Cuando el tiro en la nuca era «disidencia política»
Nicolás García Rivas, un pobre hombre que se adorna con el título de profesor universitario en la de Castilla-La Mancha y que pasa por ser el gurú constitucional de Yolanda Díaz, dice que lo de Arnaldo Otegi y su banda no fue terrorismo sino «disidencia política».
Se ha quedado tan ancho y lirondo. ¿Habrá hablado este funcionario público con alguno de los familiares de las víctimas de ETA, GRAPO o Terra Lliure que perecieron bajo las bombas o los tiros en la nuca? ¡Hace falta tener mucho cuajo podrido para que nada menos que un profesor universitario hable de «disidencia política» ante asesinatos, extorsiones, secuestros y terrorismo! ¿Qué puede enseñar este tal García Nicolás a sus alumnos? Y todo en aras de que su jefa de fila, supongo que también por precio, no pierda la mamandurria sin la cual no sería nada; de ahí que traten de envolver en andrajos una amnistía que ha encendido las luces rojas de una inmensa mayoría de española, sí, pero también las alarmas de los gestores y políticos de la Unión Europea, sobre todo por la corrupción económica en forma de trinque y malversación.
Pero, ¿qué es esto? Decir que los miles de tiros en la nuca de los terroristas etarras fueron «disidencia política» clama al cielo y al infierno donde deben estar ardiendo aquellos que perpetraron tamaños crímenes. Da una idea de la auténtica catadura moral de determinados sujetos que adornan la clase política de la actual hora española.
«Disidencia política» es lo que han hecho y están haciendo millones de españoles que claman en las calles, pacífica y honradamente, por evitar que Sánchez & Yoli perpetren crímenes políticos buscando exclusivamente su propio interés.
Precisamente, el pasado jueves, a la salida de la recepción en el Palacio Real me topé con la presidenta de la mayoritaria Asociación de Víctimas del Terrorismo, Mayte Araluce. Es la hija del presidente de la Diputación de Guipúzcoa asesinado con sus escoltas por la banda ETA. Debería el tal García hablar con esta noble mujer y saber lo qué piensa de su demencial teoría.
No se le debería olvidar al imaginario colectivo y común el nombre del susodicho y alguien debería vigilar las enseñanzas a sus alumnos, porque tiene la caradura de presentarse como «experto constitucionalista».
¡Vivir para ver!
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