Paisaje tras la batalla
A preguntas de un periodista, César Bilardo, seleccionador argentino de su época y de otros equipos, entre ellos el Sevilla, afirmó que «jugar bien es ganar», una respuesta contundente no exenta de razón en tanto en cuanto todos tendemos a analizar los partidos en función del resultado final. Si el Mallorca no hubiera derrotado al Athletic nadie hablaría de los goles de Muriqi, el reencuentro con el Sergi Darder que esperábamos desde hace tiempo o las paradas de Leo Román, añoradas otras tardes, porque habríamos incidido en los aspectos negativos que, penaltis aparte, pasaron al débito de los leones.
La lectura interna ha de ser forzosamente distinta. El campeonato se tensa como no lo hacía en años y solamente tres puntos separan al octavo clasificado del décimo quinto, cuatro al décimo séptimo. El Girona ha saltado desde el vagón del desahucio a la novena posición. Los de Arrasate continúan a dos puntos del descenso que ahora amenaza al Alavés y sus evidentes carencias no se arreglan fichando a un futbolista de incierto futuro en el mejor de los casos, a costa de ignorar el presente y, sobre todo, el pasado más próximo.
Quiera o no pueda verlo Pablo Ortells, esta plantilla precisa algo más que un extremo en costura si, como resulta evidente, está en juego la primera división, único aval de la apuesta inversora de la propiedad norteamericana. Que el virus aceche a toda la mitad baja de la categoría es consuelo de tontos. El equipo carece de orden en el centro del campo y problemas muy serios en la defensa tanto a la hora de contener las corrientes contrarias como de encauzar las propias. Si creen haber salido de la UCI, se equivocan. La enfermedad ha pautado una tregua pero no ha remitido; de no mediar intervención seria, se hará crónica y de pronóstico grave.
La respiración asistida que ha insuflado oxígeno este sábado ha servido para acabar de convencer a los aletargados y los sumisos, de que los jugadores hacen todo lo que pueden incluso más, en casos concretos, y corrigen con coraje su falta de recursos. El origen de la mediocridad reside en la planta noble de Son Moix, tiene nombres, apellidos y ninguno se llama Jagoba ni Arrasate. Y lo saben.
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