La Moncloa acampa en la Puerta del Sol
La vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, ha lanzado una proclama para movilizarse contra el Gobierno del que forma parte. Aquel Escuadrón Suicida del Frente Popular de Judea, que se inmolaba ante la mirada incrédula de Brian bajo su cruz como protesta contra el poder romano, no lo habría podido escenificar mejor.
Mientras llamaba a la movilización para protestar contra la política del Ejecutivo al que representa como número tres, Díaz suscribía para la posteridad su contrato de residencia irrescindible en el Downton Abbey del absurdo, donde en los aposentos de los señores crujen los pasos de todos los fantasmas de la revolución pendiente.
Al mismo tiempo, en ese palacio mental de La Mareta donde reside permanentemente, Pedro Sánchez bajaba a su playa de uso restringido para observar bajo el agua el sinuoso deslizarse de sus ambiciones sobre el cieno más profundo. Estas le reconocían al instante y le sonreían con sus fauces colmadas de varias filas de dientes.
De algunas de esas filas capaces de serrar en un abrir y cerrar de ojos el cordón umbilical que le unía con el resto de la tripulación del Peugeot, pudo sacar con un mondadientes, como un incómodo deshecho del último almuerzo, la idea de tapar la invasión de Ceuta plantando en la Puerta del Sol un decorado inspirado en la playa del Trampolín.
El Estado fallido es un espejo roto en mil pedazos y conviene que no todos estén tirados en el mismo sitio. Hay que dispersarlos para que la impresión del caos se difumine, pero no se deje de palpar sutilmente, como se siente una gota de rocío que resbala por la piel antes de un devastador tsunami.
Allá en Ceuta un puñado de cristales, cortantes y punzantes, para segarle las alas a Pegasus por si acaso, aunque sea al precio de las niñas que ingresan moribundas en urgencias después de ser violadas por los invasores…
Allí en Adamuz los grises reflejos mortales de una ventanilla despedazada a través de la que alguna vez se contemplaron los paisajes de una España en marcha como la del poema de Celaya…
Antes fue en Cataluña, con la ley de amnistía, donde Sánchez entregó al Estado encadenado de pies y manos a cambio del Gobierno. Fue la rendición del imperio de la ley, de la España de ciudadanos libres e iguales, para que los derechos no pertenezcan a las personas de carne y hueso, rancio progresismo liberal, sino a las divinidades inmortales, abstractas e intocables del nacionalismo tribal: el territorio, la lengua, la deuda histórica, el agravio sempiterno…
Al mismo tiempo fue en el País Vasco y Navarra, donde las vidas que los terroristas sacrificaron a su Moloch sangriento se convirtieron en una incómoda presencia para este indigno intercambio de sillones de alcaldía, presupuestos e influencias entre Sánchez y los testaferros de ETA. «No os quejéis, por fin están haciendo política como queríais», dicen. ¿Acaso es hacer «política» el justificar, celebrar y ensalzar los crímenes de antes de la «política»?
Ahora es el turno de Madrid, candidata a ser el paraíso de los cristales rotos. Ya es el espejo del narcisismo de Sánchez, que no soporta ver su figura reflejada en el azogue de la región que preside Isabel Díaz Ayuso, porque muestra cómo es su figura en toda su cruda realidad: la de un político deforme, retorcido y corrompido por sus propias ansias de poder.
Ansias que alimentan quienes a cambio reciben de Sánchez la más codiciada de las recompensas: ver a España en el abismo, arrojada en una secuencia a cámara lenta, donde todas las manos que la empujan han apretado antes la de Sánchez, satisfechos de cerrar definitivamente su trato mafioso, por el que se han estado intercambiando poder por negocio e impunidad estos últimos ocho años.
Todo es el producto de una noche de verano, la del 23J, cuando Sánchez podía haber pensado en garantizar sus opciones de triunfo en cualquier cita electoral, cumpliendo la Constitución, respetando la división de poderes, reforzando las garantías de control al Gobierno, mejorando los servicios públicos, aumentando la transparencia o fortaleciendo la neutralidad institucional…
Pero, en cambio, aquella noche del 23J se dijo a sí mismo que nunca más le preocuparía perder unas elecciones. Por eso hizo todo lo contrario de lo que un político de ley habría hecho: se colocó fuera de la ley y vio que aquello podía ser bueno para él y los suyos.
La decisión le ha costado, sólo por el momento, la condena de Ábalos y Koldo, sus aliados en el rescate de su trono en el PSOE; la de su fiscal general y la de su hermano; el procesamiento de su mujer; y la imputación de otra de sus manos derechas, Santos Cerdán; de su directora de la Guardia Civil, Mercedes González; de sus tres últimos presidentes de la SEPI… Pero, a pesar de ello, la carrera loca del Peugeot nunca se ha detenido. Antes del salto final al abismo, Sánchez ha decidido asaltar Madrid y ha elegido el corazón de la capital para recomponer artificialmente las apagadas irisaciones de tantos sueños adulterados por el 15-M.
Ahora toca ocultar el fracaso de todas aquellas utopías postizas, enredadas en la molicie cotidiana de los asientos de cuero en el Falcon, los viajes con todos los gastos pagados, los pisazos oficiales zero cost para los ministros, o los picaderos donde algunos de sus compañeros de Gobierno entrenaban sudorosamente antes de pasarse por la piedra fiscal a los españoles que los pagaban con sus impuestos.
Toca ocultar estos ocho años de corrupción e incompetencia, de soledad y desubicación internacional, de degradación de lo público, de subasta del prestigio de las instituciones, de parasitación de órganos, tribunales, organismos, entes, empresas, observatorios, agencias, centros y fundaciones públicos. Por eso Sánchez ha ordenado extender sobre la Puerta del Sol las alfombras y tapices de los despachos ministeriales reconvertidos en lonas cutres bajo las que acampar y tratar de esquivar la tormenta electoral que viene, mientras se da el último retoque a los pucheros que recogerán toda la lluvia que no haya caído antes en las urnas.
«Bajo los adoquines está la playa», gritaban en el París de la primavera del 68. «Bajo las losas de la Puerta del Sol está La Mareta», exclaman ahora en el Madrid del otoño de Sánchez.