La obscenidad tiene nombre de indulto

Palomo Sánchez
  • Graciano Palomo
  • Periodista y escritor con más de 40 años de experiencia. Especializado en la Transición y el centro derecha español. Fui jefe de Información Política en la agencia EFE. Escribo sobre política nacional

Lo de Sánchez no tiene rival a la hora de equilibrar la sinvergonzonería histórica en un primer ministro. Es difícil encontrar a lo largo y ancho del vasto mundo un tipo por el que todos los asuntos, desde los considerados de Estado hasta la más de las despreciables bagatelas, no pasen por el cedazo de su propio interés.

Hace unos pocos años, cuando ya aspiraba a ser primer ministro, Sánchez tuvo los redaños de afirmar que los indultos a políticos por políticos le provocaban «enorme repulsión». Aunque ha utilizado ese atributo, totalmente decimonónico, de manera harto torticera la máquina de los mismos desde que está en el poder, es esta semana cuando se ha cubierto de detritus amarillo.

Por un lado, ha indultado por interés político a una de las golpistas más genuinas del secesionismo catalán, Laura Borrás, que fue condenada por haber incurrido flagrantemente en trinques para amiguetes con el dinero público. Dicho y escrito en román paladino: robar para otros con nocturnidad y alevosía.

Por si fuera poco, como preludio de lo que parece estar dispuesto a perpetrar en breve en su entorno familiar, dos alcaldes socialistas fabricados en la misma horma sanchista, también han sido indultados al grito de «maricón el último…». Es más, uno de ellos, Juan Fernández Gutiérrez, ex alcalde de Linares (Jaén), se permitió, incluso, el lujo de insultar a los jueces que le habían condenado por malversación de caudales públicos al grito de «babosas con dos patas». Y el tercer agraciado por la decisión del Consejo de Ministros al parecido.

La gravedad de esta decisión le importa una higa a los sanchistas y a toda esa patulea de corifeos. Es decir, burla de manera consciente y decidida una de las esencias de cualquier Estado de Derecho: la separación de poderes. Porque de nada sirve que los jueces hagan su trabajo de forma ciega, imparcial y proba para que luego, acto seguido, el poder ejecutivo haga lo que le venga en gana. Después de ocho años haciendo de su capa un sayo, Sánchez ya nos tiene acostumbrados a sus fechorías que de facto hacen saltar por los aires cualquier mínimo ejercicio de equilibrio entre poderes y, por lo tanto, de garantía democrática. Estamos en presencia de un autócrata de los de antes.

Cuando esa pesadilla termine, hay que considerar que intentará por todos los medios (digo por todos los medios) estirarla; habrá que recordar en sede judicial hasta el último de sus intentos por poner el Estado inclinado de hinojos ante un primer ministro que no cree ni en España ni en sus ciudadanos.

Eso sí que será «memoria democrática»…

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