Andalucía

Los amigos de Fina García también han dejado huella

Sus amigos han conseguido incluso que su pueblo, Tomares, le dedique una plaza

La emotiva despedida de Fina García tras cuatro años lidiando con un cáncer: «Espero que os deje huella»

Fina García
Fina García junto a sus amigos.
Ezequiel Marín

«El amor que damos es la huella que dejamos». Hay frases que, cuando las pronuncia una persona, pueden sonar bonitas. Pero cuando esa misma frase resume una vida entera, deja de ser una simple reflexión para convertirse en un legado.

Fina García ya no está. Tomares despide a una vecina que, durante cuatro años, convivió con una enfermedad sin permitir que le arrebatara lo más importante: las ganas de vivir, de querer y de agradecer. Un Tomares que, próximamente, cambiará su Plaza de la Alcabala por la Plaza Josefina Catalina García Ortiz «Finita». Su despedida ha conmovido a miles de personas, pero quienes realmente han escrito una de las páginas más bonitas de esta historia han sido sus amigos.

No hablo desde la intimidad de quien compartió toda una vida con ella. Mi relación con Fina fue muchísimo más sencilla. Lo típico de los pueblos donde todos los de una generación nos ponemos cara. Coincidíamos alguna vez, compartíamos alguna cerveza, cruzábamos unas palabras. Poco más. Lo suficiente para comprobar que siempre tenía una sonrisa y una forma especial de mirar a los demás. Pero sí conozco a muchos de esos amigos que han estado a su lado hasta el último instante. Y lo que han hecho merece ser contado.

Porque cuando la enfermedad llama a la puerta, muchas veces aparecen el miedo, el silencio o la distancia. Ellos eligieron justo lo contrario: decidieron llenar sus días de vida.

Le regalaron fuegos artificiales de sus colores favoritos porque sabían que le hacían ilusión. Le prepararon pulseras de colores, revivieron recuerdos, compartieron anécdotas, rieron cuando parecía imposible hacerlo, consiguieron que Lia Kali –su cantante favorita– le cantara en privado y no dejaron que ningún día se pareciera al anterior. Estuvieron ahí sin esperar nada a cambio, simplemente porque querían que Fina siguiera sintiéndose querida.

Hay quien piensa que la amistad se demuestra con grandes discursos. Ellos demostraron que la amistad se mide en horas compartidas, en abrazos silenciosos, en conversaciones interminables y en esa capacidad de hacer olvidar, aunque solo sea por unos minutos, que el tiempo se acaba.

En una de sus últimas publicaciones, Fina escribió que nunca habría imaginado que tantas personas dedicarían parte de su tiempo a mandarle tanto amor. También dejó otra reflexión que hoy cobra más sentido que nunca: «Si algo quiero que os llevéis es la importancia de decir las cosas, demostrar cariño y no dejar para mañana un te quiero». Qué inmensa lección.

Vivimos demasiado deprisa. Damos por hecho que siempre habrá otro café, otra llamada, otra conversación pendiente. Y sólo cuando una historia como la de Fina nos golpea el alma, comprendemos que el tiempo es el único lujo que nunca podremos recuperar.

Estos días se ha hablado mucho de la fortaleza de Fina, de su serenidad y de la manera en la que afrontó el final de su camino. Pero también habría que hablar de ese grupo de amigos que convirtió una despedida en un homenaje a la vida. Que decidió que el dolor no iba a borrar la alegría. Que eligió acompañar en lugar de lamentarse. Que entendió que el amor también consiste en quedarse cuando resulta más difícil hacerlo.

Confieso también que esta historia me ha removido por dentro. Hace unos años me fui a Madrid por trabajo y, como tantas veces ocurre, la vida fue poniendo distancia con personas que habían formado parte de mi día a día. Entre ellos, muchos de esos amigos que hoy han demostrado una grandeza difícil de explicar. Fuimos hablando menos, hasta casi dejar de vernos. Y contemplar todo lo que han hecho por Fina me ha servido para darme cuenta de lo fácil que es dejar que el tiempo se lleve amistades que merecen ser cuidadas. Quizás pensamos que siempre habrá otra cerveza, otra llamada o una conversación pendiente. Pero la vida, a veces, nos recuerda que no siempre es así. Ojalá esta historia también sirva para que muchos, entre los que me incluyo, recuperemos el tiempo con quienes un día compartieron tanto con nosotros.

Dicen que nadie muere del todo mientras permanezca en la memoria de quienes le quisieron. Si eso es cierto, Fina seguirá muy viva durante mucho tiempo. En cada recuerdo, en cada carcajada compartida, en cada historia que sus amigos seguirán contando.

Ella pidió que su historia dejara huella. Y qué razón tenía cuando escribió que «el amor que damos es la huella que dejamos». Porque si alguien ha dejado huella en esta historia, además de Fina, han sido precisamente ellos: sus amigos. Carlos, Dani, Alfonso, Laura, Lucía o Blanca, entre otros muchos. Los que la quisieron hasta el final. Los que hicieron que sus últimos días estuvieran llenos de vida. Los que demostraron, con hechos y no con palabras, que el amor es la única huella que nunca desaparece.

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