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El día en que la atmósfera terrestre se derrumbó: la verdadera historia detrás de la mayor extinción masiva jamás registrada

La famosa extinción de las especies en el prinpio de la era del planeta Tierra tuvo su explicación. Aquí la analizamos.

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Fin de los dinosaurios
La atmósfera terrestre se derrumbó.
Francisco María
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Habitualmente miramos al pasado remoto buscando el destello fulminante de un asteroide estrellándose contra el mar. Nos fascina esa imagen de película catastrofista. El impacto que barrió a los dinosaurios hace sesenta y seis millones de años se ha instalado en el imaginario colectivo como el canon absoluto del fin del mundo. Sin embargo, si escarbas un poco en la historia profunda del planeta, te das cuenta de que aquel famoso meteorito palidece frente al verdadero horror que sacudió la Tierra a finales del período Pérmico, hace unos doscientos cincuenta y dos millones de años.

Aquello no fue un golpe seco llegado del espacio. Fue algo mucho peor: una asfixia lenta, silenciosa y sistémica. El planeta entero se desangró desde sus entrañas hasta que la propia atmósfera se vino abajo, transformando la superficie en un secarral completamente irrespirable.

El pulso volcánico que encendió la mecha siberiana

Los detonantes de aquella carnicería biológica descansan hoy bajo los paisajes helados y monótonos de Siberia. No imaginemos volcanes sueltos escupiendo ceniza de vez en cuando; hablamos de una auténtica locura geológica, una inmensa provincia ígnea que abrió la corteza del planeta en canal durante miles de años sin tomarse un respiro.Huella, dinosaurio, ciencia

Ríos enteros de magma basáltico brotaron a la superficie inundando un territorio que hoy nos parecería gigantesco, comparable por extensión a todo el continente europeo.

Pero la verdadera trampa mortal de aquel episodio no estaba solo en la lava visible ni en el calor de las coladas. Resulta que el subsuelo siberiano albergaba inmensos depósitos subterráneos de carbón y roca sedimentaria cargada de materia orgánica. Cuando el magma fundido penetró y cocinó literalmente aquellos yacimientos ocultos, desató un monstruo químico.

Se liberaron a la atmósfera toneladas y toneladas de dióxido de carbono, metano y dióxido de azufre en un tiempo récord. La maquinaria climática se gripó por completo. El ciclo del carbono se vino abajo sin remisión y el efecto invernadero se disparó sin frenos, elevando los termómetros globales hasta cotas que la vida compleja jamás había tenido que soportar.

Cuando los océanos perdieron el aliento

Ese calentamiento global desbocado desató un dominó infernal en los mares de Pangea. Las aguas oceánicas se calentaron tan deprisa que perdieron la capacidad física de retener oxígeno disuelto. Piensa en ello: un mar caliente es un mar muerto, estancado, incapaz de mover corrientes hacia las profundidades que aporten aire fresco.

En apenas un suspiro geológico, los vastos océanos del Pérmico se transformaron en caldos espesos, oscuros y anóxicos. El azufre empezó a campar a sus anchas gracias a la proliferación masiva de bacterias anaerobias en la penumbra abisal, tiñendo las costas de tonos púrpuras y exhalando bocanadas de sulfuro de hidrógeno directamente hacia el aire.

Los trilobites, que llevaban dominando los fondos marinos eones, los corales primitivos y los majestuosos ammonites simplemente se asfixiaron. No hubo sitio para huir. Cerca del 95 por ciento de la fauna marina desapareció del mapa, borrando de un plumazo arrecifes enteros que habían tardado decenas de millones de años en construirse.

La asfixia en tierra firme y la lluvia ácida

Fuera del agua, el panorama no era mucho más halagüeño. Los frondosos bosques de helechos gigantes y plantas primitivas que tapizaban las tierras emergidas empezaron a secarse bajo un sol inmisericorde y sequías perpetuas. Los grandes insectos, los extraños gorgonópsidos armados con colmillos de sable y los antepasados lejanos de los reptiles modernos sufrieron una presión ecológica brutal.

Respirar se convirtió en un lujo imposible. El oxígeno disponible en el aire cayó en picado, alcanzando niveles comparables a los que hoy hallarías en las cumbres más salvajes del Himalaya, mientras los gases tóxicos saturaban cada rincón del planeta. Imagínate caminar por llanuras desoladas bajo tormentas de lluvia ácida que corroían las pocas hojas verdes que resistían en pie.Dinosaurio

Más del 70% de las familias de vertebrados terrestres se esfumaron. La evolución tuvo que reiniciar el marcador prácticamente desde cero.

El largo y silencioso camino hacia la reconstrucción

La Tierra tardó muchisimo en recuperarse de semejante varapalo. Durante los primeros compases del período Triásico, el planeta era un solar aburrido, poblado por hongos carroñeros, algún que otro reptil cavador resistente como el Lystrosaurus y poco más. El silencio biológico se apoderó de montes y llanuras durante una eternidad geológica, recordándonos lo frágil que es el andamiaje químico que sostiene la biosfera.

Mirar hoy al fin del Pérmico no es solo un pasatiempo académico para frikis de la paleontología. Los rastros químicos atrapados en los sedimentos antiguos cantan una verdad incómoda: la velocidad a la que estamos inyectando gases de efecto invernadero a la atmósfera actual se parece demasiado a la de aquel infierno siberiano.

Aquella vez en que el cielo colapsó nos deja un aviso muy claro grabado en la roca. El sistema terrestre tiene líneas rojas infranqueables, y cuando alteras la química del aire hasta romperla, la vida tarda millones de años en pagar la factura.

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