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BATERÍAS

Cáscaras de cangrejo convertidas en batería: un gel que aguanta 1.000 ciclos y desaparece bajo tierra en 5 meses

¿Qué tienen en común una mariscada y la batería que guarda la electricidad de un parque solar? En principio, nada. Pero un equipo de la Universidad de Maryland (Estados Unidos), dirigido por el ingeniero de materiales Liangbing Hu, demostró que el caparazón de cangrejos, gambas y langostas que acaba en la basura puede convertirse en el gel que hace funcionar una batería de zinc.

El trabajo se publicó en septiembre de 2022 y la idea no se ha quedado en un cajón. Entre 2025 y 2026 otros laboratorios, uno de ellos en Bilbao, han seguido tirando del mismo hilo.

Del plato a la batería

El ingrediente clave es el quitosano, una sustancia que se obtiene tratando químicamente la quitina, el material duro de la coraza de los crustáceos. Según explicó Hu en la nota difundida por Cell Press, la quitina también está en los hongos y en la pluma interna de los calamares. Claro que la fuente más abundante son los restos del marisco.

¿Y qué pinta dentro de una batería? Hace de electrolito, el medio por el que viajan las partículas con carga eléctrica (los iones) de un polo a otro. Vamos, la carretera por la que circula la energía. Los investigadores lo convirtieron en un gel unido a iones de zinc que, de paso, separa los dos polos.

El problema de las agujas de zinc

El zinc es un candidato goloso. Como recordaba Hu, es más abundante en la corteza terrestre que el litio, y sus baterías suelen ser más baratas y seguras. Su punto débil tiene nombre propio.

Se llaman dendritas. Son pequeñas agujas de metal que crecen sobre el zinc en cada recarga, como la escarcha en un congelador viejo, y que acaban provocando cortocircuitos. El gel de quitosano hace que el zinc se deposite en láminas hexagonales, planas y ordenadas.

El resultado, en el laboratorio, es que el ánodo de zinc (el polo negativo) aguantó más de 1.000 ciclos de carga y descarga a una intensidad muy exigente, con una eficiencia del 99,7%. Apenas se pierde carga por el camino. Las baterías completas superaron los 400 ciclos cargándose en media hora, y el gel no arde.

Qué parte se degrada y cuál no

Los investigadores enterraron el electrolito y, a los cinco meses, había desaparecido por completo, descompuesto por los microbios del suelo. Según la Universidad de Maryland, eso hace biodegradables unas dos terceras partes de la batería.

El resto no se evapora. Queda el zinc, que se puede recuperar y reciclar, aunque dar una segunda vida a los residuos rara vez es sencillo (basta ver lo que cuesta reciclar colchones). «En el futuro, espero que todos los componentes de las baterías sean biodegradables», afirmó Hu, que ahora investiga en la Universidad de Yale.

Lo que ha llegado después

En enero de 2025, un equipo de la Universidad Forestal de Nankín (China) presentó en Nature Communications un separador de quitosano y fibras de celulosa. Con 23 micras de grosor, menos que un pelo, permitió a una batería de zinc superar los 1.000 ciclos conservando el 96,2% de su capacidad. Enterrado, se descompuso en 60 días.

Desde España, un grupo de la Universidad del País Vasco liderado por Erlantz Lizundia ha mezclado quitosano de gamba con unos cristales llenos de poros diminutos llamados MOF, una especie de esponja nanométrica. Su gel, descrito en Carbohydrate Polymers en febrero de 2026, soportó corrientes cien veces mayores que la que cortocircuitó a un separador de fibra de vidrio.

Tras 700 ciclos conservaba alrededor de un 73% más de capacidad que esa versión convencional. El equipo, especializado en análisis de ciclo de vida, calculó también que estos electrolitos naturales ganan en huella de carbono, aunque admite margen de mejora en otros impactos.

Todavía lejos de la tienda

Ojo, nada de esto está a la venta. Son pruebas con celdas pequeñas, y el salto a una fábrica es otra historia. El destino previsto es la red eléctrica, esas grandes baterías que guardan lo que produce una turbina eólica para usarlo cuando no sopla el viento.

¿Sustituirán al litio? De momento, no. El litio seguirá mandando en móviles y coches eléctricos, donde importa meter mucha energía en poco espacio. El zinc apunta a otro terreno, donde pesan más el precio y la seguridad.

El estudio original de la Universidad de Maryland se ha publicado en la revista Matter.

Crédito de la imagen: Thayne Tuason (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).