El modelo de Més es Ceuta

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Mientras Vox lleva años denunciando que Baleares ha alcanzado un punto de saturación —con una vivienda inaccesible, carreteras colapsadas y unos servicios públicos cada vez más tensionados—, Més insiste en buscar un único culpable: el turista. Todo gira en torno al visitante. Pero cuando la presión sobre el territorio proviene de la inmigración ilegal, el silencio sustituye a la indignación. Y esa doble vara de medir dice mucho más que cualquier discurso.

La reciente invasión de inmigrantes por la frontera de Ceuta vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que ningún gobierno responsable debería ignorar: un Estado que no controla sus fronteras deja de decidir quién entra, en qué condiciones y hasta dónde alcanza su capacidad de acogida. Sin fronteras seguras no existe una política migratoria; existen únicamente hechos consumados.

Y esa realidad también afecta a Baleares. Porque si las islas tienen un límite, lo tienen para todo. Si faltan viviendas, faltan. Si las carreteras están colapsadas, lo están. Si los centros de salud, los colegios o los servicios sociales soportan una presión creciente, esa presión no desaparece dependiendo del origen de quien llega. La capacidad de un territorio no entiende de etiquetas ideológicas.

Por eso resulta inevitable formular una pregunta que Més nunca responde: ¿por qué les molesta el turista, pero no la inmigración ilegal?

Si el problema es la masificación, ¿por qué el discurso se dirige siempre contra quien llega en avión, reserva un hotel, consume en los comercios, genera empleo y paga impuestos? ¿Por qué ese mismo argumento desaparece cuando quienes llegan lo hacen vulnerando las normas de entrada al país? Si Baleares ha alcanzado su límite, la coherencia exige aplicar ese principio a cualquier fenómeno que incremente la presión sobre un territorio ya saturado.

La respuesta parece evidente. Es mucho más sencillo convertir al turismo en el chivo expiatorio de todos los problemas que admitir que una inmigración ilegal y sin un control efectivo también forma parte del debate. Reconocerlo obligaría a aceptar que las fronteras importan, que la capacidad de acogida tiene límites y que la solidaridad solo puede sostenerse cuando existe orden.

No se trata de negar la dignidad de quienes buscan un futuro mejor. Se trata de recordar que la primera obligación de cualquier gobierno es con sus propios ciudadanos. Garantizar la seguridad, el acceso a la vivienda, unos servicios públicos sostenibles y una inmigración ordenada y legal no es una opción ideológica; es la esencia de cualquier Estado que aspire a gobernar con responsabilidad.

Ceuta debería servir de advertencia. Cada episodio de descontrol fronterizo transmite el mensaje de que entrar es solo cuestión de insistir. Ese mensaje alimenta nuevas llegadas y aumenta la presión sobre unos recursos que ya son limitados. Ignorarlo no hace desaparecer el problema; únicamente lo agrava.

Al final, la política se mide por la coherencia. No se puede proclamar que Baleares está masificada y, al mismo tiempo, rechazar cualquier reflexión sobre el impacto de la inmigración ilegal. No se puede señalar al turista como origen de todos los males mientras se guarda silencio ante una realidad que también incrementa la presión sobre las islas.

Porque, si de verdad el problema es la masificación, la pregunta sigue esperando respuesta: ¿por qué sobra el turista y no preocupa la inmigración ilegal? Hasta que alguien sea capaz de contestarla con honestidad, el modelo que representa Més seguirá pareciéndose mucho más a Ceuta que a unas Baleares sostenibles.

David Gil de Paz es portavoz adjunto de VOX en el Consell de Mallorca

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