relativa, pero el ideal de belleza de una sociedad no lo es»

Jane Eyre
Libro antiguo de Jane Eyre. (Foto generada por IA)
Blanca Espada

¿Qué es realmente la belleza física? Sabemos que es algo relativo y además personal. Un rostro puede resultar fascinante para una persona y no despertar absolutamente nada en otra. Cambian los gustos, las experiencias y hasta la forma en la que miramos a alguien cuando empezamos a conocerlo. Sin embargo, junto a esa percepción individual existe otra realidad y es que cada época establece unos rasgos que considera deseables y termina construyendo alrededor de ellos su propio modelo de belleza y a partir de ahí, podemos entender una reflexión que podría ser perfectamente pronunciada por la protagonista de Jane Eyre.

«La belleza es relativa, pero el ideal de belleza de una sociedad no lo es», esta es una frase que podemos leer en una entrevista imaginaria con Jane Eyre, uno de los personajes femeninos más conocidos de la literatura inglesa y la verdad es que resulta fácil relacionarla con ella. Jane nunca fue concebida como una mujer extraordinariamente hermosa y tampoco parece demasiado preocupada por convertirse en una. Charlotte Brontë construyó una protagonista que conoce perfectamente sus limitaciones físicas según los criterios de su tiempo, pero que se resiste a que estos determinen lo que vale.

La reflexión de Jane Eyre: «La belleza es relativa, pero el ideal de belleza de una sociedad no lo es»

Estas palabras concretas no aparecen en Jane Eyre, publicada en 1847, sino que proceden como decimos de una reciente entrevista literaria ficticia realizada al personaje y publicada en Público. La reflexión es, por tanto, contemporánea, aunque encaja con varias ideas que sí atraviesan la novela. Brontë escribió sobre la belleza, sobre los gustos y sobre la diferencia entre la apariencia de una persona y aquello que termina haciendo que resulte atractiva para otra.

La primera parte de la frase parece bastante sencilla: aquello que consideramos bello depende de quien mira. La segunda introduce un matiz diferente. Una sociedad puede compartir un determinado modelo de belleza aunque cada uno de sus miembros tenga después sus propias preferencias. Es precisamente ese modelo colectivo el que cambia con las décadas y los siglos, pero también el que establece qué rasgos reciben mayor reconocimiento en cada momento.

Charlotte Brontë no formula exactamente esta teoría en Jane Eyre, pero sí deja una escena especialmente reveladora. Ocurre cuando Rochester sorprende a Jane observándolo y le pregunta directamente si lo considera guapo. Ella responde sin pensarlo: «No, señor». Cuando intenta arreglar su brusquedad, explica que no es sencillo responder de improviso a una pregunta sobre la apariencia porque los gustos suelen ser diferentes y la belleza tiene poca importancia.

La propia evolución de los sentimientos de Jane demuestra hasta qué punto su mirada termina alejándose de cualquier regla estética. Más adelante reconoce que Rochester no es hermoso «según las reglas», pero para ella acaba siendo mucho más que hermoso. Al compararlo con otros hombres que probablemente serían considerados más atractivos, descubre que ninguno despierta en ella el mismo interés.

Jane Eyre y Charlotte Brontë

Y ella misma se podría definir bajo el mismo concepto. El personaje principal no sigue los cánones de belleza de la época o de novelas románticas del siglo XIX pero ¿de qué otro modo podría Brönte haber creado una mujer como Jane Eyre? Jane Eyre es huérfana, carece de fortuna, trabaja como institutriz y su aspecto físico se describe repetidamente como sencillo. Incluso Bessie, que la conoció de niña, le recuerda al reencontrarse con ella que nunca fue una belleza, una observación que Jane recibe con cierta incomodidad pero también con bastante realismo.

Esta característica del personaje no fue casual. Elizabeth Gaskell, amiga y biógrafa de Charlotte Brontë, recogió una anécdota según la cual la escritora quiso demostrar que una heroína pequeña y poco agraciada podía resultar tan interesante como cualquier protagonista hermosa. Charlotte Brontë había nacido en 1816 y publicó Jane Eyre en 1847 bajo el nombre de Currer Bell. La novela cuenta el recorrido de Jane desde una infancia marcada por el rechazo y su paso por la escuela de Lowood hasta su trabajo como institutriz en Thornfield Hall, donde conoce a Edward Rochester.

Otras reflexiones y frases que aparecen en Jane Eyre

La belleza no es el único asunto sobre el que Jane se muestra especialmente directa. Una de las características que explican la vigencia del personaje es precisamente su manera de hablar sobre cuestiones que en su época estaban profundamente condicionadas por el sexo y la posición social. Uno de los pasajes más conocidos llega cuando Jane se enfrenta a Rochester y rechaza que las diferencias entre ambos la conviertan en alguien inferior. Le pregunta si cree que, por ser pobre, desconocida, poco agraciada y pequeña, carece de alma y de corazón. Su respuesta es justamente la contraria: reivindica su igualdad con él desde la dignidad y los sentimientos.

La apariencia vuelve a aparecer después, cuando Rochester pretende cubrirla de joyas y vestirla de acuerdo con la nueva posición que tendría como esposa. Jane se siente incómoda con esa transformación. No quiere que la trate como si fuese una belleza ni convertirse en una versión de sí misma que no reconoce.  Quizá por eso una reflexión escrita casi dos siglos después puede resultar tan natural en boca de Jane Eyre. La frase sobre la belleza relativa no pertenece literalmente a Charlotte Brontë, pero dialoga con preguntas que su novela sí planteó en 1847. Cambian los cánones y cambia la forma de hablar sobre ellos; permanece, en cambio, la dificultad de separar lo que realmente nos gusta de aquello que hemos aprendido que debería gustarnos.

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