¿Quién teme a la IA feroz?

IA, Inteligencia Artificial
  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

De repente, todo el mundo parece haberse puesto de acuerdo para odiar la inteligencia artificial. Ayer todo era expectación entusiasta de una tecnología que iba a arreglar casi todos nuestros problemas y hoy es el quinto caballo del Apocalipsis digital, el Skynet de Terminator.

No sin razón, porque la IA plantea desafíos (por decirlo suave) terroríficos. La inteligencia artificial ya redacta informes, traduce documentos, resume expedientes, programa código y realiza muchas tareas intelectuales rutinarias con una rapidez que ningún trabajador puede igualar. Eso, lógicamente, se va a traducir -ya lo está empezando a hacer- en una carnicería laboral, en una destrucción de empleo sin precedentes.

Pero no es ese el único miedo que suscita la IA. Si la nueva tecnología es tan poderosa, ¿qué no harán con ella sus dueños, aliados con los gobiernos? El espectro de una tiranía perfecta, de un control absoluto, se alza con perfiles cada vez más verosímiles. La IA puede reconocer rostros, analizar conversaciones, cruzar bases de datos, anticipar comportamientos y producir propaganda personalizada para cada individuo. Minority Report se queda corto.

Pero hay otro temor más inmediato y medible. Alimentar esas máquinas cuesta cantidades colosales de recursos muy reales. Hace unos días se organizaron 142 protestas en 42 estados de Estados Unidos contra nuevos centros de datos. Los vecinos no temían al leviatán digital; temían quedarse sin agua y sin luz o, al menos, pagarlas mucho más caras.

La Agencia Internacional de la Energía estima que un solo centro de datos de cien megavatios puede consumir tanta electricidad como entre 60.000 y 120.000 hogares, además de necesitar hasta dos millones de litros de agua diarios para refrigerarse. En Memphis, la instalación del superordenador Colossus ha desencadenado protestas vecinales por las emisiones y el impacto ambiental. En Arizona, uno de los estados más castigados por la escasez de agua, los centros de datos consumen ya miles de millones de litros cada año. Amazon quiere ampliar sus centros de datos en Aragón. El consumo de agua previsto para el centro de datos de Amazon en Aragón equivale aproximadamente al de una ciudad como Calatayud.

Estamos fatalmente condenados. O, tal vez, no. Quizá estamos ante uno de esos cambios revolucionarios en la historia que en su momento alentaron todo tipo de profecías ominosas que no se produjeron, cambios que, como siempre, trajeron muchas cosas buenas y muchas cosas malas.

La Revolución Industrial convirtió la fuerza física en algo relativamente barato. Después llegaron los ordenadores y empezaron a abaratar muchas tareas administrativas. Y ahora la IA viene a liberarnos de un montón de trabajo intelectual rutinario.

En un sentido, podría decirse que la IA viene en parte a revertir algunos aspectos de la Revolución Industrial. Llevamos décadas urgiendo a nuestros hijos a estudiar para tener un futuro, y ahora sale un sistema que escribe informes, redacta contratos, resume sentencias y responde consultas con una competencia sorprendente, mientras seguimos necesitando un electricista que nos arregle el enchufe o un fontanero que nos desatasque el inodoro. Quizá la tecnología capaz de escribir como un universitario devuelva prestigio y valor económico precisamente a algunos oficios manuales.

Es posible, al menos, que la IA no diezme el empleo, sino que cambie su estructura y suponga el fin de nuestra vieja clasificación entre profesiones «nobles» y profesiones «de segunda». Puede que la IA destruya algunos empleos de cuello blanco al mismo tiempo que revaloriza trabajos que nunca pudieron deslocalizarse ni automatizarse del todo.

En cuanto al riesgo del control total, sí, es un peligro real. Pero no inevitable, ni mucho menos. Le veo el mismo problema que le veía a las cámaras omnipresentes de la célebre obra de George Orwell, 1984: lo que pasó en la realidad fue similar en un sentido (casi todos hemos perdido privacidad), pero completamente contrario en otro, porque se trata de un control consentido, incluso buscado por el propio usuario. Y no centralizado en un único poder, sino repartido en empresas en competencia.

Eso es lo que se olvida a menudo en medio de tanto mensaje ominoso: no hay una IA. Ya hay bastantes, y habrá más. Será una poderosa herramienta para el poder, sin duda; pero también puede convertirse en una herramienta contra el poder, de limitación del poder, como ha sucedido con las redes sociales.

Y tampoco conviene olvidar que los gigantescos consumos de agua y electricidad constituyen, precisamente, uno de los mayores incentivos para que la propia industria reduzca esos costes. Ningún empresario sueña con gastar más energía de la necesaria. Si la IA ha de extenderse, tendrá que aprender a ser mucho más eficiente de lo que es hoy. Elon Musk, por ejemplo, ha sugerido crear centros de datos en el espacio, orbitando. Eso eliminaría la necesidad de refrigeración y de energía, que podría obtener directamente del sol.

Si tuviera que apostar, basándome en los antecedentes históricos, diría que la IA no va a cumplir ninguna de las profecías extremas: ni va a traernos el paraíso ni va a alumbrar un infierno, aunque tendrá aspectos de lo uno y de lo otro. Ninguna tecnología mejora o empeora la naturaleza humana, solo amplía su alcance.

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