A Zapatero le gusta el oro
Le gusta más que a un sociata un bolígrafo. Hay una eterna atracción socialista por el oro ajeno. No es un capricho, es tradición. En 1936, el Gobierno republicano —con Largo Caballero al frente y Negrín manejando las finanzas— decidió que las 510 toneladas de reservas del Banco de España estarían más seguras en el Moscú de Stalin que en Cartagena. Se enviaron en barcos soviéticos, se «gastaron» en armas y suministros, y nunca volvieron. Propaganda franquista, dirán unos. Realidad contable, responden los números: España financió su propia guerra con el tesoro nacional y acabó dependiendo de la generosidad estalinista. Un clásico.
Casi un siglo después, el espíritu persiste. Ahora con aviones de Plus Ultra, insinuaciones de lingotes venezolanos y un ex presidente que, según las investigaciones en curso, parece haber desarrollado un interés notable por las «mercancías especiales» entre Madrid y Caracas. Víctor de Aldama suelta pistas en platós y juzgados, habla de pruebas, fotos y vuelos con carga misteriosa. Zapatero lo ha ido negando todo cada vez con menos talante. Ahora, al parecer, está escondido bajo tierra.
El oro no es magnético, pero es irresistible. Zapatero ya había trasteado antes con él. En el 2007, con Pedro Solbes al mando de Economía, quien aún pasaba por Bambi vendió un tercio de las reservas de oro del Banco de España (unas 241 toneladas, más de 4 millones de onzas). El argumento fue sublime en su estupidez: «El oro ya no es rentable». Se vendió a unos 476-655 euros la onza. Hoy, con el metal por encima de los 3.000 euros/onza, ese tesoro valdría entre 23.000 y 35.000 millones de euros. Los españoles perdimos entre 14.000 y 28.000 millones por la clarividencia económica del aspirante a contador de nubes. Mientras vendían el oro «por el bien de los españoles» en plena burbuja inmobiliaria, Zapatero nos preparaba la madre de todas las crisis. Vendían el colchón para comprar más ladrillos. Genial.
Me ha venido a la cabeza la ex abadesa de Belorado, que se llama Laura como una de las hijas de ZP. La monja rebelde que, junto a sus compañeras, decidió vender 1,7 kilos de oro del convento por unos 130.000 euros. Oro que, según la justicia, no les pertenecía del todo tras la excomunión y la intervención vaticana. Sor Laura, zapateril y sonriente, se ponía por encima de obispos, cánones y fieles: «Yo sé mejor qué hacer con esto». Su conciencia moral, elevada y selectiva, le permitía discernir que ese metal precioso debería servir a causas superiores (las suyas). Suena familiar, ¿verdad? Zapatero y sor Laura: dos almas gemelas cada una con su hábito. Ambos se erigen en árbitros morales supremos. El uno vende el oro de todos los españoles «porque no rinde» y rescata aerolíneas con conexiones exóticas «por solidaridad». La otra liquida el oro del convento «porque la Iglesia ya no lo merece». Los dos con esa superioridad ética que solo da la izquierda caviar o el misticismo heterodoxo.
Y ya que hablamos de saqueadores legendarios, permitámonos una osadía: Zapatero ha desbancado a Hernán Cortés en la mitología nacional del oro. El extremeño conquistó un imperio, fundió tesoros aztecas y envió riquezas a la Corona. Brutal, sí, pero la mayor parte del oro se transformó en hospitales, catedrales y carreteras. Zapatero, en cambio, lo hace con sonrisas, comisiones suculentas y aviones de carga secreta. Al final, el socialismo español mantiene intacta su vocación: el oro siempre viaja mejor hacia el Este (Moscú, Dubái u otros socios estratégicos con mucho petróleo y pocos escrúpulos). Mientras, los españoles seguimos pagando la factura: con intereses, con rescates y, ahora mismo, con cierto humor desesperado. Porque reírse es lo único que nos queda cuando vemos que el mismo partido que perdió el oro en Moscú, lo malvendió en 2007 y ahora le compra pasajes en aviones rescatados, cierra filas con otro Rey de la Ética que se cree impune: Pedro Sánchez.