De imperio a penitencia: España y su vicio de pedir perdón

Hay algo profundamente español —y profundamente patrio— en esta necesidad nuestra de convertir cada episodio histórico en un confesionario público, con cirio, penitencia y autoflagelación incluida. Uno escucha al Rey Felipe VI deslizar, que hubo abusos en las Américas y, de pronto, el país entero se divide entre los que se golpean el pecho como si acabaran de descubrir América (nunca mejor dicho) y los que salen en tromba a canonizar a los conquistados como si hubieran sido una ONG con armadura, la que llegó a aquellas latitudes. Ya lo dejó caer Julián Marías con esa claridad que hoy escasea: «La historia de España es la más falsificada de todas».
Porque claro que hubo excesos. Solo faltaba. Se conquista un continente, no se organiza un simposio de ética aplicada. Pero lo fascinante no es eso —que es obvio—, sino que España lleva siglos siendo el único imperio que parece obligado a pasar por el diván, a explicarse, a justificarse, a pedir perdón con una devoción casi religiosa. Como si la historia fuera un juicio moral permanente y nosotros los únicos acusados. Ya lo dijo su Nobel, Octavio Paz, «sin España no hay América».
Mientras tanto, otros imperios —mucho más recientes y bastante más eficaces en lo suyo, digamos Reino Unido, Francia en tiempos, Países Bajos…— siguen caminando erguidos, sin complejos, sin esa necesidad tan nuestra de convertir el pasado en una culpa hereditaria. Aquí no: aquí revisamos el siglo XVI como si hubiera ocurrido antes de ayer y con las categorías morales de sobremesa contemporánea, que siempre quedan muy bien en televisión.
Y luego está esa izquierda —o lo que quede de ella— que ha encontrado en el perdón histórico una especie de gimnasia moral de bajo riesgo. Se pide perdón por lo que hicieron otros hace quinientos años, se firma la paz con el pasado y todos a casa con la conciencia limpia. Quizá por eso resuena hoy más que nunca Antonio Machado cuando escribió: «España desprecia cuanto ignora» y, no sé si lo comprenden los señores de extrema izquierda. Su liturgia es cómoda: no exige grandeza, solo retórica. España convertida en un país que se disculpa mucho… y se explica poco.
Pero lo verdaderamente incómodo —y por eso se evita— es aceptar que la historia es contradictoria. Que en aquella empresa hubo violencia y también leyes que intentaban limitarla. Que hubo codicia y también una cierta idea —torpe, incompleta, pero real— de orden y de justicia real de progreso. Que no fuimos ni demonios ni ángeles, sino algo mucho más irritante: humanos en una época vieja, señores López Obrador y ahora Claudia Sheinbaum. Y, por cierto, ¿dónde están sus disculpas –Sheinbaum– por más de 20.000 asesinatos al año en su país? Porque tendrán familias y amigos…
El problema no es lo que dijo Felipe VI. El problema es cómo se utiliza. Porque en este país cualquier matiz acaba triturado entre el entusiasmo de los culpables profesionales y la épica de los patriotas de barra de bar. Y así no hay quien piense, ni quien entienda nada. Quizá es un error o quizá debemos pensar que ahora mismo y con esta izquierda dominante, Pedro Sánchez sigue siendo el jefe, el uno –vamos– y quien provoca. ¿Por qué entonces este perdón para mí erróneo? Piensenlo ustedes.
Al final, España sigue siendo eso: un país que no sabe muy bien si mirarse al espejo para admirarse… o para pedir perdón. Y en esa duda, permanente y un poco teatral, vamos tirando como país mediocre en lo político y sin credibilidad internacional. Como siempre en los últimos años. Que pidan perdón otros; España no pide perdón, no hay motivo aparente a 500 años vista. Si levantaran la cabeza las reinas Urraca I de León e Isabel la Católica…