Psicología

La psicología explica por qué quienes aprendían a interpretar el sonido de la puerta de casa comparten ciertos rasgos en la edad adulta

Cerrar una puerta (Adobe)
Cerrar una puerta (Adobe)
Ángel Pérez
  • Ángel Pérez
  • Soy Ángel Pérez y estoy recién titulado en Periodismo por la Universidad Europea de Madrid y con un máster de Periodismo Deportivo en la Universidad Villanueva.

Muchos adultos que rondan de los 50 a los 70 crecieron en un ambiente emocional que cambiaba de una noche a otra. Era en ese momento cuando los niños aprendían a interpretar las señales de estado de ánimo de sus padres antes de que pronunciasen una palabra, a través del cierre de la puerta principal.

Si se cerraba suavemente o con fuerza, indicaba el tipo de velada que se podría avecinar. También se podía intuir con la fuerza con la que caían las llaves sobre la mesa del recibidor. Los investigadores describen cinco hábitos que se suelen observar en personas que crecieron en hogares con estas características. Así lo demuestra un estudio que analizó las asociaciones entre los entornos familiares durante la infancia y los resultados en la edad adulta en más de 17 000 personas.

El primer hábito es observar una habitación antes de entrar completamente en ella. Quien creció observando el cierre de la puerta principal rara vez entra en una habitación sin antes examinarla. Quienes lo practican suelen ser los primeros en darse cuenta cuando un compañero no se encuentra bien o cuando un amigo está molesto antes de que lo haya expresado.

Otro hábito es el de pedir disculpas antes de que alguien te lo pida. Este reflejo se adquiere desde una temprana edad. Un niño cuyos padres reaccionan de forma impredecible ante peticiones comunes aprende a suavizar una solicitud de antemano. Primero se vuelve habitual, luego automática, hasta pasar a algo tan arraigado de adulto que pasa desapercibido.

Puerta.
Puerta.

Resto de hábitos

El tercero de los hábitos es tolerar la incertidumbre sobre cómo se siente otra persona. Cuando alguien cercano está callado o no es el mismo de siempre, suele manifestar una inquietud particular. Preguntarán a menudo si está bien e incluso revisarán conversaciones para saber qué pudieron haber hecho. No es lo mismo que la empatía, al tener una necesidad urgente de saber qué pasa para aliviar la inquietud de uno mismo.

El cuarto de los patrones es el exceso de complacencia en pequeños momentos cotidianos. Cuando se les pregunta dónde quieren ir o dónde comer, responden con: «Lo que tú quieras». Eso no se debe a que no tengan preferencias, sino a que expresarlas puede ser más costoso que beneficioso. Este hábito vale la pena cambiarlo empezando por situaciones de poca trascendencia y con gente que no reaccione mal.

Por último, la dificultad de relajarse en entornos que en realidad son seguros. Aunque todo esté seguro para una persona, el adulto no está relajado. Existe un estado de alerta constante en su cuerpo que no se apaga del todo, incluso cuando no hay nada que lo motive. Quienes nacieron con la necesidad de estar preparados para lo que sucediera al abrir la puerta, descubren que esa preparación se ha mantenido.

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