Samanta Villar, los trajes de Camps y las joyas de Zapatero

Joyas Zapatero
  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

¿Asistiremos al hundimiento de la superioridad moral de la izquierda? Este pasado lunes, en el programa matinal de Susanna Griso, la periodista Samanta Vilar expresaba con aparente convicción su sorpresa ante las noticias de corrupción que salpican a la izquierda. Según ella, la izquierda se caracteriza por un «mayor nivel ético». La afirmación provocó las protestas inmediatas de otros contertulios como Rubén Amón, pero no lo suficientemente enérgicas ni generales para una aseveración tan rotunda y estigmatizante contra la mitad del espectro político español. La frase no es inocente. Resume una narrativa que la izquierda española ha cultivado durante décadas: que posee una superioridad moral innata, una especie de monopolio ético que convierte cualquier escándalo propio en anécdota y cualquier irregularidad ajena en prueba irrefutable de corrupción sistémica… del otro. Esa burbuja está estallando ante nuestros ojos.

Recordemos una vez más el caso de Francisco Camps. El expresidente valenciano fue sometido a un linchamiento mediático sin precedentes por unos trajes. No eran de Savile Row o de la sastrería Serna, sino de marcas modestas como Forever Young. El valor total rondaba los 9.000 euros. Camps insistió siempre en que los había pagado él mismo, y un jurado popular le absolvió en el 2012. El Tribunal Supremo confirmó esta absolución. Sin embargo, El País le dedicó 169 portadas condenatorias. Durante años, «los trajes de Camps» se convirtieron en sinónimo de la corrupción del PP, en arma arrojadiza y en prueba de que la derecha era intrínsecamente venal.

Hoy mismo Zapatero ha sido preguntado en la Audiencia Nacional por 103 joyas valoradas en más de 1,3 millones de euros: collares con diamantes, rubíes, esmeraldas y piezas de alta joyería. Joyas cuya procedencia no está suficientemente acreditada, investigadas por presunto contrabando y fraude fiscal en el marco del caso Plus Ultra. ¿Hemos visto 150, 300 o 500 portadas? ¿Ha dimitido alguien? ¿Han visto un clamor mediático y social medianamente parecido al de Camps? Ya saben que no. La vara de medir no solo es diferente: es inexistente cuando se trata de los «propios». La izquierda mediática que convirtió cuatro trajes en crisis de Estado guarda ahora un silencio atronador o recurre a excusas que jamás habría aceptado del adversario. Como dice @profsecundario en X: «He hecho el cálculo y El País necesitaría 43 años, a portada por día, para igualar proporcionalmente el valor de las joyas de Zapatero comparadas con los trajes de Camps». La misma prensa que exigía transparencia absoluta y dimisiones fulminantes para Camps ahora busca atenuantes, contextos y «herencias familiares». ¡Incluso todo un exministro como Miguel Sebastián hace el ridículo generalizando las sospechas! La ética, al parecer, es selectiva.

Esto no es un debate sobre si Camps fue inocente (lo fue judicialmente) o si Zapatero es culpable (la investigación sigue su curso). Es un debate sobre coherencia y honestidad intelectual. La izquierda española ha vivido décadas instalada en una superioridad moral que le permitía juzgar, condenar y moralizar sin que sus propios pecados le salpicaran con la misma intensidad. Gürtel, Noos, los ERE andaluces, los contratos de amigos, las puertas giratorias, los áticos, los aviones privados y ahora estas joyas millonarias van desmontando pieza a pieza ese relato. La ciudadanía, cada vez más harta de hipocresía, percibe la doble vara de medir. La corrupción es un problema humano que afecta a todos los partidos cuando alcanzan el poder sin contrapesos. Pero lo insoportable es el postulado ético, la pretensión de que solo unos son decentes por el simple hecho de autoproclamarse de izquierdas. La ética no tiene color político. Quien crea lo contrario, como Samanta Vilar en aquel plató, se va a llevar un revolcón histórico.

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