Zapatero siempre engañando
Tras la mayoría absolutísima lograda por Aznar en las elecciones de marzo de 2000 y tras el descalabro del PSOE de Joaquín Almunia, con solo 39 años, José Luis Rodríguez Zapatero consiguió hacerse con la secretaría general del PSOE en julio de ese mismo año 2000. Esta elección la sacó adelante por apenas 9 votos de unos compromisarios que se suponía que iban a elegir a José Bono, pero las candidaturas de Matilde Fernández y Rosa Díez perjudicaron al favorito y, de rebote, beneficiaron a Zapatero. Las crónicas de aquel 35º congreso del PSOE presentan al leonés como un perfil afable y mediador, con un discurso optimista, rechazando los enfrentamientos y en busca del consenso. Fue la primera vez que Zapatero los engañó a todos. A partir de entonces empezaron a darse infinidad de muestras de que al líder del PSOE se le podía aplicar perfectamente la frase con la que el celebérrimo periodista deportivo José María García definía, entre otros, al madridista Emilio Butragueño: «Ni una mala palabra, ni una buena acción».
A finales de los 90, el rey Hassan II de Marruecos y su hijo y heredero, Mohamed VI, presionaban al Gobierno de España exigiéndole que reconociera la soberanía marroquí sobre el antiguo Sáhara español y también sobre las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. A finales de octubre de 2001, Marruecos llamó a consultas a su embajador en España por el «deterioro de las relaciones bilaterales», retirándolo de forma unilateral e indefinida. En medio de toda esa tensión internacional, al afable y mediador José Luis Rodríguez Zapatero no se le ocurrió mejor idea que, en diciembre de 2001, sin autorización ni consenso con el Gobierno de España, irse a visitar por su cuenta al rey de Marruecos, cuya prensa lo presentó como «el próximo presidente del Gobierno de España».
La mediación de Zapatero fue tan eficaz que, unos meses después, los gendarmes marroquíes ocuparon el islote español de Perejil, colocando dos banderas de Marruecos y elevando la tensión entre España y Marruecos a límites no vistos en décadas. En noviembre de 2002, a 52 kilómetros de las costas gallegas, naufragó el petrolero griego Prestige y Zapatero se encargó de que todas las plataformas sociales y la prensa de izquierdas, en lugar de actuar todos a una ante las desgracias, trataran de utilizar un incidente totalmente ajeno a la política, para desgastar al Gobierno de Aznar. Tras el éxito del «Nunca mais» gallego, Zapatero promocionó el «No a la guerra». En octubre de 2003, Zapatero se quedó sentado, con toda su cara de pazguato, al paso de la bandera norteamericana en el desfile de la fiesta nacional, en un intencionado gesto de desprecio que dejaba a las claras que todo su perfil amable, mediador y de consenso, no era más que una careta.
Pero solamente hicieron falta unos meses para que, tras los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004, Zapatero demostrara al mundo entero que su sonrisa siempre había sido completamente falsa. Como un Judas moderno, quien solamente unos meses antes había propuesto al PP la firma del Pacto Antiterrorista con el objetivo de que las políticas contra el terrorismo no se utilizaran como arma arrojadiza electoral, no dudó ni por un momento en poner toda la carne en el asador y utilizar esta masacre para hacerse con el poder en las elecciones generales que se celebraron tres días después de los atentados. Tras esto vino la vergonzosa retirada de las tropas de Irak, la rendición ante ETA, la nefasta ley de «memoria histórica» y sus acusaciones de «antipatriotas» a quienes le advertían de la crisis de 2008.
Todo se resume perfectamente cuando un micrófono abierto captó cómo, pensando que nadie le escuchaba, Zapatero le decía al periodista Iñaki Gabilondo que, en la campaña electoral de las generales de 2008, a él y al PSOE «nos conviene que haya tensión». Con toda su cara de pardillo, suelta aquello de «ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho», con la caja fuerte repleta de joyas millonarias que ahora no recuerda de dónde salieron. Siempre sonriendo, siempre buscando el enfrentamiento a costa de lo que fuera. Zapatero se ha pasado la vida fingiendo ser lo contrario de lo que es en realidad. Confiemos en que la Justicia acabe de quitarle la careta y muestre el verdadero rostro de uno de los mayores traidores de nuestra historia.