Los Reyes Magos y los langostinos
Las navidades, que por fortuna han pasado, son el momento de gloria para los cristianos porque en ellas celebramos el nacimiento del niño Jesús en un miserable portal de Belén solo con el aliento de sus padres, de una mula y de un buey. Los Reyes Magos que los visitaron les ofrecieron oro, incienso y mirra y así la leyenda es tierna, entrañable y de consecuencias difíciles de exagerar.
A fuerza de incurrir una vez más en lo anecdótico, he de decir que si este hecho tan memorable y definitivo para la Historia de la humanidad hubiese sucedido en la edad contemporánea no habrían faltado en el portal de Belén los consabidos langostinos, que son el acompañamiento genuino y natural de todas las casas del país, da igual el nivel de renta del que disfruten. Yo detesto las navidades, entre otras cosas como la ausencia de seres queridos, porque tengo aversión al langostino. En mi casa del pueblo jamás podía faltar por estas fechas que acaban de terminar. Aunque no teníamos una gran disponibilidad monetaria, mis padres siempre se hacían con una caja de langostinos -que en aquella época eran de madera-. Naturalmente, eran congelados, es decir, jascos, insípidos y literalmente incomestibles, pero concitaban la alegría general en torno a la mesa, excepto la mía claro.
Luego, a lo largo de mi vida, esta liturgia se ha ido sosteniendo y preservando y no hay hogar en España en el que falten los langostinos desde Nochebuena hasta el día de Reyes, que hoy celebramos.
En casa de mi cuñada Charo, a la que profeso más que cariño adoración, abres una puerta y aparece un langostino decidido a persuadirte de las bondades de la vida marítima plagada de este crustáceo que es como la peste, pero que provoca adicción desde la tierna infancia, pues los nietos de Charo los devoran con delectación, con mucho más interés, como es lógico, que si se tratara de la leche materna. Esta me parece la demostración más palmaria de la segura continuidad de la especie humana española, que los niños mamen desde pequeños la cultura del langostino, que asegurará sin duda la demanda a perpetuidad del crustáceo y el oficio de los pescadores que se esmeran en la tarea de dar placer a gusto tan popular.
Sobre todo le estarán muy agradecidos los sindicalistas de la UGT, que son especialistas en despacharlos, acompañados de otra clase de marisco, aunque sin pagar, a cargo del erario público y de manera impune, lo cual constituye una discriminación en toda regla respecto al resto de los mortales.
Esto es grave, porque así el langostino cobra una insólita importancia presupuestaria, distrae las subvenciones públicas en destinos inapropiados e infames y mina aún más el desprestigio de las centrales sindicales que se venden al Gobierno por un festín de este crustáceo cómplice de sus atropellos.
A pesar de la tirria que les profeso desde tiempo inmemorial yo he probado langostinos decentes, siempre en restaurantes de una cierta categoría y por supuesto frescos, generalmente cocidos y acompañados de mayonesa casera o en un cóctel con salsa rosa, de esos que nos ponían cuando éramos pequeños en las bodas con pretensión -en las que se tiraba la casa por la ventana-, pero más sabrosos y regios, porque de aquellos, que han desaparecido de cualquier celebración por anacrónicos, lo mejor era la salsa de ketchup.
Algunos comensales los prefieren a la plancha, y la verdad es que así ganan, sobre todo la cabeza del langostino, que debidamente masticada expulsa un zumo prodigioso e inocente hasta que la inquisición nutricionista del país, también subvencionada, nos alertó de los riesgos para la salud de especular con el cerebro ajeno.
El caso es que el langostino se ha convertido en la edad contemporánea, y estoy hablando desde la Navidad hasta Reyes, en el visitante de mesa más transversal posible, en el más socialista, por decirlo en términos políticos. Satisface por igual tanto a las clases bajas y medias como a las acomodadas, aunque con la diferencia, no menor, del punto de congelación en un caso, o de la frescura y el precio correspondiente según avanzas en el nivel de renta.
Pero hace las delicias de todos, con mi sonora excepción, y quiero imaginar que también de un personaje tan fastuoso y llamado a pasar a la posteridad como nuestro presidente Sánchez, nuestro Rodolfo Langostino, siempre tan pegado a los caprichos en este caso gastronómicos de la ciudadanía.
Esto lo digo porque, cuando era pequeño, por navidades, la primera cadena de televisión española ponía un anuncio con reiteración en el que aparecía un langostino tocado con sombrerito y bufanda en el que, con voz de tango argentino, decía: «Lleváme a casa».
Ahora este anuncio no se emite, ha desaparecido por completo, imagino que por la popularización del crustáceo, que no necesita de más reclamo propagandístico porque ya está inscrito definitivamente en la idiosincrasia española. ¿Se llevarían ustedes a casa a nuestro particular Rodolfo Langostino? Yo ni loco. Hoy, con la fiesta de los Reyes Magos, se acaba la costera del langostino, la temporada de este bocado contumaz e inasequible al desaliento que goza del unánime fervor popular. La gente tan rara y cascarrabias como yo podemos respirar tranquilos. Espero que los magos de Oriente les colmen de regalos. Feliz año a todos.
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