Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, directores de la película de Hombres G: «El público ya no cree que un documental es para dormirse»
"El espectador necesita ver que su ídolo sufre como cualquiera", aseguran
"De la noche a la mañana se acaban los aplausos. ¿Cómo se enfrenta a la vida quien lo ha tenido todo?"
'Los mejores años de nuestra vida' retratan un fenómeno marcado por la euforia de los estadios y las fisuras internas

El cine documental sobre música suele enfrentarse al dilema de la hagiografía o la mera nostalgia. Sin embargo, en Los mejores años de nuestra vida (Movistar Plus), los directores Charlie Arnaiz y Alberto Ortega abordan la peripecia de Hombres G sin solemnidades. Así retratan un fenómeno pop atípico, marcado tanto por la euforia de los estadios como por las dinámicas internas, incluidas las fisuras.
David Summers, Rafa Gutiérrez, Dani Mezquita y Javier Molina (Hombres G) merecían una película. «Hay muchas bandas de música, pero tienen algo diferente al resto. Han trascendido generaciones y su propia historia es fascinante», explican los directores: «En el 85 se convirtieron en virales cuando la palabra viral no existía. En su regreso en el 2002, les volvió a pasar, y ahora otra vez. Esa historia había que contarla».
Uno de los pilares dramáticos del largometraje se adentra en el territorio de la ruptura del grupo y los diez años de silencio entre sus integrantes. En las reuniones previas al rodaje, los músicos reaccionaron con un pudor casi ingenuo: «Lo único que nos dijeron, fíjate si son humildes, es ‘no le interesa a nadie la separación’». La respuesta de los cineastas fue inmediata: «¿Cómo no va a interesar? Es algo que ni siquiera entre ellos habían hablado. Se reunieron y faltaba una conversación, y tuvimos la suerte de que esa conversación sucediera por primera vez en la película».
Esa catarsis ante la cámara articuló el eje del relato. «Una historia de éxito tiene las patas muy cortas. El espectador necesita empatizar con el artista viendo que su ídolo también sufre como cualquiera. Para nosotros era la parte fundamental, el corazón de la película», apuntan. El punto de inflexión del film se sitúa precisamente en ese instante en que la inercia del estrellato se interrumpe: «De la noche a la mañana se apagan los focos, se acaban los aplausos y toca enfrentarse a la vida. ¿Cómo se enfrenta a la vida un grupo de cuatro personas que lo han tenido todo?».
A pesar de las fricciones pasadas, los directores descubrieron que las mecánicas internas del grupo permanecían intactas: «Ves ese material y veías que las dinámicas eran las mismas que ahora, con 60 y pico años. Uno le llama gilipollas al otro, el otro se ríe… Qué guay ver que se puede seguir siendo fiel a uno mismo después de tantos años».
El documental analiza asimismo el carácter de una banda que ha atravesado tres picos de popularidad masiva en épocas radicalmente distintas: en 1985, tras su regreso en 2002 y en la actualidad. Arnaiz define la génesis de Hombres G como «el triunfo de una historia que tenía que haber ido mal». La combinación de factores iniciales desafiaba cualquier estándar comercial: «Era un grupo en una discográfica independiente, con un cantante con una voz nasal -que entonces era una cosa muy rara-, y con unas canciones con unas letras que eran una locura, como Marta tiene un marcapasos. Era una cosa condenada a no haber funcionado nunca y, sin embargo, se salió de madre».
Frente a la sobregestión de la imagen pública en la actualidad, los cineastas destacan la ausencia de artificio en el grupo: «Vivimos hoy en día en una sociedad muy impostada. Las redes sociales nos han hecho tratar de mostrar a la gente lo que no somos. El espíritu de Hombres G es todo lo contrario, mostrarse tal cual son y ser naturales, no van de nada».
El proceso creativo figura en la obra como un elemento en tiempo real. Durante el desarrollo del proyecto, David Summers compuso el tema inédito que acabaría dando título definitivo al largometraje: «Nos pusimos en una reunión y se puso a contarnos la letra, todavía sin melodía ni nada, y se nos pusieron los pelos de punta».
Ese retrato colectivo ratifica la cohesión insustituible del grupo: «Creemos que Hombres G tienen que ser los cuatro. Cada uno aporta no solamente su parte musical, sino su personalidad. Cuando ves que no están juntos y hacen algún ejercicio en solitario, falta algo».
A la hora de vertebrar la narrativa audiovisual, los directores optaron por restringir las intervenciones externas y ceder el testimonio íntegro a los protagonistas y a su entorno más íntimo, y sumaron presencias atípicas como las ex presidentas de su club de fans, o figuras del ámbito internacional como Carlos Vives o Carín León, para mostrar la dimensión del grupo en América.
Esta estructura, en conjunto, responde a la evolución formal que ha experimentado la no ficción en los últimos años. Mientras que antes los documentales se percibían como películas o series para echarse una siesta, ahora el género se consume cada vez más.
«El gran cambio ha sido que la no ficción ha adoptado fórmulas de la ficción y el espectador lo ha asumido», reflexiona Alberto Ortega sobre el auge del género en las plataformas. «Tienes que coger la realidad que ha sucedido y la adaptas a esquemas de ficción que tienen que funcionar: técnicas de guion, de cámara, de postproducción. Todo eso hace que el espectador no tenga la sensación de que un documental es para dormir; a lo mejor te consumes tres capítulos del tirón, con giros y con los ojos como platos», matiza el director.
En el caso de Los mejores años de nuestra vida, el resultado es una producción que huye de la hagiografía para centrarse en la permanencia del vínculo humano a lo largo del tiempo. Así, el espectador puede ver una crónica donde el archivo histórico y el presente convergen sin trampas de producción.