El calmado Xi y el apresurado Trump

Trump, Donald Trump, Xi Jinping
  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

Cuando Donald Trump y su séquito abandonaron Pekín, dejaron atrás en un contenedor de basura cientos de regalos recibidos durante los dos días que duró la cumbre entre los presidentes de China y Estados Unidos. Teléfonos, insignias, aparatos electrónicos, acreditaciones… Ningún objeto de fabricación china podía subirse al Air Force One. Pocas imágenes representan mejor la verdadera relación entre ambas superpotencias: aseguran que quieren entenderse, pero desconfían la una de la otra.

China ha sido durante siglos el centro del mundo. El libro de Marco Polo sobre su viaje a China fue un éxito de ventas desde el siglo XIV. Uno de sus lectores, Cristóbal Colón, llevaba en su primer viaje atlántico una carta de los Reyes Católicos al Gran Khan. En el siglo XVIII, los jesuitas franceses trajeron a Europa algunos de los métodos de gobierno de la dinastía Qing, como los exámenes para la selección del funcionariado.

Sin embargo, en el siglo XIX comenzó una decadencia, llamada el «Siglo de la Humillación», que se prolongó hasta los años 80 del siglo XX, cuando Deng Xiaoping alcanzó el poder y pudo aplicar su programa de reformas económicas y de «socialismo con características chinas». Aunque se mantuvieron la represión y el monopolio político del Partido Comunista, el régimen introdujo la gestión y la propiedad privadas en numerosos sectores económicos.

Tanto Deng como sus sucesores, Jiang Zemin, Hu Jintao y, desde 2012, Xi Jinping, han aprovechado los acuerdos con Estados Unidos en los 70 para sacar a China del aislamiento (a fin de emplearla contra la URSS) y convertirla en la fábrica del mundo, abaratando los costes de fabricación en Occidente. En 2014, China superó a Estados Unidos como mayor economía del mundo. La capacidad de previsión de esos líderes norteamericanos recuerda a la de los aristócratas alemanes que mandaron a Lenin y su camarilla bolchevique a Rusia en 1917 y, menos de treinta años después, los soviéticos ocuparon media Alemania.

Y junto con la economía, viene el poder político. Una de las directrices que dejó Deng a sus sucesores fue «Ocultar nuestra fortaleza y tomarnos nuestro tiempo». Así, en estas décadas los chinos han comprado toneladas de deuda pública de Estados Unidos, fomentado la deslocalización industrial, reconstruido su armada, implantado en África e Hispanoamérica, corrompido a élites europeas y espiado a todos (hace unos días, Eileen Wang, alcaldesa de Arcadia, en el estado de California, se confesó espía china). Los vínculos de los socialistas españoles Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero con el régimen chino tienen esta explicación. En su última visita a Pekín, el dictador Xi elogió a Sánchez por haber situado a España en «el lado correcto de la historia», junto a China.

Quienes sigan hablando de democracia, derechos humanos o aranceles para enjuiciar las relaciones entre superpotencias, como hacen tantos tertulianos y profesores españoles, viven en una farsa, aunque cómoda. Los imperios defienden sus intereses y es lo que hacen Trump y Xi. Para Estados Unidos, y no por obcecación de Trump, China es un rival que pretende despojarle de la condición de primera potencia, mientras que, para China, EEUU es el mayor obstáculo en su recuperación del trono de país más importante del mundo.

Muchos de los movimientos recientes en política internacional sólo se explican si se acepta que hay una «guerra fría» entre los dos imperios: la nueva ruta de la seda, terrestre y marítima; la formación de los BRICS; la compra de petróleo por China a Irán y Rusia; la intervención de EEUU en Venezuela; los planes de la Casa Blanca sobre Panamá y Groenlandia; la alianza del AUKUS; el rearme de Japón…

En otras épocas, ese antagonismo habría podido concluir en una guerra caliente, como lo hizo el que enfrentó a principios del siglo XX a Inglaterra y Alemania. En una especie de conjuro contra los demonios de la destrucción, Xi Jinping le preguntó a Trump: «¿Pueden China y Estados Unidos superar la trampa de Tucídides?».

«La trampa de Tucídides» es una expresión que hace las delicias de los académicos y los militares, similar a «el orden internacional basado en reglas», «el cuello de botella del estrecho de Ormuz», o «el colchón de intereses entre España y Marruecos». La introdujo el profesor Graham Allison hace más de una década para describir el riesgo de conflicto cuando una potencia hegemónica quiere impedir el ascenso de un rival que la sustituya y condene al ocaso. Su origen está en la descripción de las causas de la guerra del Peloponeso por parte de Tucídides, en el siglo V antes de Cristo.

Trump entendió la cita, o la esperaba o se la explicaron, y respondió a la pregunta de su anfitrión, con un mensaje en TruthSocial, en el que, con su estilo, ensalzaba sus propios méritos, arremetía contra Joe Biden y elogiaba a Xi Jinping.

«Cuando el presidente Xi se refirió con mucha elegancia a Estados Unidos como quizás una nación en declive, se estaba refiriendo al tremendo daño que sufrimos durante los cuatro años de Sleepy Biden y la Administración Biden, y en ese sentido, tenía un 100% de razón. (…) Hace dos años, de hecho, éramos una nación en declive. ¡En eso estoy totalmente de acuerdo con el presidente Xi! Pero ahora, Estados Unidos es la nación más de moda en cualquier parte del mundo, ¡y con suerte nuestra relación con China será más fuerte y mejor que nunca antes!»

Dos imperios que, en un análisis metafísico, podemos decir que encarnan la calma y la serenidad, en el caso de China, y la impaciencia y la velocidad, en el caso de Estados Unidos. El primero planea a cincuenta años vista, mientras que el segundo lo hace para el siguiente ciclo electoral. Amistad, negocios y brindis, pero los regalos en la papelera.

Al menos Trump y Xi Jinping son conscientes del juego en el que están enfrascados. Por tanto, a diferencia de las clases dirigentes europeas de principios del siglo XX, parecen excluir la posibilidad de una guerra victoriosa y rápida, que concluiría “antes de que caigan las hojas de los árboles”. En la misma Eurasia están los ejemplos del conflicto con Irán, que la Casa Blanca quiere dar por concluido como sea, y de la larga invasión de Ucrania por Rusia.
Vladímir Putin, que no llevó ni un tanque al Desfile de la Victoria del 9 de mayo, acudió a Pekín sólo cuatro días después de que se marchara Trump, para comprobar si su «amistad sin límites» con Xi sigue brillando o se está apagando. Fue su vigésimo quinto viaje a China en veintiséis años. Y seguramente por ello la recepción y el protocolo con que se le recibió fueron más sencillos. Putin y Xi firmaron alrededor de cuarenta acuerdos. Un número tan elevado que indica la irrelevancia de gran parte de ellos.

Aparte del compromiso de Rusia de seguir vendiendo petróleo, gas y carbón a China (¡vaya sorpresa!), ambos gobernantes condenaron los ataques de EEUU e Israel a Irán como violación de la ley internacional y expresaron sus deseos a favor de la instauración de un mundo multipolar. En resumen, por lo que sabemos, se trató de una visita anodina.

El dominio del mundo parece que es cuestión de dos en vez de tres.

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