La dictadura del lenguaje inclusivo y la sublimación de lo absurdo
Como las personas de género no binario -las que no se sienten ni hombre ni mujer- no son ni él ni ella, el Gobierno ha elaborado una guía para su uso en la Administración en la que se apuesta por el uso del pronombre «elle» para referirse a este colectivo, denominado el tercer sexo, pese a la oposición de la RAE. Una cosa es que el lenguaje sea algo vivo, en permanente adaptación a los tiempos, y otra, bien distinta, forzarlo de manera artificial y convertirlo, a base de estirarlo, en algo incomprensible.
Por decirlo de una manera más clara: hemos caído como sociedad en la apoteosis de lo intrascendente y llevado al paroxismo del absurdo asuntos como este. Como dijo con evidente ironía el académico de la RAE Félix de Azúa: «Es un asunto tan trascendental que de él depende el bienestar de millones de familias, de manera que es necesario tomarse unos años de reflexión». Ahora vayamos al grano, sobre el terreno: ¿Y qué pasa, por ejemplo, con la palabra escritor? ¿Decimos escritore cuando su plural, escritores, sería como el plural del masculino? Insistimos: una cosa es el derecho a la propia identidad y otra, diferente, montar un galimatías lingüístico que lo complique todo y acarree problemas añadidos.
La dictadura del lenguaje inclusivo ha llegado a un punto en que la comunicación amenaza con convertirse en un instrumento surrealista en el que, hasta este paso, vamos a tener que volver a las señales de humo. Todo es tan profundamente estúpido que estamos perdiendo de forma acelerada las habilidades lingüísticas y perdiendo, como sociedad, capacidad de comprensión. Pero como la izquierda ha decidido que el lenguaje inclusivo tiene que entrar en guerra con la gramática, vamos como vamos. Ni él, ni ella, sino «elle». La sublimación de la idiocia. Lo dicho: de aquí a un tiempo, volvemos a comunicarnos como en el neolítico: con trompetas fabricadas con conchas de caracoles marinos.