El ‘efecto tijera’ que eterniza el tabaquismo: 1.000 millones de fumadores sin alternativas reguladas y falsos mitos
El debate ya no es si existen alternativas, sino cómo regular una demanda que ya alcanza a 200 millones de usuarios

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Un nuevo informe global de GSTHR constata el efecto tijera: mientras el consumo de cigarrillos retrocede y crece la demanda de alternativas sin combustión, el verdadero freno ya no es la falta de opciones, sino un mito que sigue calando: creer que la nicotina es tan peligrosa como el humo.
La evolución del tabaquismo dibuja una tendencia cada vez más visible: allí donde crece el uso de alternativas sin combustión, la prevalencia del cigarrillo tiende a caer.
El informe Global State of Tobacco Harm Reduction 2026, de Knowledge·Action·Change, calcula que unos 200 millones de personas en todo el mundo usan ya algún producto de nicotina sin combustión —vapeadores, tabaco calentado, snus o bolsas de nicotina—, una cifra nada desdeñable que muestra el potencial de los canales alternativos al tabaco tradicional.
El ‘efecto tijera’ y la paradoja de la prohibición
En numerosos mercados se observa un efecto tijera: mientras el consumo de cigarrillos retrocede, la demanda de alternativas crece a un ritmo que los propios autores describen como una transición ya en marcha.
Este cambio avanza en un entorno cada vez más hostil: a marzo de 2026, 73 países habían prohibido por completo la venta de productos sin combustión, mientras el cigarrillo combustible sigue siendo legal en el 100% de los países del planeta. Es la misma paradoja que atraviesa buena parte de los casos analizados en este dossier: se permite universalmente el producto más nocivo y se restringe el que, según la evidencia, entraña menos riesgo.
Así cambia la demanda entre los consumidores
La prohibición no elimina la demanda: la desplaza. En EEUU, entre febrero de 2020 y junio de 2024, la nicotina vendida mensualmente en vapeadores aumentó un 249,2%, mientras las unidades vendidas solo crecieron un 34,7% —un salto atribuido en buena parte a la proliferación de vapeadores desechables no autorizados, justo el segmento que las prohibiciones de sabores pretendían frenar—.
Europa no es ajena: según KPMG, el mercado negro ya representa cerca del 41% del consumo en Francia, uno de los marcos más restrictivos del continente. Por otro lado, la Unión Europea afronta la revisión de su Directiva de Productos del Tabaco (TPD), actualmente en una fase embrionaria, tras la consulta pública que provocó la unión de más de 100 científicos europeos de prestigio, al considerar que había falta de evidencia a la hora de legislar los nuevos productos con nicotina.
El riesgo, según advierten estos científicos, es que esta revisión se incline hacia un enfoque más prohibicionista con los productos sin combustión —tabaco calentado, vapeadores y bolsas de nicotina—, y no con el cigarrillo, que es el único producto realmente de combustión.
Un problema de percepción entre la población
A esa tensión se suma un problema de percepción: pese a que la evidencia científica sobre el papel de los cigarrillos electrónicos en el abandono del tabaco sigue acumulándose, crece el número de personas que consideran que las alternativas son igual de perjudiciales que el cigarrillo, o más —una percepción que puede desincentivar precisamente las decisiones de abandono, alimentada por la propia ambigüedad regulatoria—.
A este respecto, dos referencias recientes refuerzan la idea de que el problema ya no es la falta de evidencia. La Society for Research on Nicotine and Tobacco (SRNT), en una declaración publicada en la prestigiosa publicación JAMA, defiende que los vapeadores deberían incorporarse a las consultas médicas como herramienta de cesación tabáquica para fumadores adultos -precisamente el grupo que sufre las enfermedades graves asociadas al tabaco-.
Y la revisión Cochrane va más allá: no solo confirma que los vapeadores son menos nocivos que el cigarrillo y ayudan a dejar de fumar, sino que son más eficaces que los parches o chicles de nicotina que se venden en farmacia.
Es importante subrayar que las conclusiones de ambos estudios van dirigidas a fumadores adultos que buscan dejar el cigarrillo: en ningún caso su evidencia se extiende ni respalda el uso de estos productos entre menores ni entre personas que nunca han fumado.
En definitiva, el debate ya no gira sólo en torno a si existen alternativas al cigarrillo, sino a cómo se gestiona la tensión entre una demanda que ya suma 200 millones de usuarios y una presión regulatoria que ha llevado a un tercio del planeta a prohibirlas por completo.
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