Sanidad Exterior de Mónica García: existe, pero no opera

Un brote de Orthohantavirus en un crucero en el Atlántico Sur vuelve a colocar la salud pública española en un mal lugar: no en el discurso, sino en la infraestructura. Tres muertos, un paciente crítico, evacuaciones internacionales y la coordinación de la Organización Mundial de la Salud dibujan el parte clínico. El resto —lo que hay que destacar en nuestro país— es lo que ocurre cuando esa parte aterriza en sistemas que no siempre están preparados para traducirlo en acción inmediata, como pasa en España, esta España nuestra que cuenta con una ministra de Sanidad, la sexta en la era Sánchez, que permaneció en casa seis meses durante el Covid.
El hantavirus no es una novedad para la medicina. Sí lo es su capacidad de exponer, una vez más, la distancia entre lo planificado y lo posible. Porque en teoría todo está previsto: vigilancia, puntos de entrada, protocolos, coordinación internacional en nuestros puertos y aeropuertos. En la práctica, la biología no espera a la administración, como pasa en nuestro país que se encuentra atascada.
En España, el dispositivo de entrada sanitaria —puertos y aeropuertos— depende de Sanidad Exterior, un engranaje silencioso del sistema que rara vez aparece en los titulares salvo cuando falla. Allí, los profesionales denuncian desde hace años condiciones que rozan lo incomprensible en un sistema sanitario avanzado: guardias médicas en torno a 1,05 euros la hora, enfermería por debajo del euro, localizaciones semanales que no compensan ni el tiempo ni la disponibilidad permanente, y plantillas que no alcanzan los mínimos operativos en todos los puntos designados.
No es una metáfora: es logística del abuso. De la denuncia que hace este medio y que, a la desesperada, interpusieron sus trabajadores sin ser ni siquiera requeridos a un despacho. Silencio absoluto de Sanidad y de su ministra, Mónica García. Esa que ahora quiere, a tiempo parcial, ser candidata a la Comunidad de Madrid, sin reparar en que los españoles la pagamos por esa ministra de Sanidad a tiempo completo, no por participar en un sainete político particular.
Y sobre esa logística recae la responsabilidad de responder a emergencias internacionales reales. Pero claro, no caía en que no tenemos de nada, no hay infraestructuras preparadas en puertos y aeropuertos. ¡Qué pais!
La paradoja se vuelve más evidente cuando se observan los nombres que orbitan la gestión sanitaria reciente. La ministra de Sanidad, Mónica García, aparece en el centro de un sistema tensionado por conflictos laborales recurrentes en el ámbito médico y por una estructura que los propios profesionales describen como insuficiente para la carga operativa que se le exige. No es un problema personal, sino institucional: la sanidad española vive en un equilibrio inestable entre la planificación y la ejecución y que ha cronificado el ministerio de Sanidad.
En paralelo, figuras como Fernando Simón, que durante la pandemia se convirtieron en rostro público de la epidemiología en España, representan otra dimensión del mismo problema: la dificultad de trasladar el conocimiento técnico a estructuras que puedan sostenerlo en el tiempo, más allá de la emergencia mediática. No es explicable que tras la pandemia continúe este señor como director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Pero, por si fuera poco, posible director de la Agencia Estatal de Salud Pública (AESAP).
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, aparece en este contexto no como actor clínico —no lo es— sino como vértice político de un sistema no coordinado con decenas de capas administrativas y una política que opera en ciclos, es decir, ahora con interés en la Comunidad de Madrid sin importar la sanidad del país.
Y entre ambos tiempos, los virus. Hay una frase atribuida a la premio Nobel de Medicina Rita Levi-Montalcini que encaja con precisión incómoda en este tipo de escenarios: «La mente humana puede soportar cualquier cómo, si tiene un porqué».
El problema es que los sistemas sanitarios no funcionan sólo con «porqués». Funcionan con camas, personal, transporte, logística y redundancia. Y cuando esos elementos fallan, el discurso deja de ser relevante.
En Canarias, por ejemplo, el debate sobre la capacidad de respuesta ante emergencias internacionales ha puesto sobre la mesa un dato que resume muchas cosas: la existencia de recursos de alta contención extremadamente limitados, en un contexto donde la presión asistencial ya es estructural. No es una excepción insular: es un reflejo amplificado de una tensión general.
El hantavirus, con su capacidad de generar cuadros graves como el Síndrome pulmonar por hantavirus o la Fiebre hemorrágica con síndrome renal, no exige sofisticación teórica. Exige rapidez, aislamiento y capacidad de soporte intensivo. Y eso no se improvisa.
La conclusión incómoda no es que el sistema no funcione. Es que funciona al límite de su diseño real, no del diseño ideal. Y ese margen —ese pequeño espacio entre lo previsto y lo posible— es donde se decide todo. Porque los virus, a diferencia de los sistemas administrativos, no piden permiso.
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