Esta ermita española está escondida dentro de un volcán dormido y es uno de los rincones más sorprendentes para descubrir este otoño
El volcán de Santa Margarida en Gerona tiene una ermita escondida en el cráter
En 1963 un volcán islandés creó una nueva isla cuyo acceso quedó limitado a científicos
Alerta urgente en Canarias por riesgo volcánico: activado el nivel rojo de aviso por una probable erupción

Con el mes de noviembre recién estrenado y los bosques en pleno cambio de color, llega uno de los mejores momentos para organizar una escapada de otoño. Y no hace falta irse demasiado lejos para encontrar lugares realmente sorprendentes. En Gerona, concretamente en La Garrotxa, volcanes que llevan miles de años dormidos conviven con hayedos, pueblos medievales y algunos paisajes que en esta época están especialmente bonitos. Incluso hay uno en concreto, que «esconde» una ermita dentro de su cráter.
Después de subir durante aproximadamente media hora entre encinas y robles, el bosque termina y aparece entonces el cráter prácticamente redondo de un antiguo volcán. Pero lo curioso está abajo ya que en medio de un enorme prado se levanta, completamente sola, una pequeña ermita de piedra. Es Santa Margarida de Sacot, en Santa Pau, y para llegar hasta su puerta todavía hay que descender hasta el interior del volcán.
Esta ermita española está escondida dentro de un volcán dormido
La historia de este lugar empezó muchísimo antes de que existiera la ermita. El volcán de Santa Margarida entró en erupción hace unos 11.500 años, cuando el magma chocó con el agua que había en el subsuelo y provocó una fuerte explosión. De aquella erupción quedó el cráter que vemos ahora. Con los siglos, la vegetación fue ocupando las laderas y el fondo acabó convertido en un prado. Justo allí se construyó una iglesia de origen románico dedicada a Santa Margarida.
No está demasiado claro cuándo se levantó el primer templo, pero sí que existe una historia popular que cuenta que en el interior del cráter apareció una imagen de la santa y que ese hallazgo estaría detrás de la construcción de la ermita que se conserva todavía y que destaca por se pequeña y muy sencilla, sin que haya nada más alrededor, tan sólo el prado y las paredes del antiguo volcán rodeándolo.
En estas semanas, además, el paisaje cambia bastante ya que mientras las encinas permanecen verdes, los robles de las laderas empiezan a teñirse de amarillo y ocre. Desde arriba, antes de comenzar el descenso, la ermita queda prácticamente encerrada dentro de un círculo de colores.
El terremoto que la dejó en ruinas durante siglos
Santa Margarida de Sacot ha tenido una historia bastante accidentada. El 2 de febrero de 1428, coincidiendo con el día de la Candelaria, un terremoto sacudió el norte de Cataluña, con una magnitud de alrededor de 6,7 y llegó después de un largo periodo de actividad sísmica en la zona. La ermita no resistió y se vino abajo. Y durante siglos permaneció prácticamente en ruinas hasta que fue reconstruida. Del antiguo edificio se conservaron algunos elementos y el templo que ha llegado hasta nuestros días tiene una única nave, un ábside y un pequeño porche.
La imagen original de Santa Margarida tampoco está ya en la iglesia. La talla, datada en el siglo XIV, fue retirada durante la Guerra Civil para ponerla a salvo y actualmente se guarda en Girona. La que puede verse en el altar es una copia realizada a mediados del siglo XX. Por otro lado, el volcán está protegido como reserva natural parcial. En 2018 fue adquirido por la Generalitat de Cataluña y la Diputación de Girona y su gestión quedó integrada en el Parque Natural de la Zona Volcánica de La Garrotxa.
Ver esta publicación en Instagram
Del volcán Santa Margarida al Croscat
Visitar únicamente la ermita sería quedarse con una parte muy pequeña de esta zona. La Garrotxa reúne alrededor de cuarenta conos volcánicos y más de veinte coladas de lava, y algunos están muy cerca unos de otros. El Croscat es probablemente el que más llama la atención. Tiene unos 160 metros de altura y durante años fue utilizado como cantera de greda. Las extracciones abrieron literalmente uno de sus laterales y dejaron al descubierto las capas de materiales volcánicos.
Ese enorme corte permite ver ahora el interior del cono y distinguir los distintos colores de los materiales expulsados durante las erupciones. En el caso de los grupos, la entrada a la zona de la antigua cantera requiere reserva y la visita debe hacerse acompañada por un guía del parque.
Del Croscat salió también la colada de lava sobre la que, muchos años después, creció la Fageda d’en Jordà. Es uno de los hayedos más conocidos de Cataluña y tiene una peculiaridad: está situado a unos 550 metros de altitud, bastante menos de lo habitual para un bosque de hayas. Y si ya es bonito durante buena parte del año, en otoño merece especialmente la visita. En noviembre las hojas empiezan a cubrir los caminos y el bosque se transforma por completo.
Ver esta publicación en Instagram
Una ruta de 11 kilómetros y un pueblo medieval
Santa Margarida, el Croscat y la Fageda d’en Jordà pueden verse el mismo día. El itinerario 1 del parque une los tres espacios en una ruta circular de unos 11 kilómetros que comienza en el aparcamiento de Santa Margarida, junto a la carretera entre Olot y Santa Pau. Se puede completar en media jornada sin necesidad de correr, aunque en noviembre conviene no empezar demasiado tarde. Las horas de luz son cada vez menos y dentro de la Fageda oscurece antes.
Y después del paseo todavía queda Santa Pau. La villa conserva buena parte de su estructura medieval y su plaza Mayor, conocida como Firal dels Bous, sigue rodeada de soportales. Aquí se celebraban mercados ya en 1297. Y en la parte alta está el castillo, iniciado en el siglo XIII, y alrededor todavía se pueden recorrer las estrechas calles del antiguo recinto amurallado.
La visita tiene incluso un final gastronómico bastante ligado al paisaje que acabamos de recorrer. Los conocidos fesols de Santa Pau son unas pequeñas alubias blancas cultivadas en suelos volcánicos. Con la llegada del frío se sirven en muchos restaurantes de la zona acompañadas de butifarra o setas, así que noviembre tampoco es un mal momento para probarlas.