Orbanizando la democracia

Orbán

Se presentó en su momento a las elecciones porque no podía con el nivel de saqueo y latrocinio que había en el país. Ganó porque, quienes le votaron, confiaron en su proyecto de limpieza política y ética, basado en un programa donde ensalzaba los valores democráticos y condenaba el uso miserable que del dinero público hicieron sus antecesores. Para él, la corrupción era incompatible con la democracia y las necesidades de una sociedad que merecía más por su pasado. Predicó la limpieza de las instituciones, sin injerencias familiares ni poderes fácticos y avisó que con él se acabaría el uso torticero del Gobierno para hacer negocios con los que forrar a sus amigos y cercanos. Así obtuvo la confianza de una mayoría social y parlamentaria que ha ido renovando desde entonces, subido al tren de una mentira autocrática.

Su proyecto de progreso y futuro se ha erigido, en cambio, a partir de la conformación de un socialismo de amiguetes donde todos los de su entorno personal, político y familiar han hecho negocios a costa del Estado, al que ha dejado con una deuda pública inasumible y una ruina inminente, donde la pobreza empieza a ser algo más que un problema nacional. Todos los rankings e informes especializados confirman la decadencia de su gobierno en calidad democrática por un continuado daño a la separación de poderes y a la libertad económica y de prensa, junto a una política fiscal que asfixia en impuestos al ciudadano y esquilma al pequeño y mediano empresario, saqueo destinado a engordar al Estado y a las empresas públicas que controla mediante chanchullos y conocidos.

Su política económica, vendida como revulsivo de progreso, ha generado una inflación progresiva y permitida, con precios controlados por su administración que aumentan el coste de la cesta de los alimentos y en la que el contribuyente paga uno de los IVA más alto de todo el continente. En un país cada vez más envejecido, la tasa de nacimientos se estanca mientras los jóvenes no ven futuro, ni en lo laboral, ni en lo vital, una sociedad donde las palabras vivienda y hogar se convierten en quimeras gracias a una política de burbuja inmobiliaria basada en la intervención del mercado y en la negligencia legislativa, propias de un gobierno autócrata más preocupado de solucionar los problemas con propaganda en vez de con competencia.

Nada más llegar al poder, impuso un muro social frente a quienes no le rieran sus gracietas déspotas y empezó a ir contra los medios no afines, aquellos que no se dejaban subvencionar ni corromper. Impulsó medidas legislativas contra la libertad de prensa e información, y al poco tiempo, replicó esta estrategia en el ámbito judicial, cuestionando la imparcialidad de aquellos magistrados que no seguían las órdenes que desde el Ejecutivo se dictaban a favor de obra o contra la oposición.

En política exterior, su alianza con dictadores y partidos iliberales le sitúan en el lado incorrecto de la historia, una relación que nunca termina bien para el país dependiente de esa diplomacia. Ha acabado forjando un entramado de intereses y corruptelas sólo por empoderar su imagen de resistente ante poderes superiores y de revolucionario ante élites del mundo caprichosas que buscan conculcar la democracia que, por supuesto, él representa. Un trasunto de Luis XIV en versión caudillo desparramado.

Todo eso llegó a su fin este pasado domingo. Y me gustaría estar hablando de España. Y de Sánchez, pero nos referimos a Hungría, y a Orbán, lo más parecido en autócrata a lo que vemos aquí cada día desde que el líder de la cueva de Alí Ferraz tomó posesión, una década ominosa de la que saldremos más débiles como sociedad, desunidos como nación y arruinados como ciudadanos libres que nunca. Los paralelismos en la forma de entender el funcionamiento del Estado y el uso y abuso del poder son poco discutibles. Por eso extraña ver a la zurdoesfera celebrar la victoria de Fidesz, el centro derecha liberal y conservador húngaro liderado por Peter Magyar, ya que, como hiprogresía totalitaria, estaban más cerca, en fondo y forma, de Orban que del ganador de las elecciones. Pero ya sabemos que en España, la izquierda le habla a sus votantes, no a la razón, y mucho menos, al sentido común. Lo mejor que nos deja Hungría como legado, con excepción del Danubio y a Puskas, es haber eliminado del Parlamento toda impronta de socialismo, el de izquierdas y el de derechas. Estaría bien seguir su ejemplo.

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