Psiquiatra y psicoterapeuta

Anabel González: «Hay que abrazar el dolor hasta que se vaya pasando en lugar de pelear contra él»

"Muchos de los problemas que tenemos en el presente tienen su raíces en esas cosas que creemos haber dejado atrás"

salud mental
Anabel González.

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‘No soy yo’ (2017) para entender cómo el trauma complejo afecta el apego y la identidad personal; ‘Lo bueno de tener un mal día’ (2020) para mejorar nuestro bienestar en los días más difíciles con estrategias para cuidar nuestras emociones;  ‘Las cicatrices no duelen’ (2021) para entender cómo nuestras experiencias pasadas modelan la forma en que enfrentamos la vida, ofreciendo herramientas para gestionar el dolor emocional y fortalecer la resiliencia; ‘Por dónde se sale’ (2023) para fortalecer la salud mental, gestionar el miedo y alcanzar una verdadera sensación de seguridad. Anabel González ha contribuido significativamente al campo de la salud mental a través de estas y otras publicaciones

La autora ha acercado la comprensión del trauma y la regulación emocional al gran público con un lenguaje accesible y profundo. En sus libros, explora cómo nuestras experiencias pasadas modelan la forma en que enfrentamos la vida, ofreciendo herramientas para gestionar el dolor emocional y fortalecer la resiliencia. Y ahora nos presenta ‘Lo que no pasó’ (Planeta), obra en la que aborda la importancia de reparar las heridas invisibles de aquello que no llegó a ocurrir pero dejó una marca en nuestra identidad.

Anabel González tiene una amplia trayectoria en el tratamiento del trauma y los trastornos disociativos y combina su labor clínica con la docencia y la divulgación. Ha trabajado en el Servicio de Salud Mental del Hospital Universitario de A Coruña y es especialista en la terapia EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares), una técnica para la recuperación de experiencias traumáticas. 

En esta entrevista a OKSALUD profundizamos en las claves de su nuevo libro, organizado en 5 capítulos (‘Una pieza del Puzzle’, ‘Salir a la luz del día’, ‘Dejar el refugio interior’; ‘Imperfectos pero completos’ y ‘De pie ante la vida’) desarrollados en 239 páginas, y en cómo aprender a integrar esas ausencias para avanzar con mayor bienestar. 

P.- Arranca la obra con la pregunta del millón: ¿Cómo explorar lo que no pasó?

R.- Es importante aprender a mirar en los huecos, lo que más destaca es lo que pasó, sobre todo, si nos hizo mucho daño y más aún si todavía nos lo sigue haciendo. Destaca la figura y hemos de aprender a mirar el fondo.

P.- Desde los afectos que no recibimos hasta las oportunidades que se esfumaron, ¿Cómo impacta lo ausente en nuestra salud emocional y en la construcción de nuestra historia personal?

R.- De muchísimas maneras diferentes, se nos puede quedar dentro una sensación de vacío, de abandono, de desconfianza en el ser humano y en nosotros mismos. Esos huecos pueden marcar nuestras decisiones, podemos hacer cualquier cosa para taparlos, como hacer cosas sin parar para no notar lo que hay en el fondo o tomar drogas o medicación que anulen la angustia, buscar desesperadamente a alguien que nos llene esos vacíos, y a veces aferrarnos a relaciones que no son buenas para nosotros, porque nos da más miedo, la pérdida o el abandono que el dolor que podemos vivir en ese momento.

P.- ¿Qué es la libreta de recursos nutritivos que propone en la obra como ejercicio?

R.- Pues la idea es que el lector se convierta a la vez en escritor, que vaya haciendo su propio libro, personal, único, a raíz de las propuestas que se van recorriendo en todos los capítulos. Algo que nos roban la ausencia y las carencias, sobre todo, cuando crecemos en ellas, o nos pasamos en ellas demasiado tiempo, es la sensación de que somos agentes de nuestra propia historia. Empezar a escribir es un modo de activar esa capacidad, y también de conservar los recursos que vayamos encontrando para momentos futuros.

P.- Cómo hallo un vacío emocional? ¿Cuál sería su efecto en mi bienestar actual? ¿No es mejor no ahondar en lo negativo si no es traumático?

R.- No sólo nos afecta lo que podríamos definir como traumático. Hay muchas experiencias a las que no llamaríamos así, que nos han dejado también huellas en negativo, en el tema del que hablamos en el libro, más bien huecos en negativo. Y si no nos están afectando en el presente, no hay ninguna necesidad de removerlo. La cuestión es que muchos de los problemas que tenemos en el presente tienen su raíces en esas cosas que creemos haber dejado atrás y en las que preferimos no pensar. A veces podemos solucionar el problema cambiando los mecanismos con los que funcionamos en el ahora.

Otras veces para entender lo que está pasando, necesitamos remontarnos al origen. 

P.- Ejemplo. He sido víctima de violencia mental o psicológica. El impacto del trauma cuando ha habido un daño evidente, en líneas generales, se reconoce, pero usted menciona ese dolor invisible, lo no vivido, que puede dejar huellas más profundas. ¿Por qué cuesta ver ese sufrimiento?  

R.- Las palabras destacan más que los silencios, las heridas son más visibles que la malnutrición, parte de la influencia que tienen es precisamente que pasan inadvertidas, no tenemos referencias para entender. Otro de los problemas que generan este tipo de situaciones es que en ellas aprendemos que cuando estamos mal no hay nadie ahí para nosotros dándonos el apoyo, el afecto, la protección, lo que podamos necesitar. Y una vez que nuestra mente aprende esto, ese es el modelo que tenemos integrado. Que cuando uno está mal, es normal no cuidarnos, no mirarnos con cariño, no hacer nada para protegernos. Aprendemos a soltar la riendas cuando el carruaje está de descarrilando. Y eso hace que las situaciones adquieran mayor gravedad.

P.- En este sentido, en su libro menciona que nuestro cerebro está diseñado para evitar el daño, pero que necesitamos redirigirlo hacia la seguridad y la vida plena. ¿Cuáles son las claves para este proceso de reprogramación emocional?  

R.- Cuando sufrimos daño y los mecanismos que se ponen en marcha ahí siguen activos, nos podemos pasar todos los años o toda la vida en modo supervivencia. El cerebro trata de prevenir más daño, pero no sabe medir hasta dónde llegar ni hasta cuándo seguir. Si vemos que funcionando en automático, vamos en una dirección que no nos interesa, tenemos que pasar a modo manual, tomar conciencia, e introducir cambios. El cerebro aprende, igual que aprendió a centrarse en detectar peligros, puede volver a aprender a centrarse en identificar la seguridad y lo que nos aporta lo que necesitamos. Hay que tenerle paciencia.

P.- ¿Abrazar el dolor y no escapar? No lo veo… Ruego me lo explique…

R.- Si asumimos que algo duele, que duele y punto, sentiremos ese dolor, sin hacer nada más, sin pelearnos con la realidad, sin intentar negarla, sin enfadarnos con nosotros mismos, por lo que hicimos, o dejamos de hacer, sin darle vueltas siempre a lo mismo. Simplemente notaremos que nos duele, lloraremos las lágrimas que tengamos que llorar, nos permitimos sentirnos como nos sentimos, puede que a veces nos nazca compartir ese dolor… pero como dejaremos que siga su curso natural, el dolor se irá deshaciendo y se irá marchando. Por eso entro con la idea del brazo, abrazar el dolor, hasta que se vaya pasando, en lugar de pelear contra él, y si podemos también, dejar que nos lo abrace alguien que realmente no entiende. 

P.- Me atrapa el sufrimiento… creo que lo expresa con el símil del helicóptero… ¿cómo lo proceso?

R.- Realmente lo que quiero decir, con el helicóptero, es que, a veces, por no tocar donde duele, nos dedicamos a sobrevolarlo, entramos en bucle, volvemos a repasar lo que pasó, imaginándonos, lo que haríamos diferente, nos peleamos con la realidad, nos negamos a sentirnos como nos sentimos, y esto solo retrasa el momento de conectar con eso que sentimos en el fondo, pero no para que nos duela siempre, sino para que el dolor se pueda soltar y se pueda marchar.

P.- Ya soy mayor. ¿Puedo desarrollar relaciones saludables en vez de lamerme las heridas que usted ha destapado al leerme su libro y que arrastro de mis primeros vínculos?

R.-  Nuestro cerebro está toda la vida, haciendo conexiones y aprendiendo. Hay veces en las que la edad es una ventaja, porque hay cosas que hemos relativizado y a las que ya no le damos tanta importancia. Yo creo que la pregunta no es si es demasiado tarde para hacer cambios, sino si realmente nos queremos pasar la vida que tenemos por delante con los problemas que ahora mismo tenemos. Si estamos a gusto no tenemos que cambiar nada claro, pero si no es así…

P.- ¿De verdad que mi historia no es mi destino? ¿He de aceptar lo que fue el pasado y seguir adelante? ¿Para qué explorarlo entonces? ¿Qué consejo nos da para reconstruir el presente y el futuro sin quedar atrapados en lo que no pasó?  

R.- El que no conoce su historia está condenado a repetirla. Las cosas a veces cambian con el tiempo, a veces se enquistan, y a veces incluso se pudren. Si el tiempo no lo ha resuelto sin que hagamos nada, tenemos que empezar a sembrar. ¿Y qué sembramos? Pues entender lo que nos faltó, puede ser lo que nos ayude a saber dónde sembrar y qué sembrar.

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