La Octava de Pascua y el hombre torcido
La vuelta de vacaciones lo ha sido de verdad y no solo el sintagma nominal de siempre. Escondidos detrás de la lectura tranquila, de las prácticas deportivas, del incienso y las procesiones y de las rosquillas y las torrijas, nadie quería pensar en lo que se venía por delante. Pero el lunes de Pascua llegó con la agenda de la dura realidad, que, además de ser la de Donald Trump y la nave Orión, es la de los tribunales, la de la contienda electoral andaluza y hasta la de la Agencia Tributaria. Y claro, también la del relato goebbeliano de Moncloa con video de TikTok incluido.
Aunque el sanchismo mediático se empleó ayer a fondo para intentar convencernos de que lo más relevante de la rentrée era el juicio de la Kitchen, que es verdad que tiene algunos ingredientes picantes (entre ellos un chófer espía y un falso cura), su impacto inicial se ha desdibujado; ayer porque todavía era fiesta en media España y porque la atención se la llevaron Trump y los astronautas en la cara oculta de la luna; y hoy porque ha empezado el juicio por la compra de mascarillas en la pandemia, que engancha tanto como todos los vicios y viciosos que tienen protagonismo en el caso.
La primera consideración va sobre la rapidez relativa con que se está ventilando esta causa. A ella han contribuido el propio Ábalos, que, manteniendo su aforamiento, determinó la jurisdicción; y después la capacidad de trabajo y la pericia procesal del magistrado instructor, Leopoldo Puente, que abrió una pieza separada para instruir y juzgar este asunto y no enfangarlo en la interminable retahíla de causas que los mismos acusados van a enfrentar.
Porque ahí está el tema. En atención a los indicios, las pruebas y las autoinculpaciones, las probabilidades de que Ábalos y Koldo, y el propio Aldama, sean condenados son altísimas; y detrás viene otra media docena de causas (Hidrocarburos, obra pública, Plus Ultra…, hasta terminar con la financiación ilegal del partido) para las que hay un pronóstico parecido. Y por eso es imposible, y aún lo será más en el futuro inmediato, eludir la trascendencia política: ¿no es ya momento de que Pedro Sánchez asuma su inexcusable responsabilidad? Las actuaciones por las que se juzga a Ábalos las realizó en su condición de ministro y secretario general del PSOE, y para ambos cargos fue nombrado por Sánchez, que no puede escaparse de su responsabilidad in eligendo e in vigilando sobre el que fue su persona de confianza en el Gobierno y en el partido.
De momento, la consigna sanchista es seguir haciendo de oposición del gobierno de Mariano Rajoy y, como mucho, conceder las tablas entre la Kitchen y el caso Koldo. Manifestando, además, que la Kitchen encierra una corrupción institucional mucho más grave y reprochable. Claro, que en ese juego del ‘y tú más y peor’ dejan interesadamente fuera la corrupción institucional que determinó la condena en firme del fiscal general de Estado, y que hace palidecer cualquier otra actuación de un funcionario policial, un exsecretario de Estado de Seguridad o un exministro del Interior.
El juicio del caso mascarillas en el Tribunal Supremo ha comenzado, además, con la presencia de testigos tan morbosos como Jessica ‘veinte minutos’ o el hermano Joseba. Estos personajes son irresistibles para el circo de la audiencia a la que, sin embargo, se la va a privar de las comparecencias de los ministros Marlaska y Torres y de la presidenta del Congreso, Francine Armengol. Evidentemente, ese plantel oscurece a cualquier testigo o acusado en el juicio de la Kitchen, de los que nadie se acuerda y que llevan muchos años en su casa.
Pero respecto a la trascendencia política… ¡da y dará lo mismo! Pase quien pase por el juicio y pase lo que pase con la sentencia, Sánchez no se inmutará; aunque en su día pusiera la mano en el fuego por Ábalos y dijera aquello de «A ver, menuda inventada». Para él la responsabilidad política es como el silencio, termina o desaparece con solo nombrarla; en su caso (no en el de los demás) no es necesario ir más allá. Ayer hizo como los niños que, jugando al escondite, se tapan la cara creyendo que así no los vemos. Pedro lo hizo con la camiseta de España y con algunas de sus clásicas, esas sí que lo son, inventadas: luciendo un número que señalaba un falso número de afiliados a la Seguridad Social (corresponde a afiliaciones), ofreciendo un falso número de parados (los fijos discontinuos son los que de verdad han crecido en marzo) y ocultando el menor número de horas trabajadas.
Por eso volvemos como nos fuimos y, como en el título original de aquel western de Mankiewicz (There was a crooked man, con Kirk Douglas y Henry Fonda), la semana de la octava de Pascua será de nuevo la del hombre torcido.
Temas:
- Pedro Sánchez
- Semana Santa