El ser español

ser español, Paula Ciordia
Paula Ciordia

Son muchas las cosas de Sevilla que ya no serán iguales, pero las chicuelinas de Chicuelo siguen intactas en el albero maestrante, donde se refleja impertérrita La Giralda.

Casi nada permanece ajeno a la manera de vivir de hoy… de prisa y casi siempre carente de sentido. Pero de abril, hay algo que sigue intacto, pese a todo. El contraste de su alegría y la verdad de la muerte en la perla del Guadalquivir. A los ojos de todos.

Que me digan un sólo lugar en el mundo donde unos 18 hombres cada tarde con puntualidad se ponen a jugar al toro ante miles de testigos. Que me digan un solo arte donde el mejor de todos vaya a hacer su obra dispuesto a dejarse la vida por hacerlo lo mejor posible. Que me digan dónde se halla algo así…

Qué difícil es tomar buenas decisiones, pero cuánto más es aceptar el error y lo que se pierde por haberse equivocado. La mayor parte de las veces, el toro nos prende por nosotros y no por él. Y ahí al que no es necio, le duele más.

Y esto define el ser español. No otra cosa.

El sol luce en muchos lugares de la tierra. Y la buena gastronomía se cuece en muchos fogones también (más ahora que se encuentra jamón en China). El azahar perfuma los patios en Italia, Marruecos, Túnez, Florida, Brasil, Argentina… Se pueden incluso escuchar con culto palmas y taconeo en Japón. Pero lo que revienta en abril con el naranjo en flor después del domingo de Resurrección… es algo más que el preludio de un fruto maduro por el calor de los rayos.

Pareciera que a duras penas se resiste esa esencia a morir después de la feria. Pero eso no es cierto. Es la misma esencia con la que empieza enero en Ajalvir, y febrero en Ubrique y Valdemorillo. La misma que sobrevivirá en marzo en Castellón y Valencia, y la que persistirá en mayo en Madrid, en junio en Nimes, en julio en Pamplona, en agosto en Bilbao y Málaga, y así hasta llegar el invierno.

En España existe el único aroma que resiste y permanece al tiempo, que cubre de una extraña y casi imperceptible esencia el aire.

Esto define el ser español y no otra cosa.

Misterio, sí. Pero la razón que explica que no es nuestro sol ni nuestra comida mediterránea la que hace soñar a tantos fuera de nuestras fronteras con venir a morir aquí. A una tierra que no es su tierra sueñan muchos con desovar su último aliento. Un impulso que pudiera resultar de lo más irracional, si no fuera porque ese aroma que muchos de nosotros ya ni distinguimos, sí lo hacen por contraste los otros.

La luz de la que hablan no proviene del sol, sino de destellos que refleja la luna curiosa que, embelesada, se pregunta qué astro es el que gira en tantas plazuelas… Y el sabor que describen (y con el que se relamen al recordarlo) es la sal recogida en el versículo del publicano dispuesta en los círculos concéntricos del ruedo.

Esto y no otra cosa define el ser español.

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