Presupuestos: tres a cero, y Montero de portero
La ciencia todavía no ha conseguido demostrarlo, pero es una realidad incontestable que en el mes de vacaciones, igual que los días de permiso de la mili o las tardes que pasabas con la novia, el tiempo corría mucho más deprisa que las horas de clase, de la consulta del dentista o de la misa dominical. Al contrario de lo que le pasaría a cualquier persona sensata y consciente del cáliz que tiene que beber, a la ministra de Hacienda y vicepresidenta del Gobierno, que está en constante exposición al escarnio de su incompetencia e improductividad, el reloj le anda tan rápido como a un colegial durante el recreo.
Da igual, por eso, que un miércoles tras otro en el Congreso, o cada vez que alguien se detiene para enfrentarla, le pongan delante de los ojos el espantoso currículo que tiene por detrás y el aterrador calvario que tiene por delante. Ella continuará luciendo el mismo desparpajo chabacano de siempre y su rara habilidad para cecear y sesear a la vez («precarisación» soltó el otro día), hasta que se certifique su defunción el día que Juanma Moreno ponga las urnas en Andalucía.
Y es que preguntar por los presupuestos a María Jesús Montero o a su jefe es ya la forma retórica de empezar cualquier relacionamiento con el Gobierno; y en las interpelaciones parlamentarias el requerimiento resuena como el «¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?» con el que Cicerón empezaba sus catilinarias. Al presidente nunca le falta una excusa, porque, como le pasaba a mi amigo Lucio, que llegaba todos los días tarde a clase, le basta con espetarnos en su descarga cualquier impropiedad; porque, ante una obligación tan perentoria, cualquier cosa que nos diga lo es. Por eso el motivo de la guerra es tan poco aceptable como el «hoy me he lavado la cabeza» o el «he comido croquetas» que llegamos a oírle a mi compañero de colegio, porque no hay nada más indigno y servil que tener que aceptar una excusa para algo que es inexcusable.
Lo realmente grave es que para Sánchez presentar el presupuesto, como otras muchas obligaciones formales, se convierte en una cuestión de conveniencia u oportunidad. Y si, además, conseguimos que sin presupuesto nuestra economía «crezca más que ninguna» o que «trabajemos cada vez más personas» (aunque cobremos cada vez menos), se convierte en una simple cuestión de eficiencia el que vayan desprendiéndose de esas latosas formalidades del sistema, que encima tenemos que reconocerle y aplaudirle.
Pero si el presidente aún hace el paripé con la carita compungida de los sermones de la pandemia, Marisú se conforma con ir dando patadas al balón hacia delante e ir poniendo cada vez un nuevo plazo. Ella ya está en el papel de aquel desahogado proveedor que, cuando el cliente le reclamaba la mercancía que le debía, le respondía: «¡No te dije ayer que te lo daba mañana!». Parecerá que con tanto chascarrillo nos estamos tomando a broma algo que es tan serio y trascendente, pero es que este es exactamente el nivel del discurso. Es imposible encontrar una combinación tan sublime de incapacidad, desconocimiento y falta de rigor con una desenvoltura chulesca y retadora en el mensaje, la gestualidad o el timbre y tono de voz. Un insulto a la inteligencia y un agravio al buen gusto de la ciudadanía que, como le repitió el miércoles su paisano Bendodo, los andaluces, que tienen sabiduría, refinamiento y retranca, le van a hacer pagar con intereses.
Así que la eterna campaña electoral sigue sin solución de continuidad y nuestra inconsciente protagonista seguirá alimentando los argumentos de sus contrincantes, que en realidad son muchos españoles y casi todos los andaluces. Ayer fueron las subidas de impuestos o las propuestas de condonación de deuda y financiación autonómica, hoy son las (no) medidas para paliar los efectos de la guerra y siempre será la imposibilidad de aprobar unos presupuestos.
Porque ahí radica el problema. En la invalidez operativa de un gobierno que no es tal y que únicamente reacciona a impulsos de las amenazas de sus mafiosos acreedores; que renuncia abiertamente a conseguir aprobar un presupuesto durante toda una legislatura; que hoy mismo está majándose a palos para intentar aprobar unas medidas que debían haber tomado hace semanas. Una banda que solamente dedica esfuerzos y dineros para intentar la supervivencia del jefe; un equipo que fue concebido con esa finalidad y que a ese fin va a ser sacrificado; y Montero de portero.
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