‘Navaja’ en absoluto es una coreografía en condiciones
El Teatro Principal ha acogido el montaje reciente de laSADCUM, incluido dentro del Festival Palma Dansa 2025
Como es habitual en estos tiempos que corren, hemos podido ver en escena, en función única, una suerte de «autorretrato escénico» titulado Navaja, en el Teatro Principal de Palma. Hablo del montaje reciente de laSADCUM, la compañía entiendo que de danza formada en Barcelona en el año 2019 y que en el 2024 se hizo con el primer premio de Dansacat, mira por dónde con esta pieza de marras que contiene algunos movimientos afortunados, sí, aunque no los suficientes para armar una coreografía en condiciones.
Cuando tienes un líder fundador de la compañía a quien le gustaría tener o bien una floristería o puede que una librería porque no se ve a 15 años vista viviendo de la danza, me refiero al bailarín y coreógrafo Guillem Jiménez, entonces mejor apaga y vámonos. Al menos se le debe reconocer que define con honestidad esta pieza al describirla en el capítulo subgénero a partir de combinar danza moderna y contemporánea que para el caso es lo mismo. La nada casi absoluta visto el resultado. Lo que contrastaba con tanta efusividad del público asistente en la función del Principal, que más parecía una claque al uso de las existentes en el siglo XIX y buena parte del XX.
Tuve la intención de no aplaudir al finalizar la función observando los bravos de un público joven aparentemente entregado. Pero acabé haciéndolo porque desde luego era admirable la entrega en el escenario de los cinco en danza, a saber: Judit Amengual, Laia Camps, Benoit Couchot, el propio Guillem Jiménez y Wilchaan Roy. Todos integrados en una «fantasía cibernética» así definida por Jiménez.
La cosa en Navaja va de la inmersión en «una estética de videojuego, que es el lenguaje de la generación Z que vive su realidad cotidiana a través de internet». De manera que el punto de partida es investigar a partir de la danza la influencia del mundo digital y la conducta virtual en el comportamiento de la sociedad contemporánea, y no lo digo yo, sino ellos.
Siguiendo la estela de una diarrea mental inspirada en un autorretrato, habla Jiménez –florista o librero en el futuro próximo- de «poética sexoafectiva en el autoaprendizaje dictado por el algoritmo de la adolescencia». Si vamos a la sinopsis del programa de mano tenemos a cinco personajes denominados LOINKS que emprenden un (no)viaje de tres actos enmarcados en una demo abandonada a medio programar. Aquí ya me pierdo, definitivamente. Sobre las tablas asistimos a tres actos resueltos en cámara lenta con pasos algunos sin duda excelentes, aunque ajenos a la continuidad propia de una coreografía propiamente dicha. Sólo se marcarán los pasos y poco o nada más mientras lo que señorea realmente es un ritmo zombi. Es cierto que deliciosas figuras por momentos, aunque un quiero y no puedo en su conjunto, hasta llegar a un curioso diálogo entre la danza clásica y un minimalismo de circunstancias.
Por aquello de los compromisos multidisciplinares la función viene amenizada por varios vídeos y un collage musical definitivamente caprichoso. Hablando de vídeos, la referencia a un taller de flamenco centrado en la figura de Carmen, según el personaje creado por Prosper Mérimée, viendo a los danzaires convertidos en simples espectadores ante un espectáculo tan potente, lo que inevitablemente cabe entender como la impotencia cibernética ante la expresividad pura de unos seres vivos. De paso a ojos del espectador vendría a ratificar la ruptura del lenguaje de la danza y de la música ocurrida en el primer tercio del siglo XX como resultado del rechazo a las formas heredadas del pasado, lo que en el tercer acto de Navaja, hermanándose diálogos entre la danza clásica -el pasado- y los juegos del cuerpo en un decadente desierto expresivo -el presente- viene en efecto a ratificar que estamos ante una (no)coreografía.
Me pregunto si en realidad sólo era una boutade recurrir a los pasos académicos –cerca de la excelencia por cierto- en ese intento de hermanamiento con un legado de siglos que resulta incompatible con la apostasía contemporánea. La verdad es que Navaja me pareció un ejercicio de esnobismo tan cercano con las prácticas del inmenso vacío contemporáneo. Que acto seguido se hiciera con el premio Dansacat, confirma lo vacuo de Barcelona en los asuntos de la danza. Barcelona ya no es lo que un día fue. Carece del músculo necesario para llegar a emocionarnos.
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