Funeral por CDC

Es el único funeral que he visto al que los asistentes han ido riendo. Me refiero a la entrega del fondo documental de CDC al llamado Arxiu Nacional de Catalunya el pasado lunes. Es el certificado de defunción definitivo de un partido que, en realidad, ya no existe.
Estaban los más ilustres enterradores: Pujol, Mas, Rull, Trias, Oriol Pujol, Marta Pascal, Jordi Puigneró. Algunos, -como David Bonvehí, el último presidente del PDECAT- han acabado en nómina de la Generalitat: director general de Economía Productiva.
El propio Mas se atrevió a hacer un chiste: «Hay mucha Convergencia». Mientras que Salvador Illa tuvo palabras de elogio para el finado. «Cataluña —afirmó— debe mucho a Convergencia Democrática».
Al fin y al cabo, le han dejado el camino libre. Ya fichó en su día como consejero de Trabajo, a Miquel Sàmper –un apadrinado del citado Josep Rull–, que fue titular de Interior con Quim Torra. Ahora, sin embargo, ya no habla de «presos políticos».
CDC fue, en efecto, el partido central de la política catalana durante casi 40 años. Desde las primeras elecciones autonómicas (1980). Un poco la encarnación del seny catalán. Por eso Pujol ganaba elecciones. Cubría todos los flancos: desde algún socialdemócrata despistado a gente que luego, en las generales, votaba PP. Del hiperventilado al catalanista moderado. Aunque para ello tenía a Unió. A pesar de que luego se demostró que la aportación electoral de los demócrata-cristianos era irrelevante.
Así gobernó durante 23 años. Tres mayorías absolutas, nada menos. Uno de los ejemplos más claros de longevidad política en Europa. Para entendernos: Merkel no pasó de 16. También jugaba a la puta i la ramoneta, el peix al cove. Pero la política es eso: negociación, estira y afloja, diálogo.
Luego la cosa se torció. No llegaron a meter la mano en la caja a los 18 días como Ábalos, pero empezaron a proliferar los casos de corrupción. El caso Palau. El caso 3%. El propio ex presidente confesó tener dinero en el extranjero. Pujol, que tenía remordimientos de conciencia, había dejado hacer a sus hijos.
Igualmente, es el único partido de Europa occidental en el que, en quince días, tuvieron que dimitir padre e hijo en julio del 2014. Uno era presidente; el otro, secretario general.
A mí ya me extrañó porque en el congreso de Reus, que entronizó a Oriol Pujol como número dos, a Jordi Pujol lo nombraron «presidente fundador». No presidente de honor, como suele hacerse en estos casos. Debían olerse algo.
Hubo más investigaciones judiciales. El caso Traiber, que no sé cómo ha quedado al final, por el que presuntamente ponían prótesis defectuosas. Ya ven, que tengas una cierta edad, tengan que ponerte una cadera nueva y te coloquen una pieza en mal estado.
O el vaciado de Gran Tibidabo, que dejó colgados a muchos pequeños accionistas. Lo que no impidió que Pujol definiera con los años a Javier de la Rosa como «empresario modelo». Sin olvidar las deslocalizaciones. Por un lado, se quejaban de la marcha de empresas japonesas como Sharp, Yamaha y Sony y expresaban su apoyo a los despedidos. Por el otro, supuestamente cobraban.
Además, estas cosas se extienden. Si los de arriba roban, ¿por qué no lo harán también los de abajo? Recuerdo que al alcalde de L’Ametlla de Mar, un pueblecito entre Tarragona y el Delta del Ebro que no llega a 7.000 habitantes, lo pillaron en el 2017 con más de un millón de euros en Andorra. El que fuera presidente de la Diputación de Lleida y diputado en el Parlament, Joan Reñé, tuvo que dimitir también al año siguiente acusado de cobro de comisiones ilegales.
Fue, sin duda, uno de los detonantes del proceso. Al fin y al cabo, la Ley de Transitoriedad —la que en teoría tenía que llevarnos a la República catalana— establecía en su artículo 66.3 que el TSJC se convertía automáticamente en Tribunal Supremo.
Pero el importante era el 66.4: el presidente del más citado tribunal era «nombrado por el presidente o presidenta de la Generalitat». Eso sí, a propuesta de una Comisión Mixta. Además, en todo cambio de régimen, suele haber amnistías. O sea que era una manera de hacer borrón y cuenta nueva.
De hecho, cuando empezaron a acumularse los casos de corrupción, le cambiaron el nombre. No sin dificultades, porque no acertaron a la primera -el Ministerio del Interior puso pegas- y al final lo bautizaron como PDeCAT. A semejanza de los demócratas de EE. UU.
Hay todavía un meme que circula por las redes en el que se ve a Puigdemont haciendo campaña sucesivamente con las siglas de CiU, CDC, Democràcia i Llibertat -la coalición electoral que encabezó Francesc Homs en las generales de noviembre del 2015 con un resultado apabullante: seis escaños-, Junts pel Sí, Partit Demòcrata y Junts per Catalunya.
El mismo Puigdemont impulsó su propio partido por si acaso: la Crida Nacional (2018), para acabar de dar estocada al PDECAT. Aunque al final no hizo falta porque se hizo con el control, al menos hasta ahora, de Junts per Catalunya, los sucesores de Junts pel Sí, la primera y última coalición de CDC y ERC (2015).
Espero que se hayan aclarado con tanta sopa de letras. Las tietas que tradicionalmente votaban Convergencia también se hacen un lío. Pese a que cada vez hay menos por el inevitable hecho biológico.