Apuntes incorrectos

Declarada la guerra cultural, por qué no salir a ganarla

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  • Miguel Ángel Belloso

El pasado 31 de diciembre, ya con la luna llena empezando a recogerse, nació el primer nieto de mi amiga Alicia. Es un bebé precioso, para comérselo, como dicen las mujeres. El milagro inescrutable de la vida se reprodujo una vez más, el misterio se hizo presente inapelablemente, a los nueve meses, pese a la legión que trabaja sin descanso para privarnos del don de la maternidad y del placer de los padres por asistir pasivamente al mismo como invitados de piedra conmovidos y felices por la buena nueva.

Un día antes de la gran noticia, el Senado de Argentina votó a favor de la ley del aborto que ya rige en nuestro país por desgracia, consagrando el derecho naturalmente falsario de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, en este caso concibiendo un ser que desde el mismo momento de la fecundación ya nos les pertenece en absoluto, sino que sólo progresa en su seno como si estuviera de alquiler, de prestado, pero, eso sí, exigiendo el inexorable compromiso de la madre natural o de acogida de cuidar de él hasta que pueda volar libre con la alegría desbordada de las golondrinas en primavera con los primeros rayos de sol.

Como no hay día bueno que te amargue alguien al que no has invitado a la fiesta, el presidente del Gobierno de España, el señor Sánchez, se apresuró a escribir un tuit el 30 de diciembre para saludar el crimen legal: “Argentina es hoy una nación más feminista. El Senado ha votado a favor de legalizar el aborto, una demanda social tras varios años de lucha”. Y acababa el indigente intelectual: “Avanzar en derechos para las mujeres hasta alcanzar la plena igualdad es imprescindible en todo el mundo”.

Cabría apostillar que en España también somos pioneros en legalizar la eutanasia, el derecho a la muerte, de modo que estamos entre los primeros en habilitar normativamente este crimen redundante, si se me permite la ironía cruel. Primero mato a los nasciturus y luego a los ‘morituri’, aunque en la Roma antigua el César del momento concedía a estos últimos la gracia de pasar a la otra vida con honor, como los toreros en una mala tarde.

Para acabar de rematar la faena, Inma GC, una chica a la que no tengo el placer de conocer, publicó un tuit en el que se ve a una señora argentina, ya mayor, con cara de ineluctable progresista, celebrando el acontecimiento con una pancarta en la que se lee: “Aborto legal, por las que no pudimos”, y con unos corazones pintados debajo del lema infame. Cuando veo este disparate me preguntó; “¿qué pensarán acaso sus hijos, si ha tenido la suerte de tenerlos?”.

Luego aún he visto otras muestras de la desorientación y del relativismo moral pernicioso. Un tuit en el que aparece una señorita mejicana muy jovencita y hermosa con una pancarta en la que escribe: “Las vidas para salvar están en las granjas y mataderos, no en nuestros úteros”. ¿Qué rayos sucede en el mundo para que esta clase de declaraciones y de manifestaciones desquiciadas se produzcan con el absoluto convencimiento por las que las profieren de que están protestando por un planeta más habitable?

Yo estoy con Inma GC, que al versionar estos tuits infames dice: “Cuando Dios repartió los cerebros, algunas estaban en la cola equivocada”. En España, por ejemplo, todos los miembros del Gobierno están en la cola equivocada, y me atrevería a decir que muchos españoles para los que la gestión de Sánchez y su equipo ayuno de cualquier clase de conocimiento, ineficiente y delincuencial lo está haciendo bien, y así lo sostienen todavía en las encuestas. Después de que el célebre filósofo Edmund Burke dijera aquello de que para que triunfe el mal sólo es necesario que los buenos no hagan nada, Benito Pérez Galdós escribió con atino sobre su época: “Ese vulgo, esa gentuza iletrada sin ideal controla los destinos del país, por la vituperable inacción de la mayoría honrada, decente, entendida y patriota, que les permite dominar la vida pública”. Así era, sigue siendo y probablemente será.

Según mi amigo y estudioso demógrafo Alejandro Macarrón, en 2019 nació en España el menor número de niños desde mediados del siglo XVIII (menos de 360.000), con una población que era la quinta parte de la actual. Y si nos fijamos en los bebés de madres españolas de origen en 2019, menos de 260.000. Seguramente habría que remontarse hasta el siglo XVI para ver números parecidos, cuando la población de España era de unos cinco millones de personas nada más. Entre tanto, el porcentaje de embarazos abortados en 2019 alcanzó el máximo histórico. ¿No les parece esta estadística realmente trágica?

El economista Mikel Buesa ha escrito que, en el curso de los últimos veinte años, con motivo de la crisis de natalidad que vive alegremente la nación, los jóvenes de 15 a 30 años son cada vez menos: poco más de siete millones frente a más de nueve millones dos décadas atrás. Y se enfrentan a cohortes de adultos y de viejos notoriamente más amplias que las suyas, a las que en algún momento tendrán que sostener.

¡No podrán!, dadas las condiciones de empleabilidad actuales, fruto de una educación adversa, el correspondiente déficit de formación, y de un mercado laboral que atraviesa una situación endémicamente dramática a causa de las políticas socialistas, ya sean practicadas por la izquierda o incluso por la derecha. No podrán salvo que se produzca mucho más frecuentemente el milagro de la vida del que disfruta mi buena amiga Alicia, y su nieto Íñigo, que Dios quiera que florezca sano y fuerte y que tenga adicionalmente la fortuna de vivir sin un Gobierno como el actual que rinde con honores culto a la muerte.

Hace unos meses, en El País, el diario cortesano que hay que leer para estar al tanto de lo que malpiensa en todo momento el presidente Sánchez, su jefe de Gabinete, Iván Redondo, afirmaba que los objetivos estratégicos para este año que acaba de entrar eran declarar la guerra cultural y reformar la Constitución, que vienen a ser la cara y la cruz de la misma moneda. Antes, cuando era joven, había un cierto consenso, absolutamente repudiable, en que la izquierda definía falsamente el progreso moral al tiempo que desarreglaba las cuentas públicas, incurría en déficits y deudas insostenibles, disparaba el paro y elevaba insosteniblemente la inflación para que luego la derecha llegara a fin de recomponer el desaguisado, corregir el rumbo económico y encararlo hacia buen puerto, dejando cobardemente todo el espacio ideológico a los que habían devastado previamente la nación.

Pero el mundo ha cambiado a peor. La izquierda ya no se conforma con los consensos habituales a los que nos habíamos acostumbrado. Es insaciable. Ahora quiere más. Y así aparece el feminismo recalcitrante y militar, el ecologismo insensato, una educación que condena de por vida a los jóvenes con el fin determinado de hacerlos acólitos, adictos y votantes de por vida al César; la cultura al servicio del poder político, los medios de comunicación venales apuntalando el crimen, la porfía en contra de la separación de poderes para arrumbar con el efecto disuasor de tropelías y desmanes del aparato judicial, y con la monarquía como institución señera y salvaguarda de los destinos de la patria.

¡No! Ahora para la nueva izquierda de Sudamérica, para la nueva izquierda que encarnan los demócratas en Estados Unidos y para la izquierda ‘sanchista’ en España ya no valen los consensos del pasado. Están dispuestos a destrozar todo lo que hemos conocido hasta la fecha, aunque tampoco nos gustara. Han declarado, como decía Iván Redondo, el Rasputín de la Moncloa, la guerra cultural. Cuando el presidente del PP, Pablo Casado, defenestró a Cayetana Álvarez de Toledo esgrimió entre otras causas que la guerra cultural no tocaba en estos momentos. ¿Y cuándo toca entonces si no es ahora? Luego dijo que aspiraba vanamente al voto de los socialdemócratas moderados. Él sabrá.

A mí me parece que en estas condiciones ya no vale la contemporización, ni mucho menos el pacifismo. Puede que, ¡ojalá!, Casado gane las próximas elecciones, si sucede un milagro, pero con tales planteamientos jamás podrá librarnos de las cadenas del socialismo. Vox sí. Vox tiene un plan. Vox es un combatiente granítico del consenso progre. Vox es un enemigo declarado del socialismo. Por eso persuade y seduce. Gusta, a mí entre otros, porque como dice el filósofo Miguel Ángel Quintana “ya que la guerra está declarada ineluctablemente, que es a vida o muerte, por qué no salir a ganarla”. Hay que librarla por el pequeño Íñigo y por esos otros niños que habrán nacido estos días soleados, fríos y secos de invierno en espera de las venturosas golondrinas de la primavera próxima.

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