En la posguerra española todavía se veían algunos, pero los niños de hoy en día jamás han conocido este oficio
En la posguerra española era una merienda básica para sobrevivir
El ingenioso oficio que fue esencial para sobrevivir en la posguerra
Era comida de subsistencia en la posguerra y ahora pocos la conocen
En la posguerra española, muchas ciudades vivían todavía con infraestructuras deterioradas y con frecuentes restricciones energéticas. Aunque el proceso de modernización había comenzado décadas antes, la realidad cotidiana mostraba que numerosos servicios urbanos seguían dependiendo de métodos tradicionales.
Entre ellos destacaba uno que se desarrollaba al caer la tarde y que estaba ligado directamente a la iluminación de las calles. Ya con estas pistas, muchos deben haber adivinado de qué se trata. Con la llegada de nuevas tecnologías y la expansión de la electricidad, aquella ocupación terminó desapareciendo. Sin embargo, durante décadas fue esencial para la seguridad nocturna.
¿Cuál fue el oficio que mantenía las calles de españa encendidas durante las noches de la posguerra?
El farolero fue una figura habitual en las ciudades españolas desde el siglo XVIII. Su función consistía en encender, mantener y apagar las farolas que iluminaban calles y plazas cuando todavía no existía un sistema eléctrico automatizado.
Aunque el oficio tiene raíces anteriores, aún se podían ver faroleros en algunos lugares durante la posguerra española de los años cuarenta y cincuenta. La situación económica y las limitaciones energéticas hicieron que ciertos sistemas de iluminación de gas o aceite continuaran utilizándose durante más tiempo del previsto.
El trabajo comenzaba al anochecer. El farolero recorría su zona asignada encendiendo una a una las farolas que iluminaban el barrio. A primera hora del día siguiente debía repetir el trayecto para apagarlas. Era una rutina diaria que se mantenía durante todo el año, independientemente del clima o de la época.
En muchas ciudades, estos trabajadores eran empleados municipales o estaban vinculados a compañías encargadas del suministro de gas. Su presencia formaba parte del paisaje urbano nocturno junto a otros oficios tradicionales que todavía se mantenían en la posguerra, como los serenos o los pregoneros.
¿Cómo funcionaba el alumbrado antes de la electricidad?
Antes de la expansión del alumbrado eléctrico, las ciudades dependían de sistemas muy distintos a los actuales. Durante siglos, las calles se iluminaban con velones, antorchas, candiles o linternas. La luz era escasa y no alcanzaba todas las zonas urbanas.
En Madrid, por ejemplo, el problema de la oscuridad se convirtió en un asunto de seguridad. A comienzos del siglo XVIII, se ordenó a los vecinos colocar faroles en las fachadas de sus casas para mejorar la iluminación. Cada propietario debía encargarse del mantenimiento y del combustible.
Sin embargo, aquel sistema resultó poco eficaz. A mediados del siglo XVIII se implantó un modelo más organizado de alumbrado público que se extendió progresivamente a otras ciudades del reino. Fue entonces cuando apareció la figura del farolero encargado de encender las luces de forma regular.
Las farolas funcionaban con diferentes combustibles, entre ellos aceite, grasa o gas. Con el paso del tiempo se establecieron rutas de trabajo para los faroleros, que debían encargarse de decenas de farolas en calles y plazas.
Las herramientas y la rutina diaria del farolero en la posguerra
El trabajo del farolero requería herramientas específicas y una rutina muy definida. El equipo básico incluía varios elementos fundamentales:
- Pértiga o lanza: una vara larga que permitía encender la llama de la farola desde el suelo.
- Escalera: necesaria para limpiar los cristales o reparar algún mecanismo.
- Aceite o combustible: imprescindible para mantener la iluminación.
- Mechas y utensilios de limpieza: usados para conservar el buen estado de los faroles.
Cada farolero tenía asignado un recorrido concreto por calles y plazas. Antes de que oscureciera debía iniciar su ruta para encender los faroles uno por uno. Al amanecer repetía el trayecto para apagarlos.
Además, eran responsables del estado de las farolas. Si un farol se rompía o sufría desperfectos, el trabajador debía informar del problema o incluso asumir parte del coste según las normas vigentes en distintas épocas.
En la posguerra, muchos de estos trabajadores realizaban el recorrido a pie o en bicicleta, cubriendo varios kilómetros cada día.
¿Qué ocurrió con los faroleros?
El declive del farolero comenzó cuando el alumbrado eléctrico empezó a implantarse de forma generalizada en las ciudades. Aunque el proceso arrancó a finales del siglo XIX, la expansión total tardó décadas en completarse.
Tras la posguerra española, el desarrollo económico y la modernización urbana impulsaron la electrificación masiva. Las nuevas farolas incorporaban sistemas automáticos que se encendían al caer la noche sin intervención humana.
La automatización eliminó la necesidad de encender manualmente cada punto de luz. De esta forma, el farolero fue desapareciendo poco a poco del paisaje urbano durante las décadas centrales del siglo XX.
Hoy su recuerdo se conserva en documentos históricos, en referencias literarias y en algunas esculturas conmemorativas instaladas en ciudades como Madrid. Esta se puede apreciar en la imagen destacada del artículo.
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